Enfoque básico de las crisis / El gran problema histórico de España

Blog I: La política del perro / Rec. suelto sobre De un tiempo y de un paíshttp://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Si  hemos propuesto como ley básica de la economía la de que los ingresos no pueden ser inferiores a los costes, las crisis podrían tener una explicación básica como épocas en que los costes superan a los ingresos  de modo bastante general. La ley se aplica tanto al individuo o empresa como a la sociedad en conjunto, y admite cierta flexibilidad, ya que una empresa no se arruina en el momento mismo en que entra en pérdidas. Incluso en los momentos de mayor prosperidad social fracasa continuamente un número muy considerable de empresas, por falsos cálculos u otras razones, pero esos fracasos se compensan con éxitos que hacen que la economía social en su conjunto prospere.  El problema surge, precisamente, cuando esto último no ocurre  y la economía general entra en recesión. Entonces el fenómeno se invierte: sigue habiendo numerosas empresas que hacen buenos negocios, pero el conjunto no.

Las crisis han existido siempre, incluso en las economías más primitivas, por su dependencia de la  meteorología. Una sequía, por ejemplo, imponía un gasto de energía excesivo para conseguir poca caza y pocas plantas comestibles, a resultas de los cual la población pasaba penurias y en parte moría.  Conforme la economía fue volviéndose más compleja, con la intervención del dinero, también las circunstancias ambientales podían traer consigo grandes crisis de subsistencias, hambrunas, etc.  Podía darse el caso, asimismo, de que una gran cosecha hundiera los precios hasta volver irrentable el esfuerzo de los productores o de muchos de ellos.

El desarrollo del dinero, de la financiación, de las expectativas a plazo relativamente largo, han complicado en extremo el problema. Se han dado muchas explicaciones de las crisis, (sobreproducción, subconsumo, y otras), pero posiblemente el problema pueda reducirse a la relación entre costes e ingresos.

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DEL ESPLENDOR A LA MEDIOCRIDAD

El gran problema histórico de España

Por Pío Moa

Supongamos que España no hubiera tenido su Siglo de Oro, en el que descubrió no solo América y el Pacífico sino el propio mundo como conjunto, desplegó una espléndida cultura y contendió victoriosamente contra enemigos más fuertes que ella, y conquistó y colonizó enormes territorios. Sin esa época su historia habría sido más normal, en el sentido de semejante a la de otros muchos países europeos u otros continentes con escasa proyección exterior.

Y precisamente por esa normalidad no habría planteado problema alguno de los que vienen atormentando la conciencia y el sentimiento de identidad de España desde hace más de un siglo. Como ocurre con los griegos modernos, el contraste entre la mediocridad actual y los tiempos gloriosos produce malestar.

Porque luego de aquel siglo extraordinario España entró en una normalidad mediocre, juzgada lógicamente como decadencia, que ha persistido hasta ahora. En definitiva, se trata de explicar –si acaso ello es posible– cómo fue posible un auge prodigioso y después una decadencia lamentable (por comparación), que a menudo se considera en el plano político-militar pero que no fue menor en los demás planos.

Cabe argüir que tampoco hay mayor motivo de extrañeza, ya que todas las potencias e imperios que en el mundo han sido han tenido su época o sus épocas de apogeo y declive, ninguno ha permanecido cientos de años en la cumbre. Esto es verdad pero no aclara nada del asunto concreto. Diversos autores han explicado que el formidable esfuerzo realizado por España en todos los órdenes durante el siglo XVI agotó sus fuerzas, pero eso es evidentemente falso. Hacia el final del siglo XVII España estaba reponiéndose de la mala situación económica y de los desastres demográficos causados por las pestes, y en el XVIII su recuperación en ambos terrenos prosiguió de forma acumulativa y con muy pocas guerras significativas desde la de Sucesión (las contiendas fueron sobre todo navales, y afectaron poco a la estabilidad interna). Y sin embargo fue en ese siglo de la Ilustración cuando España perdió definitivamente lo que podríamos llamar la carrera por la cultura.

Carlos III.Ha habido una corriente reivindicadora de la Ilustración española, y en particular de Carlos III y su reinado, un tanto excesiva a mi juicio. La Ilustración en nuestro país no produjo hombres ni obras comparables a lo que produjo en Inglaterra, Francia o Alemania, tampoco a lo que generó el Siglo de Oro. Y sin que sea desdeñable su esfuerzo de modernización, fracasó en el aspecto más importante, el de la ciencia y la educación superior. En España no se creó una academia o asociación científica como las que surgieron en otros países, hasta en la atrasada Rusia, donde fundaron la tradición que ha dado forma al mundo moderno. De matemáticas, por ejemplo, solo entendían en España los marinos y los artilleros, por exigencias de su profesión. Por otra parte, la expulsión de los jesuitas tuvo efectos devastadores sobre la enseñanza, de los que no se recuperó el país hasta entrado el siglo XIX. Observa Julián Marías que el pensamiento ilustrado español tuvo cierta importancia y no cayó en las exageraciones o extravagancias del francés y otros; pero también es cierto que apenas tuvo originalidad e inauguró una tendencia persistente hasta hoy, con pocas excepciones, de intelectuales solo capaces de divulgar y a menudo vulgarizar lo que se pensaba fuera.

Hubo, aun si mediocre, una real y esperanzadora recuperación del país en el siglo XVIII, que quedó frustrada por la invasión napoleónica para dar lugar a un siglo XIX calamitoso; el país solo empezó a mejorar de forma sostenida con la Restauración, en que se incorporó, aun si muy a medias, a la revolución industrial.

Echado a pique aquel régimen por los extremismos mesiánicos fortalecidos por el desastre del 98, siguieron dos etapas de reconstrucción, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, con el bajón intermedio –político y económico, pero no cultural– de la república y la guerra civil. El franquismo modernizó al país, lo incorporó de lleno a la revolución industrial, distó mucho de ser el páramo cultural pretendido por ciertos ignorantes y asentó la paz más larga en dos siglos, hasta hoy. Actualmente volvemos, sin embargo, a los mismos disparates que echaron abajo la república, con el agravante de que padecemos, ahora sí, una cultura de páramo, lo cual rompe con las tradiciones literarias, artísticas y de pensamiento que empezaron a afirmarse en la Restauración.

Este resumen, aunque esquemático y sin mayores matices, creo que describe grosso modo la evolución histórica española desde la Edad de Expansión europea. ¿Es posible un nuevo gran siglo para España? No puede descartarse, porque “el espíritu sopla donde quiere”; pero, a decir verdad, hay muy pocos indicios de ello, y los hay más de un proceso de descomposición moral e intelectual, además de político.

Un aspecto del Siglo de Oro al que se ha prestado insuficiente atención fue la amplitud de la enseñanza y la calidad de algunas universidades. Hoy, la enseñanza ha ganado en extensión, pero con una calidad ínfima, y no me refiero a los conocimientos específicos, que se mantienen en un nivel aceptable, sino a ese espíritu de inquietud, debate y búsqueda que caracteriza a las sociedades creativas. Un espíritu apenas existente hoy en España.

En LD, 23-F 2011)

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Racionalidad del comunismo / Justicia de ultratumba.

Blog I: El estado de la nación / Propuestas fallidas http://www.intereconomia.com/blog/nacion-ideas-fallidas-20130220

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El hombre siempre ha empleado la razón en todos los niveles, con mayor o menor éxito, pero no como única forma de entender o desenvolverse en el mundo.  Lo distintivo del siglo XVIII fue el culto a ella, a la razón, apoyado en los avances científicos que parecían excluir la misma noción de trascendencia.  La razón ilustrada prescindía de la religión, por irracional, declarándose abiertamente atea o al menos agnóstica. Debía ser posible explicar la vida y la sociedad humanas recurriendo a la razón y no a un hipotético más allá o a una voluntad extrahumana. Un avance parcial en esa dirección fue el desarrollo de la ciencia económica, a la que pronto se atribuyeron facultades explicativas  sobre el conjunto de la sociedad. La  genial idea de Marx podría describirse así: dada la escasez de los bienes materiales, la lucha por ellos genera de forma espontánea la división de la sociedad en clases, matizadas por las formas de producción. Sobre esa división de raíz  toman forma las superestructuras “ideológicas”, desde la religión al derecho o el arte. Y  la pugna sorda o abierta entre las clases  mueve la historia y le da sentido. El capitalismo ha desarrollado la producción en una escala sin precedentes, que permite vislumbrar la superación del reino de la escasez, sentando las condiciones para el comunismo. Alcanzar este exige derrocar a la  clase capitalista, pues esta, al tiempo que crea las condiciones para la nueva sociedad  le impide el paso, por sus intereses y modo de funcionar particulares. En un orden más difuso, se difundió el argumento sencillo de que la Revolución francesa, de carácter burgués, había conquistado la igualdad política y legal, pero que era precisa una segunda revolución, proletaria,  que conquistase la igualdad económica, sin la cual la igualdad legal resultaba en gran medida ficticia.

Eran ideas tan racionales como racionalistas, ofrecían a la necesidad humana de orden y sentido  una solución no solo lógica sino también sugestiva en extremo:  explicaban el desarrollo histórico de la humanidad. Explicaban la naturaleza de las “tinieblas” religiosas, producto de  una impotencia antes considerada connatural al ser humano, pero que los asombrosos triunfos de la técnica estaban demostrando que podía ser superada decisivamente. Explicaban además la causa profunda, “ideológica y de clase” por la que un esquema y objetivo tan razonables chocaban con la resistencia de las clases “privilegiadas”, amparadas en la irracionalidad de sus ideologías. No es de extrañar el poderoso influjo del marxismo, en sus diversas corrientes, sobre millones de personas de todos los niveles intelectuales.  Ni extrañará que, cuando se impuso el bolchevismo en Rusia, despertara grandes esperanzas en todo el mundo, como un grandioso experimento digno de atención y apoyo. Incluso bastantes empresarios y banqueros ayudaron a la construcción socialista, en parte por buscar ganancias,  en parte por la expectativa de  que la construcción de una nueva sociedad  en Rusia, señalara un futuro mejor para todo el mundo  sin riesgo inmediato para ellos.

Por esa misma causa mostró tanta gente, incluso sin ser marxista, una “comprensión”  extraordinariamente benévola hacia las calamidades, sacrificios y crímenes que la revolución soviética traía consigo. Después de todo, también la  Revolución de Francia había necesitado el terror para romper las resistencias del antiguo orden, de modo que no cabía esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco sistema capitalista que se resistía con uñas y dientes a morir.

El comunismo y el nazismo nacen igualmente del culto a la razón, pero sus  orientaciones y lógica difieren radicalmente al menos en este punto. El nazismo apela a los “superiores” a los “mejores”, considerados desde una base racial “científica” darvinista, mientras que  el comunismo apela a los “inferiores” al proletariado desposeído sobre la base “científica” de su concepción de la evolución humana, y a su derecho a imponerse  de un modo u otro sobre quienes obstaculizaban esa evolución.

Generalmente se ha  etiquetado al nazismo como fascismo, pero hay diferencias considerables entre ambos, no solo por sus tan diferentes efectos históricos sino también por algunas concepciones, como la racista, que en una Italia étnicamente muy mezclada tenía mucha menos importancia que en Alemania. Se asemejaban en el valor otorgado a la jerarquía, a las élites y a concepciones  imperialistas –que compartían con Francia e Inglaterra, por otra parte.  Los dos entrañaban también una reacción paganizante y a menudo ateoide  frente al cristianismo, aunque no tan virulenta como la del ateísmo militante comunista.

Fascismso y comunismo coincidían en su intento de subvertir el “viejo orden” – en realidad no tan viejo- demoliberal, y de imponerse en el continente. Para ello precisaban en primer lugar hacerse con el poder en algunas naciones, cosa que había ocurrido después de la I Guerra Mundial y en gran medida a consecuencia de ella. Y la evolución de la historia, en gran parte definida por azares, convirtió a España en campo de batalla de las ideologías en violenta rivalidad.

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Volviendo sobre los Calicles y Sócrates de Platón, creo que Sócrates no refuta el fondo de la postura de Calicles, pues de otro modo su mito final sería innecesario y fútil. Solo refuta algunas torpezas argumentativas en que Platón hace caer a Calicles. Este solo se remite ligeramente a la realidad histórica y política, que le proporcionaría un argumento muy sólido, porque en esa realidad los conflictos de intereses o de ideas se han resuelto muy a menudo por la fuerza. Siendo esto así, sería preciso reconocer que la fuerza es un hecho natural, una ley de la naturaleza, y que en último extremo decidiría sobre la justicia de una causa. El más fuerte, por el hecho de imponerse, demostraría su superioridad y su justicia, pues la fuerza no es solo, o lo es rara vez,  la mera potencia física, ya que por lo común solo triunfará si va acompañada de  cualidades intelectuales y morales. El aserto vale también para la réplica de Sócrates al señalar la mayor fuerza de la multitud sobre el individuo aislado, y por tanto la capacidad de la multitud de imponer sus exigencias sobre cada individuo.  Claro que la discusión simplifica demasiado el problema en conceptos como el deindividuo y de multitud, cuando la relación entre ambos es muy compleja, y la multitud  se compone de individuos con distintas ideas e intereses.

Que es un problema de muy difícil solución racional lo demuestra el cuento o mito final de Sócrates, apoyado en la fe: puesto que en este mundo no hay, finalmente, justicia, o la hay en grado muy insuficiente, será preciso un poder de ultratumba para compensar la maldad que vemos campar a sus anchas en el mundo terrenal

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Religiosidad y racionalización de la angustia ante el mundo

Blog I: Carta abierta a Artur Mas http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/carta-abierta-mas-20130215

Esta carta no persigue convencer a Mas, sino dar a los antiseparatistas un argumentario las sólido y menos burdo que muchos en curso. Por eso sería bueno que los lectores la difundiesen en la medida de sus fuerzas.

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El ser humano, confrontado con un mundo admirable que puede volverse terrorífico, que en cierto modo le abruma  de entrada por su inmensidad las fuerzas inconmensurables y  los engimáticos mecanismos que lo mantienen y hacen funcionar; confrontado también con su propio destino y avatares impredecibles dentro del mundo,  siente una profunda angustia. Y la angustia exige racionalización (espiritualización en otra terminología) para no volverse psíquicamente paralizante.

La primera racionalización no elaborada pero implícita, el animismo, consistiría en atribuir al mundo y sus objetos los mismos deseos (espíritus) buenos y malos que el hombre siente en su interior. Aunque nos parezca una proyección arbitraria, hay en ello una racionalidad profunda: puesto que el hombre vive en el mundo como parte de él, no puede haber entre ambos una diferencia esencial, sino que de algún modo el hombre, con sus “espíritus” refleja un mundo también poblado de espíritus. Esos espíritus se muestran en la variabilidad y cambios de humor (tormentas, terremotos, inundaciones, sequías, epidemias, conducta de los animales, etc.). El hombre se siente rodeado de espíritu buenos y malos, como los que le causan enfermedades (no es absurdo atribuir estas a espíritus invisibles, pues los microbios solo han podido descubrirse muy recientemente). Del modo más elemental, el hombre distingue entre sus buenos y malos espíritus, entre sus buenos y malos deseos. No se trata solo de  la satisfacción o dolor inmediato que produzcan, sino de una satisfacción o dolor más general y a largo plazo, incluso general y vital, pues el ser humano tiene una capacidad de previsión limitada, y la experiencia le prueba que el cumplimiento de sus deseos puede traer consecuencias pésimas, incluso trágicas: lo que podríamos llamar el tormento moral.

Como reacción a esa angustia existencial, la psique produce explicaciones en forma de relatos o mitos. En las personas corrientes, la dura actividad elemental obligada  por  la  búsqueda del cotidiano  alimento y manutención del individuo y del  grupo, disipa en buena parte la angustia. Pero ella siempre está presente de modo por así decir subterráneo,  y puede salir a la superficie con gran intensidad con motivo de la muerte de un ser querido, una desgracia particular o general,  o una enfermedad grave; o con la contemplación del firmamento nocturno, etc. Los relatos míticos son obra de personas especiales, con un sentimiento del mundo más sostenido e intenso. Ello origina una división peculiar del trabajo, por el que algunos individuos (el chamán, el hechicero, el brujo…) reciben un especial respeto como organizadores de la religiosidad difusa de los demás. Ellos inventan los relatos, invocan a los espíritus benignos o malignos, curan a los enfermos o heridos, etc. Aunque sus  explicaciones nos parezcan sumamente groseras y supersticiosas, creo que en ellos se encuentra el origen de la ciencia, por cuanto  observan el cielo y la tierra en busca de señales,  buscan las plantas curativas, etc.  También de ellos proceden ideas terroríficas, como la necesidad de aplacar a los espíritus mediante sacrificios humanos, una racionalización del terror que el mundo, su poder inmenso por encima del humano, causa a la psique. O salen de ellos costumbres insanas o brutales, efectos nuevamente de la angustia provocada por la inseguridad del destino humano.

Sobre la etapa civilizada, ya he expuesto mi impresión de que es en los templos donde  nacen la ciencia, probablemente la música, la escritura, la medicina y muchas otras cosas. Los sacerdotes, sucesores de los chamanes, eran quienes tenían tiempo y dedicación para la observación del mundo. Podemos observar en la historia relativamente reciente un fenómeno parecido cuando la civilización retrocedió dramáticamente en Europa occidental a la caída de Roma: fueron los monasterios y la organización eclesial la que salvó parte de la vieja cultura y generó otra nueva.

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Como no todo el mundo lee los comentarios, repito uno, relacionado con la interesante discusión mantenida por Manuelp, Zgzna, Iseo, Hegemon, Menorqui, Malpharus, Daedalos, Vendeano, Lead, Ro y otros partiendo de un posible precedente de la racionalidad nazi:

Sócrates intenta rebatir a Calicles con este argumento: “Si la multitud piensa que la justicia reside en la igualdad, y que es peor cometer injustica que padecerla,  puesto que la multitud es más fuerte que el individuo aislado, por fuerte que este sea, entonces la ley no contradice a la naturaleza, sino que ambas van de acuerdo”.   Después, Sócrates hace un ejercicio de depurada sofística para sustentar  esa opinión. La argumentación de Calicles es confusa, por lo que Sócrates puede mostrar su contradicción con relativa facilidad. Pero para defender, a su vez, su punto de vista, Sócrates debe recurrir a un largo razonamiento no muy concluyente, que culmina con el abandono de la razón y el recurso al mito: la justicia en el más allá, el premio a las almas buenas y el castigo a las malas, idea que solo puede sostener afirmando su completa fe en ella.

En la discusión hay dos problemas subyacentes: la relación entre superioridad e inferioridad y entre fuerza y justicia. Puesto que podemos distinguir, entre los humanos, entre superiores e inferiores por razón de sus méritos, de sus capacidades  o de su mero impulso vital, por así decir, los superiores tendrían que imponerse sobre los inferiores, y en eso, precisamente, radicaría la justicia natural. ¿Qué papel tendría la fuerza en esa imposición? Sería necesaria pues, por ejemplo, los inferiores, por el hecho de serlo, no sabrían apreciar la superioridad y someterse de buen grado a ella. En el triunfo de la fuerza (aunque quizá no siempre), se manifestaría también la superioridad del superior. Creo que en esto radica el fondo racional del nazismo, según hablábamos, reforzado con una interpretación de fondo científico o ciencista de la evolución según Darwin: los menos aptos deben ceder el espacio y la existencia a los más aptos. Me parece que encontramos aquí un problema de la razón misma.

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Un blog interesante: http://sebastianurbina.blogspot.com.es/

 

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Sobre crisis y comercio / Racionalidad y el problema del Gorgias.

Blog I Carta abierta a Artur Mas:  http://www.intereconomia.com/la-gaceta

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En estas aproximaciones asistemáticas o tanteos,  he tenido una pequeña explicación de José García Domínguez sobre las exportaciones, que parece ser lo único que marcha bien en España.  Según él, esto se debe a la rebaja de los sueldos, que permite rebajar a su vez  el precio de los productos y por tanto exportarlos más. El mismo mecanismo hace que bajen las importaciones, ya que la gente  tiene menos dinero para comprarlas. De este modo la economía iría saneándose  de las pasadas hinchazones o burbujas. Sería un mecanismo parecido al de la devaluación de la moneda, si bien más injusto, le señalé, ya que la devaluación empobrece a todos, mientras que la merma de los salarios solo perjudica a los asalariados.

Pero al margen de estas consideraciones, parece como si el saneamiento económico dependiera del  comercio exterior, por lo que cabría achacar la crisis española a la misma causa. ¿Podríamos describirla como un exceso de importaciones sobre la capacidad de exportación? Ese exceso parece ser debido a la forma de financiación de una y de otra. Ha habido mucho dinero fácil  que no se correspondía con la capacidad real de producción del país, por lo que se consumía en exceso sobre lo que podía compensarse con exportaciones. En la circulación de ese dinero fácil han tenido la parte correspondiente de culpa los países exportadores, ya que con lo que vendían  obtenían considerables ganancias “insanas”, como se acabó descubriendo. Dicho en otras palabras: aunque el deudor debe pagar, según afirman muchos moralistas, no es menos cierto que quien prestó de forma irresponsable debe pagar asimismo su error, cosa que a menudo se olvida (de paso: no puede acusarse de irresponsables a quienes no pueden pagar su hipoteca. También habría sido irresponsable el banco. Además, quien no puede pagar es generalmente porque ha pedido su empleo, no por imprevisión o irresponsabilidad. Se ha olvidado  el clima social de hace pocos años: parecía que toda la sociedad iba a prosperar de forma estable e indefinida. Como nos habían prometido muy serios los políticos y casi todos los economistas cuando liquidaron la peseta y nos metieron en el euro).

Así, la crisis habría sido fundamentalmente importada, un producto de la globalización y del  europeísmo. Sin embargo, el paro realmente desmesurado a que ha dado lugar indica, parece ser, alguna disfuncionalidad profunda de nuestra estructura económica particular, pues en crisis menores anteriores ya ocurrió ese exceso de paro comparado con el resto de Europa. De hecho, desde la transición, un desempleo muy considerable ha acompañado la marcha de la economía española, con y sin crisis, un fenómeno evidentemente “insano” en comparación con la economía anterior.

Ahora bien, esto no acaba de resolver el asunto, porque el exceso de importaciones de unos se neutralizaría con el exceso de exportaciones de otros, con lo cual no podría haber una crisis global, parece ser. Además, ¿por qué el exceso de dinero no ha provocado una fuerte inflación?  Por otra parte, ¿cómo ha podido Alemania convertirse en el país relativamente más exportador del mundo durante decenios en que su moneda era extraordinariamente fuerte, revaluándose contra otras más débiles?

Otro punto más: según un estudio que he comentado, un paro tan masivo como el que sufrimos ha tenido forzosamente que repercutir en un descenso del PIB mucho mayor del que se afirma oficialmente. Ello lo comprueba la recaudación del IVA,  que bajó de 55.851 millones de euros en 2007 a 41.000 millones en 2011,  un descenso del 26,6%. El IVA permite calcular bastante bien el PIB, y sin embargo este se mantuvo oficialmente estable,  con una disminución insignificante entre esos años. No sé  cuál ha sido la recaudación del impuesto el año pasado. Al no aplicarse el IVA a las exportaciones, cabría suponer que estas han compensado el descenso, pero no parecen haber sido capaces del tal cosa, al menos no conozco ningún estudio al efecto.

En fin, les dejo con estas  improvisaciones que quizá puedan dar pie a alguna discusión.

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Sobre el Gorgias (el hilo anterior)

Desde luego, definir lo que es racional y lo que no, resulta difícil. El hombre siempre racionaliza, tanto sobre el mundo exterior como sobre sí mismo, tratando de explicar o de  justificarse. Lo que nos parece más razonable es lo que resulta más lógico y coherente a partir de unas premisas generalmente compartidas, aunque esas premisas a menudo se hunden en  supuestos difíciles o imposibles de demostrar.

   Calicles sostiene que cometer una injusticia es preferible a sufrirla y mantiene  que el superior en general debe imponerse sobre el inferior, el fuerte sobre el débil, y que en eso radica lo justo y lo bello según la naturaleza. Esto podemos tacharlo de una mala moral, pero su racionalidad es evidente a partir de experiencias en el mundo animal y humano, que él expone sucintamente. Calicles debe aclarar, entonces, por qué la sociedad rechaza tal idea, y lo aclara afirmando que la mayoría inventa una falsa justicia según la cual la superioridad es injusta, porque la masa inferior detesta a quienes la sobrepasan, y trata  de someterlos y rebajar a su nivel a los más fuertes. No es del todo coherente, puesto que el fuerte, al dominar, no cometería ninguna injusticia, como sí lo haría el débil al rebelarse, por ejemplo; con lo que el problema de cometer o sufrir injusticia sería irrelevante.

    Sócrates defiende lo contrario. Dentro de ciertos límites podríamos decir que Calicles representa el liberalismo individualista y Sócrates la socialdemocracia. Llevándolo más al extremo, Calicles representaría el fascismo y Sócrates el comunismo.

  Para defender su posición, Sócrates vuelve el argumento de Calicles contra este: dado que la multitud es más fuerte que el individuo, su  decisión sobre este problema sería más adecuada, es decir, más justa y más bella. No obstante cae en la misma incoherencia, porque entonces la multitud estaría justificada al aplastar al individuo más débil y no cometería injusticia al hacerlo, mientras que el individuo sería injusto al rebelarse. Además, Sócrates sostiene implícitamente que la mayoría cree que cometer una injusticia es preferible a sufrirla, tesis muy dudosa.

 

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Racionalidad del nazismo

Blog I: Los Borbones y las repúblicas http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/los-borbones-y-republicas-20130213

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Cuando se reinicia la guerra de España en julio de 1936, el nacionalsocialismo llevaba tres años y medio gobernando Alemania. Y lo hacía  con un éxito  espectacular en varios aspectos: el enorme paro anterior iba siendo rápidamente absorbido; la continua lucha de partidos, verdadera guerra civil de baja intensidad, había desaparecido; y el grueso de la población había  recuperado la autoestima nacional, gravemente dañada por la anterior guerra europea y sus largos efectos. En plena depresión mundial, el resto del continente miraba la experiencia con asombro, mezcla de admiración y de temor, por cuanto el régimen aplicaba una despiadada represión contra sus enemigos reales o imaginarios, discriminaba y ultrajaba de modo especial a los judíos y no ocultaba sus ambiciones expansionistas, que debían convertir a Alemania en la potencia no solo  hegemónica sino rectora del continente. La preocupación era mayor en la URSS,  ya que el designio hitleriano convertía a Rusia en el territorio a conquistar y anexionar a la Gran Alemania como “espacio vital” de esta.

Se ha solido acusar a la ideología nacionalsocialista de “irracionalismo”, de culminación de una corriente contraria a la razón originada en la reacción romántica alemana contra el racionalismo de la Ilustración. Así vino a explicarlo Lukács, y la idea se ha vuelto común. El hecho de que la crítica fuera hecha desde el marxismo, ya indica algo. Pero tanto el marxismo como el nazismo desplegaron  una intensa actividad racionalizadora, y no podía ser de otro modo, pues el hombre debe recurrir a la razón constantemente para explicar o justificar sus actos e ideas; y la razón no es la inspiradora de las ideas, sino más bien la ordenadora de ellas. La protesta “irracionalista” ante la Ilustración consistió básicamente en introducir el factor de la voluntad y la representación subjetiva en la concepción del mundo. Salvo cuando se niega la realidad exterior del mundo, este enfoque es bien racional, supera  el racionalismo influido por la mecánica newtoniana,  cuya aplicación directa o indirecta al ser humano y su sociedad resultaba muy insatisfactoria (se acusaba a la Ilustración de “fría”,  pero era algo más). Parece muy poco razonable negar la importancia de los sentimientos, por más que estos choquen a menudo con la razón o con ciertas razones. Por otra parte, basta constatar la explosión pasional de la Revolución francesa, inspirada en un crudo racionalismo hijo de la Ilustración, para entender que la relación entre razón y sentimiento es más complicada de lo que sugieren los respectivos conceptos  por separado.

Así como la mentalidad intelectual del siglo XVIII fue muy  influida por la mecánica de Newton, la del XIX lo fue por el biologismo de Darwin. Su concepto de la evolución, según el cual prosperaban las especies que mejor se adaptaban al medio y desaparecían las menos aptas, podía dar lugar a dos ideas diferentes: una evolución mecánica y al azar, en que las especies serían efecto pasivo de la presión del medio; o bien la de una “lucha por la vida” en que de algún modo se manifestaba la voluntad de los integrantes de la especie, con triunfo de la especie más “fuerte”. Ambas ideas solo podrían trasladarse hasta cierto punto al hombre, por cuanto este no solo se adapta, sino que adapta el medio a sus necesidades y deseos de forma muy voluntariosa. En cualquier caso la “lucha por la vida”,  por el  “espacio vital” o por lo que sea, entre distintos grupos humanos es una constante histórica, por lo que sería racional –no necesariamente legítimo—suponer que también en el plano humano se produce esa lucha por la vida, en la que deben imponerse los mejores en sentido biológico. Nietzsche debe  a Darwin gran parte de su pensamiento, y el nazismo puede considerarse en buena medida hijo de ambos. El siglo XIX constató el ascenso de los países del centro-norte de Europa, que impusieron su imperialismo sobre el resto del mundo  (el caso de Usa entraba en la misma dinámica). Lo cual parecía la demostración práctica del aserto de que la raza blanca, especialmente en su variedad rubia, era biológicamente superior a las demás y  tenía por tanto derecho a imponerse. El racismo venía a ser una ética científica, biológica, que echaba por tierra, como fantasmagorías, las éticas religiosas tradicionales (por más que podría aducirse que suplantar a la religión por la ciencia no dejaba de hacer de esta una religión, pero esa es otra cuestión).

Cabe decir que ese tipo de ética, aunque asentado en una interpretación de Darwin, es en realidad muy antiguo  y no fácil de rebatir. Lo muestra Platón contendiendo dialécticamente con Calicles en el diálogo Gorgias. Dice Calicles: “Es frecuente que la ley y la naturaleza se contradigan (…)  Según la naturaleza, lo más feo y desventajoso es sufrir la injusticia; según la ley, es cometerla. Pero sufrirla no es ni propio de hombres (…) La ley, está hecha por los débiles (…). Para asustar  a los más fuertes, a los capaces de superarlos, y precisamente para no ser superados, cuentan que toda superioridad es fea e injusta (…) Pero a mi juicio  la naturaleza misma nos prueba que, en buena justicia, el que vale más debe llevar ventaja al que vale menos; el capaz, dominar al incapaz. Así, lo muestra por todas partes, entre hombres y animales, en las ciudades y en las familias, siendo la marca de la justicia  el dominio del poderoso sobre el débil, y su superioridad incontestable. ¿Con qué otro derecho, si no, viene Jerjes a combatirnos a los griegos y su padre a los escitas? (…) Nosotros, en cambio contrahacemos a los mejores y más vigorosos para esclavizarlos a fuerza de encantamientos y mentiras”, etc.

Encontramos en todo esto un dilema racional de no fácil solución… racional

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