Perogrullo y varios enigmas históricos / Kamen, el masacrador

Blog I: Dos balances: franquismo y antifranquismo / Me hallará la muerte, de Prada http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

(Ruego a los lectores den la máxima difusión al artículo sobre los balances. Parece que soy el único en señalar unas evidencias restallantes en medio de la farsa en que se ha convertido en España la historia y la política.)

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Henry Kamen termina su libro Imperio con la siguiente reflexión: “Fue, más allá de toda duda, una inmensa y gloriosa epopeya para muchos, pero para muchos otros estuvo teñida de una irreparable desolación”. Pero Grullo podría haberse sentido orgulloso de tal corolario. Incluso podría haberlo ampliado al conjunto de los empeños humanos, pues, por ejemplo, ¿no fue el final de la guerra mundial una irreparable desolación para millones de nazis? Y la ciencia, ¿no ha facilitado los peores crímenes? La misma medicina, que ha permitido rebajar la mortalidad infantil en muchos países pobres, ¿no ha multiplicado una población condenada, al parecer, a la miseria extrema? Y así sucesivamente. Uno se pregunta si para llegar ahí habrán hecho falta casi 600 páginas.
     Tampoco es muy alentador el comienzo del libro, con una cita de las Preguntas de un obrero que lee, de Bertholt Brecht: “El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César venció a los galos. ¿No tenía siquiera un cocinero con él?” Tales reflexiones, nuevamente, son perogrulladas, y en lo que dejan de serlo, sandeces. Cien mil cocineros no habrían vencido a los galos o conquistado la India, y un Ejército mal mandado habría probablemente perecido en la empresa, como tantas veces ha pasado. Y no son preguntas de ningún obrero, claro, sino del propio Brecht, que, como buen marxista, toma a los obreros por tontos y les instruye en tales “profundidades“. Pero Kamen parece impresionado por Bertoldo, uno de los falsarios intelectuales más distinguidos del siglo XX. Supongo que quiere indicar que al Imperio español contribuyeron muchas más personas que los hispanos normalmente citados en primer plano.
     Esto es bien sabido. Aquel imperio atrajo a todo tipo de extranjeros, buenos y malos, como ahora mismo ocurre con USA, si bien no conviene llevar la analogía demasiado lejos. Lo nuevo es el énfasis puesto en ese hecho, al cual considera Kamen definitorio: “El imperio español era una empresa internacional en la que participaban muchos pueblos”, y no fue “la creación de un pueblo, sino la relación entre muchos pueblos, el producto final de muchas contingencias históricas entre las cuales la contribución española no siempre fue la más significativa”.
     ¿No siempre? Aquí es Kamen inconsecuente consigo mismo, pues tendría que haber dicho “nunca”. Para empezar, “la expansión europea (…) estaba en función de las mejoras tecnológicas (…) Y por lo general la tecnología era, como sabemos, más europea que española”. Aun así, España podría haber sido un país rico, pero tampoco. Critica Kamen, no sin un fondo de razón, las jeremiadas tópicas de cierta historiografía hispana sobre el “despilfarro de la riqueza y el potencial humano” español durante los siglos XVI y XVII: “España tenía muy poco de ambas cosas, y habría sido difícil despilfarrar ese poco que tenía”. Pero su salida no es menos sorprendente: “En realidad, España era un país pobre que dio el salto a la condición imperial porque a cada paso recibió la ayuda del capital, la experiencia, los conocimientos y la mano de obra de otros pueblos asociados”. ¿La ayuda? Fue algo más, según aclara en otras páginas, pues siempre hubo en los hispanos dura resistencia a salir de su tierra, y el imperio “no fue consecuencia de la voluntad de poder deliberada por parte de los españoles, que fueron –con gran sorpresa por su parte– presionados a desempeñar el papel de hacedores del imperio”. Peor aún, “Los castellanos se mostraron más que satisfechos de dejar que otros construyeran el imperio por ellos”.
     Al parecer hubo una especie de acuerdo internacional para obligar a los españoles a moverse, o para sustituirlos incluso, en la construcción imperial ¿Quiénes presionaron así a los españoles? “Las grandes familias de banqueros –los Fugger, los Welser, los Spinola– se ocuparon de asegurarse de que su inversión se administraba con eficacia”. “Las riquezas y el poder humano pertenecían en gran medida a aquellos que no eran españoles”. Los mismos ingleses y holandeses habrían estado interesados, salvo en algunos momentos de histeria, en mantener el imperio español. Fue una empresa general europea, y todos “invertían ambas cosas [capital y hombres] en el negocio en curso del imperio y recogían la recompensa correspondiente. Los españoles (…) aportaron su propia y singular contribución y gozaron del honor de ser los gestores de la empresa. Pero la empresa pertenecía a todos”. ¿A todos? Aquí Kamen vuelve a mostrarse inconsecuente, pues debiera haber dicho “a otros”.
     Así pues, España apenas aportó capitales, ni tecnología, ni hombres –y mucho menos hombres preparados o cultos–, y ni siquiera voluntad, para colmo. Pero entonces, ¿cómo habría podido ser ella la “gestora” de aquella descomunal empresa? ¿Y por qué, con generosidad difícil de entender, todos se han mostrado de acuerdo en llamar “imperio español” a la magna obra común? Resulta arduo de explicar, y Kamen no lo consigue ni, en rigor, lo intenta. Además, ¿cómo fue posible durante tanto tiempo mantener tan diversos y contrapuestos intereses operando armónicamente, como dirigidos por una batuta, en torno a España? ¿Quizá aquellos españoles, tan pocos, tan pobres, tan atrasados y desganados, poseían en cambio un auténtico genio político y diplomático, capaz de hacer que los demás sirvieran así a sus intereses? Por desgracia, tampoco encuentra el historiador británico rastro de tal cosa: el talento político hispano rondaba la nulidad.
     Una muestra: los españoles creían universal su lengua, pero, nos informa Kamen, se trataba de una vanidosa ilusión. Así, “para los españoles, el problema era cómo comunicarse con fluidez con las naciones políglotas que deseaban dominar. Durante la gran época del imperio, a la elite castellana le resultó difícil afrontar el problema del lenguaje. Esto afectó profundamente a su relación con todos los pueblos que iba encontrando. Durante el siglo largo en que la política castellana dictó la vida política y militar de los Países Bajos, era raro encontrar un noble castellano con nociones de holandés”. Lo mismo ocurría con el árabe o con las lenguas americanas. En conclusión, “dominadores y dominados se movían en universos separados que no se comprendían entre sí; los gobernantes se apartaban del pueblo al que gobernaban”. Nuevo enigma, porque si España no podía despilfarrar riquezas y hombres que no tenía, ¿cómo pudo resultar “dominadora” o “dictar la vida” de otros? Menos aún podría haber durado aquel extraño imperio nada menos que tres siglos, por lo demás comparativamente muy pacíficos fuera de Europa. ¿Y cómo explicar que tantos países de América hablen español, queden restos de él en Filipinas y otras islas del Pacífico, y topónimos españoles se encuentren todavía por medio mundo, desde Australia a algunos lugares de África? Kamen no cree importantes estas dificultades y contradicciones, pero al dejarlas de lado sólo encontramos otro éxito de Pero Grullo. El problema del lenguaje lo han tenido todos los imperios, y por lo común lo han resuelto utilizando el idioma de la metrópoli. Así llegó a hablarse latín en España o el inglés se ha hecho el idioma de comunicación en la India, por poner dos casos típicos.
     Y de este modo progresa Kamen, entre perogrulladas y enigmas históricos que dejan pequeños al de Sánchez Albornoz. En realidad, su línea recoge una interpretación de la historia como desarrollo tecnológico, para la cual lo que no entra en sus esquemas simplemente no existe. En rigor, no pudo existir imperio español porque la misma España no habría existido, propiamente hablando, aunque nos valgamos del término por costumbre o comodidad. Por eso incluye a los catalanes entre las naciones sometidas al imperio, o nos explica cómo, en su libro, “los ciudadanos de los reinos peninsulares son identificados a menudo por su lugar de origen, a fin de no sembrar confusión mediante el uso impreciso del adjetivo español“. Esto ayuda a entender por qué todo el mundo ha llamado siempre español a aquel imperio. Se trata, simplemente, de una “imprecisión”, a corregir en lo sucesivo. Una fuente de esta visión es el nacionalismo catalán, cuya influencia en el buen Kamen salta a la vista. “Bien mirados los hechos –decía Prat de la Riba–,  no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada”. El autor británico determina que, “bien mirados los hechos”, lógicamente, tampoco pudo haber imperio “español”.
     El método de Imperio es simple. En la historia, se ha dicho, encontramos de todo, por lo que siempre se pueden buscar citas o datos en apoyo de cualquier tesis, por disparatada que sea. Para pasarla por buena basta omitir los datos contradictorios y el análisis crítico de ellos. Como he venido mostrando, es el método privilegiado de muchos historiadores-propagandistas hoy día en relación con nuestra guerra civil. Parece haber una decadencia en la historiografía británica, al menos en la referida a España, porque encontramos en varios autores muy publicitados, como Preston o Carr, las mismas incoherencias, contradicciones y desdén por abordar los problemas que sus mismas interpretaciones crean.
     Pero el libro de Kamen no deja de tener interés como un reto a la historiografía española, algo pesada y a ras de suelo –no siempre, pero sí a menudo–, con escasa visión de conjunto y tendencia a la lamentación. Lo cierto es que la España de entonces, un país efectivamente pobre y no muy poblado, extendió su poder por mundos hasta entonces desconocidos en Europa, contuvo la expansión del Islam y del protestantismo, y creó al mismo tiempo una gran cultura. No es nada fácil explicar un hecho tan inusitado, sobre todo a la vista de su decadencia posterior, a veces abyecta. La dificultad de explicarlo hace que algunos prefieran negarlo, pero la realidad sigue ahí, desafiando a los historiadores. (En La ilustración liberal, agosto de 2003)
(Puede verse en mi libro España contra España, una evaluación de la época, en el capítulo “¿Hubo en realidad un siglo de oro?”)
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Una ética algo ruin

Blog I: ¿Pederastas los lectores de “El País”? / Lobos de Rusia / Vigo, ciudad sin ley.http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado  

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Como indiqué, un enfoque falso o distorsionado perturba la comprensión de todo lo tratado, y esto se manifiesta claramente en los detalles de la crítica de Cervera Gil.  Así, afirma que lo que hago en Franco, un balance histórico  (ya está descatalogado, pero creo que puede encontrarse todavía Franco para antifranquistas, que viene a reproducirlo de otra forma), no es un trabajo riguroso, sino una “provocación.  Porque, dice, “provocar es reducir la serie de bombardeos durante la lucha de Vizcaya a exclusivamente el de Guernica, en el que, según él “sólo” hubo 126 muertos (…) Según él, solo fueron responsables los alemanes y los italianos.  Parece que para Moa el líder indiscutible de la España nacional no pintaba nada en la campaña del Norte. ¿Alguien lo cree?”.  Solo  hubo otro bombardeo parecido, incluso con más víctimas, el de Durango. Mi texto decía: “Durante la lucha por Vizcaya se produjo el bombardeno de Guernica, que entró en las grandes leyendas del siglo XX. Según hoy sabemos, produjo un máximo de 126 muertos y no los 1.600 y hasta 3.000 que se han venido dando y fue realizado sin órdenes de Franco”.  Así, el “solo” de los 126 muertos lo pone  él, achacándomelo con muy pocos escrúpulos, para atribuirse una altura moral tan vanidosa como gratuita.  Y, según el definitivo estudio de  Jesús Salas, el bombardeo se hizo sin permiso de Franco, que había dado y repitió después la orden de no atacar objetivos civiles. Si el señor Cervera sabe otra cosa, que lo diga, pero ese “¿alguien lo cree?” solo revela su ignorancia. Estos y otros datos relevantes los he citado en varias ocasiones, pero el señor Cervera, que dice “conocerme”, parece  no haberlos leído, y tampoco el estudio de Salas.  Y ni se plantea el problema historiográfico real: por qué aquel bombardeo y no el de Durango fue, junto con la inexistente matanza de la plaza de toros de Badajoz,  una estrella internacional de la propaganda  antifranquista.  Pues también lo he aclarado. Solo tiene que molestarse en leerlo.

Sigue: Afirmar que, para concluir la guerra civil, “Franco no admitió otra salida que la rendición incondicional” es media-verdad. Esto lo hizo, pero después de faltar a su palabra dada al coronel Casado mediante un conocido documento (que el autor olvida) llamado “Concesiones del Generalísimo” fechado el 5 de febrero de 1939, cuyo título es explícito de las buenas intenciones expresadas por Franco pero, eso sí, olvidadas mes y medio después en las negociacionesde Gamonal (Burgos), donde el general gallego faltó a su palabra. No solo “olvido” ese documento, sino miles de ellos más, ya que el libro es de síntesis, un ejercico este que suele echarse de menos en la historiografía española, que tan fácilmente se pierde entre los árboles sin percibir el bosque. Y el documento no desmiente el hecho clave y decisivo de que Franco impuso la rendición incondicional. ¿Porque se cansó de las dilaciones de Casado y demás, como en el caso de Santoña? El dato en todo caso es irrelevante y no merece ser citado en una obra de síntesis. Y Franco tuvo la ocasión de aplastar por completo  lo que quedaba de la zona roja, pero prefirió esperar, y no la ocupó a marchas forzadas, sino dando tiempo a sus enemigos a huir. Que huyeron… solo los jefes. A seguidores y  sicarios los dejaron abandonados a su suerte.

Más: Olvida Moa que los historiadores no analizamos lo que “podría haber pasado si…” No es hacer Historia pretender juzgarla represión del franquismo, que fue real, en función de que “de haber ganado ellos [los republicanos] la contienda, (…) [la represión] no diferiría mucho, con toda probabilidad…” (pág. 91), o afirmar que la represión del Franquismo fue menor en la inmediata posguerra “con toda probabilidad, que la que hubieran aplicado sus adversarios de haber ganado” (p. 96) ¿Es que el señor Moa tiene una bola de cristal?

Por supuesto que los historiadores hacemos comparaciones y calculamos o especulamos sobre posibilidades. Claro que una cosa es hacerlo gratuitamente y otra con algún fundamento.  Si digo “con toda probabilidad”, sin darlo por completamente cierto, es por algo. La brutal represión del Frente Popular durante la guerra, que se aplicaron también los distintos partidos entre sí, autoriza perfectamente a prever lo que habría ocurrido de haber triunfado. Y lo que sucedió al terminar la guerra mundial, no solo en las zonas “liberadas” por los comunistas, sino en Francia, Italia y otros lugares, refuerza esa impresión, muy razonable, aunque a Cervera le parezca mirar por una bola de cristal. Es evidente que él se considera historiador. Ya que escribe de historia, lo es, pero ¿buen o mal historiador? Esto no parece contar para él y para muchos: les basta el título que ellos mismos se otorgan.

Nuestro historiador, bueno o malo, pasa enseguida a la ética : Roza la inmoralidad pretender disculpar la represión, la página más negra del Franquismo posiblemente, porque –según Moa- hay que “analizarla en su contexto histórico, más bien que ponerla en contraste con exigencias de perfección ética”.  Sencillamente impresentable. La Historia analiza la acción humana en sociedad y evidentemente no puede prescindir del análisis del comportamiento de las personas sin olvidar el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana, que no otra cosa es la ética. No es admisible, para atenuar el excesode la represión franquista en los años siguientes a 1939, presentar que la realizada por el nazismo o el estalinismo fue superior (pp. 94-95). Es un argumento mezquino y, como tal, inaceptable. Ahora va a resultar que Franco no es tan maloporque “sólo mató” a quienes mató; ahora va a resultar que el juicio moral de algo como la represión se mide en función del número de muertos que tal represión logró alcanzar. Es más, en el colmo de la insensatez, el autor insinúa (p. 95) como justificación, que, al fin y al cabo, tan sólo se siguió el ejemplo de la represión de la República francesa tras la Comuna de París: “aquella represión salvaje había salvado Francia y garantizado la paz social para largos años”… Parece pretender el autor que el lector piense que al fi nal lo que hizo el Franquismo al poner en práctica esa represión fue tan positivo como lo que logró aquella república francesa. Sencillamente es una justificación deleznable”.

Lo que yo hago no es disculpar,  sino explicar la represión, algo mucho más difícil que juzgarla con simplismos moralizantes. Y  para explicarla son necesarias dos cosas: situarla en su contexto, por mucho que horrorice al ético historiador,  y compararla con otras situaciones semejantes. Que no son solo el nazismo y el stalinismo, pues como señalé antes,  una represión total o comparativamente mucho peor y sin legalismo alguno –al revés que la franquista– se dio en Francia, Italia o Alemania. Por cierto, en la época de mayor represión la Iglesia gozaba de los máximos favores del régimen. ¿Qué le parece el dato al nuestró ético-cristiano? ¿Llamaría “deleznable”, “mezquina”  “insensata”, etc., a la Iglesia nuestro estricto juez moral? El señor Cervera parece considerarse una cima de la perfección ética,  ya que tan acremente juzga al franquismo y a mí mismo. Pero si ya antes me  achacaba –una pequeña insidia—lo de “sólo 126 muertos”, ahora sigue con sus pequeñas calumnias acusándome de “disculpar”  o de “justificar” la represión. Y tampoco queda uno muy convencido de que sea buen historiador, ya que ignora la necesidad de situar los hechos en su contexto y compararlos.

Insiste: “Cuando (Moa)  se refiere a las depuraciones de funcionarios (p. 96) no proporciona una explicación histórica. Simplemente concluye que en el Franquismo no fueron tan malas porque –según éllas de la República fueron peores o las políticas represivas que en otros lugares se aplicaron en esos años treinta fueron más duras. Es decir, como otros detuvieron y encerraron más, tuvieron más cárceles o campos de concentración o estos fueron más insalubres o simplemente mataron más gente (si es que todo esto fue realmente como el señor Moa dice, claro), el régimen de Franco no fue tan malo.

Todos los regímenes nuevos depuran a los funcionarios, pues no quieren tener enemigos en el seno del estado. ¿Le asombra? Y depuración no es lo mismo que represión, como él confunde.  En cuanto a la represión, está claro: Franco no fue tan malo como otros muchos políticos de la época. Se le acusa de cruel, pero lo fue mucho menos que Churchill,  Roosevelt o Truman, no hablemos ya de Stalin o Hitler. ¿Le sorprende a nuestro ético historiador? Pues así fue, exactamente.

También Pío Moa trata de “salvar” el carácter dictatorial del Franquismo. Para el autor no es tan censurable porque “la realidad –según Moa- demostró que no había alternativa a él.” Esto lo fundamenta en que sus oponentes “eran en realidad mucho más totalitarios que él”. (p. 188) De nuevo una falsedad o, como poco, una afi rmación gratuita. Porque lo que sí sabemos es que Franco fue autoritario; y del exilio conocemos que los que se tuvieron por sus herederos en 1975 no se han mostrado como totalitarios.

De nuevo las pequeñas insidias. Yo no “salvo” nada, sino que explico con datos y argumentos que nuestro ético no refuta en ningún momento. Que los antifranquistas eran totalitarios, golpistas y racistas lo ve cualquiera con solo repasar los componentes del Frente Popular. El señor Cervera no parece haber hecho siquiera este pequeño y elemental examen.  Lo del exilio y el 75 suena a broma, no sé si involuntaria. Los exiliados eran, en general, los más irreductibles del Frente Popular,  y los que en 1975 se identificaban con ellos –un tanto gratuitamente, como ocurre con cierta éticas–  eran demasiado débiles para imponerse:  tuvieron que aceptar una democracia que venía del franquismo, no de ellos ni de ningún señor Cervera.  Y aún así, no han cesado de torpedear esa democracia.

Con la misma alegría ética,  nuestro historiador me atribuye “obsesión por la República”: Moa no escatima esfuerzos al intentar descalificar lo republicano, y  en especial los dirigentes republicanos o quienes en el mundo apoyaban la República (pp. 98 a 100 son muy signifi cativas a este respecto). Parece como si olvidara que el motivo por el que ha convocado a los lectores ante su libro es hablar de Franco y su régimen. Y también cuando escribe –en exceso- sobre la República se despacha con descalifi caciones sin apoyo argumental alguno. Por ejemplo, ha decidido que el presidente mexicano Cárdenas era “conocido por su corrupción”. Hubiera sido conveniente que justificara tal afirmación, cosa que no hace.

Como es habitual, Cervera confunde la república con el Frente Popular. Y por supuesto, al hablar de Franco hay que hablar de la república y del Frente Popular , no es ninguna obsesión, sino una exigencia elementalísima. ¿Es que no ha leído a Azaña, a Marañón, a tantos más, para hacerse una idea de lo que fue la república?  Y quienes en el mundo apoyaron al Frente Popular fueron sobre todo Stalin y Cárdenas. ¿Ignora Cervera lo que era el PRI mejicano? ¿Tiene alguna idea de los chanchullos de Prieto y Cárdenas sobre el tesoro del Vita?  Solo puedo recomendarle que lea atentamente Los mitos de la Guerra Civil, y saldrá, espero, de su ignorancia sobre unos cuantos extremos bien conocidos, aunque no por él.

Y sigue:  No dejan de salir otros fantasmas particulares del señor Moa, ya presentes en algunos de sus otros libros como la idea de que “la lucha fraticida, [fue] provocada por las izquierdas” (p. 113). Esta afirmación, así realizada, es insostenible.

De nuevo, nuestro historiador no sabe de qué habla. No se trata de ningún fantasma, lo he demostrado y documentado  concienzudamente en Los orígenes de la guerra civil y otros libros. Pruebe Cervera a demostrar otra cosa.

Y en su obsesión por presentar a Franco casi como el gran estadista, llega a cosas tan absurdas como insinuar una simpatía de Churchill con el comunismo o con Stalin (p. 130-131) lo cual significa no entender nada de la política de los aliados europeos durante la segunda mitad de la Segunda Guerra Mundial

Lo de la “obsesión” y la “simpatía” de Churchill lo pone él con esa euforia  no sé si ética o historiográfica que le caracteriza, atribuyéndome una simpleza que es toda suya. Nuevamente le recomiendo mi libro Años de hierro, a ver si sale algo de esa mezcla de barullo mental e ignorancia que ostenta con tanta desinhibición.

Y La desfachatez llega incluso a la forma de escribir. Moa se refiere a los EstadosUnidos de América como “Usa”. Esto es una incorrección inaceptable en un libroserio. ¿Qué sentido tiene emplear ese acrónimo que es inglés? ¿Qué tendrá que ver la “desfachatez”? http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/conveniencia-de-un-rebautismo-2226/

  A estas alturas, escribir que el Franquismo sufrió un “boicot internacional” (p.139) simplemente no se sostiene

Bien, aquí  lo dejo porque el resto es por el estilo. Tal exhibición de simpleza,  ignorancia y petulancia “ética” cansa e indigna a cualquiera, y máxime en un medio académico que quiere pasar por serio.  Y hay algo de ruindad poco ética en un cristiano cuando trata con tal injusticia y aversión a quien salvó a la Iglesia del exterminio. ¿Por qué empleo algo de tiempo, que parece ser  perderlo,  en esta “crítica”? Porque, por mentira que parezca, en el degradado medio intelectual tienen éxito  semejantes tiradas. Espero que en estos años el señor Cervera haya cambiado de estilo y de tendencia.

 

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Cervera Gil patina / Razón española

 Blog I: ¿Por qué hubo hambre en la posguerra? / Katiusha preludiaba la fiesta: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Un  amigo me ha remitido una crítica de Javier Cervera Gil a mi libro Franco, un balance histórico. Está en una revista de la universidad Francisco de Vitoria y data de 2006. Siento que me pasara inadvertida en su momento y voy a comentarla porque trae cuestiones de interés, tanto sobre cuestiones historiográficas como sobre el nivel de la historiografía española, no solo en la lisenkiana izquierda, sino en la derecha católico-progresista.  El señor Cervera asegura que mi libro es  “una loa irreflexiva, acrítica, que nos presenta a Franco como un salvador de la Patria o casi un héroe medieval al modo de las novelas de caballerías”.  Dice, además, que me “conoce bien” y me trata de “ridículo”,  “falto de rigor” etc.  y, para seguir el ejemplo de los lisenkianos, me excluye del gremio de los historiadores.  Yo no estoy muy seguro de que haya entendido siquiera mis libros, y por lo demás, un historiador no tiene por qué pertenecer a un gremio que, en España, no es precisamente brillante.

La crítica tiene un aspecto de enfoque general y otros de detalle. El enfoque general sería este:  “Es indudable que el Franquismo trajo cosas buenas a España. Moa enumera varias, pero olvida algo esencial para el ser humano, que forma parte de su propia dignidad: la libertad. Eso no está entre los caracteres que atribuye a la dictadura franquista… A Moa le parece la libertad irrelevante, parece ser”. Por tanto, fueran cuales fueran los logros del franquismo, pueden darse de lado ya que  el régimen impedía “la libertad” y con ello “la dignidad” humana.  Sentado este enfoque, las demás “cosas buenas” carecen de relevancia y sobra seguir por ahí.  Creo que el señor Cervera muestra con respecto a mi libro una mala fe algo farisaica, poco cristiana, aunque eso solo le atañe a él. Lo que interesa es que un historiador serio no puede hablar, simplemente, así. Desde los marxistas a los católicos progres (el propio Cervera) se ha acusado al franquismo de destruir la libertad. Pero un historiador algo riguroso debe preguntarse, en primer lugar,  qué significaba la libertad para ellos. Y la respuesta no es difícil en los dos casos: los católicos “avanzados”se han dedicado, bajo el franquismo, a  promocionar, incluso haciendo de las iglesias centros de propaganda política,  a los partidos marxistas, a los terroristas  y a los separatistas. Espero que el señor Cervera no ignore el dato, bien conocido y vivido por algunos, como es mi caso.  En cuanto a los liberales, cuya idea de la libertad es mucho más respetable, resulta que vivieron y prosperaron en su gran mayoría bajo el franquismo, con solo algunas quejas y sin resistencia digna de mención. Es decir, el régimen no tuvo una oposición democrática y la que se presentaba como tal era un verdadero amasijo de comunistas, terroristas, pacifistas utópicos, cristianos politizados, marxistas varios, personajes atrabiliarios, etc., todos juntos y con los primeros como punta de lanza de la lucha por “la libertad”.

Este hecho histórico y nada especulativo es definitorio. Los antifranquistas tan partidarios de la libertad lo quieren pasar por alto, pero un historiador con pretensiones de seriedad  simplemente no puede hacerlo. Es decir, el historiador debe explicar cómo se planteaba el problema de la libertad en una situación histórica y no a partir de una definición moralista y vacía, aplicable tanto por totalitarios como por simpatizantes de ellos.

En segundo lugar, el señor Cervera debiera preguntarse por qué los antifranquistas eran tan pocos y en cambio la gran mayoría de la población, incluyendo  personajes de relieve, intelectuales, etc., aceptaba vivir “sin libertad ni dignidad”, como lo presentan él, los marxistas y demás. Y cómo fue la Iglesia, en los años más difíciles de aquel régimen, un pilar del mismo, precisamente.  Una buena respuesta la da Julián Marías cuando constata que en el franquismo hubo, desde el principio, una gran libertad personal. Porque cuando se habla de libertad, una gran palabra utilizada en los sentidos más variados, un historiador debe especificar a qué se refiere. En el franquismo había, en efecto, una gran libertad personal, existía la propiedad privada y la economía era fundamentalmente de mercado o liberal –como explicaba Marías—y el estado mucho más pequeño y menos entrometido en la vida de las personas que el de ahora mismo. Otra cosa son las libertades políticas, aspecto importante pero no exclusivo de la libertad. Las cuales  no estaban anuladas pero sí restringidas.  Solo hay que releer la prensa de entonces para comprobarlo. No parece que el señor Cervera tenga mucho olfato ni precisión  como historiador.

El hecho, que he señalado en ese libro y en muchos más, es que las libertades políticas, la democracia en definitiva, tan bastardeada en la república y destruida por el Frente Popular, no desempeñó el menor papel en la guerra civil por ninguno de los dos bandos, mientras que el franquismo preparó, deliberadamente o no, al país para una democracia no convulsiva. ¿O cree el señor Cervera que la democracia actual se debe a él y a personas como él? Mi opinión es la contraria: la distorsión propagandística y la mala historiografía  como la de mi crítico, que intentan borrar o distorsionar las más claras evidencias de la historia real, son en gran medida culpables de que nuestra democracia sea tan deficiente  y corra hoy verdadero peligro.

Repito: en todo libro de historia puede haber errores de enfoque y errores de detalle. Los primeros son los fundamentales, porque distorsionan todo lo demás,  aunque a veces aporten datos sueltos de interés. Como vemos, el enfoque del señor Cervera no es que sea erróneo, sino que le falta el mínimo rigor exigible a un profesional de la historia. Deficiencia  que, por degracia, el señor Cervera comparte con muchos otros. Dejaré  para otro momento, por no alargarme, los errores de detalle que  mi crítico me achaca y en los que me parece que patina igualmente, cosa bastante lógica.

No sé si el señor Cervera ha evolucionado a mejor en estos seis años, muy posiblemente sí.

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    Razón Española Esta interesante revista ha sacado un número  con artículos del finado  Fernández de la Mora, González Quirós, Alejo Vidal-Quadras, Jesús Cacho  y un servidor, sobre la situación a que ha llegado España.  Ya reproduciré el mío.  Reproduzco un extracto de la crónica política firmada por  Juan Ignacio Penalba:”El recorte de plantilla en el principal periódico de España muestra la decadencia imparable de la prensa de papel ¿Debido a Internet o a la conversión de los periódicos en portavoces de partidos políticos y de los intereses de sus editores? Quien lea los periódicos encontrará a los mismos columnistas de hace 30 años (José María cCrrascal, Rosa Montero, Alfonso Ussía, Manuel Alcántra, Raúl del Pozo), informaciones redactadas por menores de 30 años (la jefa de la sección de economía de ABC, hija de uno de los columnistas, tiene 27 años; joven, barata, obediente e inculta) y la verborrea de los políticos. La familia Godó ha pasado de  loar al generalísimo Franco en las portadas de La Vanguardia a desengancharse de su pasado con la publicación de libros como El franquismo, cómplice del holocausto, escrito por el hijo del militar franquista Eduardo Martínes de Pozuelo.  (…) Martín Ferrand, otro de los columnistas eternos de la prensa española, ha reconocido: “De no ser porque los editores y los redactores somos los mismos, estaríamos asistiendo al brote de un mayor pluralismo; pero, desgraciadamente y salvo excepciones muy singulares, solo tenemos delante una mayor colección de collares para un mismo perro” (ABC, 20-X-2012)

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“España contra España”, índice / Inglaterra y España en el mar

Blog I: Cobardía intelectual /Concha Piquer: La Parrala / Sin cariño no hay vida http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/cobardia-intelectual-concha-piquer-parrala-correctivo-bretemas-20121127

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ESPAÑA CONTRA ESPAÑA. Mitos y claves de su historia

Introducción: La hispanofobia.

Primera parte:

1.      ¿A qué llamamos España?

2.      ¿Es España una nación?

3.      El “Desastre del 98 y sus consecuencias

4.      Las razones de los separatismos

5.      El regeneracionismo y España

6.      Europeísmo e internacionalismo

 Segunda parte

 1.      La democracia en España

2.      Un balance del franquismo

3.      Alcance histórico de la Guerra Civil

4.      Siglo XIX: Liberales contra liberales

5.      Tres guerras sin buen fin

6.      Un siglo bastante bueno para España: el XVIII

7.      La Ilustración en España.

Tercera parte

 1.      La realidad de la decadencia

2.      ¿Hubo en realidad in Siglo de Oro?

3.      La Leyenda Negra

4.      El esplendor cultural

5.      ¿Existió la Reconquista?

6.      ¿España musulmana?

7.      Guadalete y Covadonga

8.      La guerra del destino

 Epílogos 

España y Europa

España y la Hispanidad.

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España y el mar

Probablemente en cualquier parte del mundo en que se preguntara por el país más importante, o distinguido o destacado en la historia por su audacia e historial marítimo marítimo, casi todo el mundo coincidiría en citar a Inglaterra. Quizá algunos mencionaran a los vikingos o a los  navegantes polinesios. En la propia España predomina hoy una conciencia o sentimiento ajeno al mar, como de potencia secundaria más bien continental o apéndice del continente europeo. Lo cual es bastante verdad en el presente.   Y si se habla del pasado, el público en general pensará más bien en grandes derrotas como Trafalgar o la “invencible”, a manos precisamente de los ingleses.

Sin embargo, considerando la historia como conjunto, creo muy sostenible la primera posición de nuestro país en la historia naval del mundo, incluso son diferencia sobre los ingleses o cualesquiera otros. Vale la pena insistir en este capítulo histórico, un tanto preterido, e ignorado por el gran público. Al respecto baste considerar estos tres hechos: fueron flotas o barcos españoles los primeros en cruzar el Atlántico. Lo mismo el Pacífico. Lo mismo en dar la primera vuelta al mundo. Estas y otras muchas empresas sirvieron para descubir, conquistar y colonizar inmensas regiones, y para establecer rutas comerciales por mar entre todos los continentes. Proezas tanto más notables cuanto que se dieron en época de grandes dificultades de comunicación, con buques y tripulaciones expuestos a mil avatares. Cuando las demás potencias europeas, excepto Portugal, solo  conseguían tráficos comerciales menores, o la piratería y la trata de esclavos.

Sobre el punto primero cabe argüir que los vikingos se adelantaron en el descubrimiento de América, pero la equiparación es absurda.  Suponiendo que arribaran allí por la ruta más corta del Océano norte, nunca supieron que habían llegado a un continente, no fundaron establecimientos duraderos ni líneas de comercio.  No fue un descubrimiento propiamente dicho, no más que el de los propios aborígenes americanos cuando se extendieron por ese continente. El descubrimiento español lo fue para todos, europeos  e indígenas americanos, ya que permitió a todos situarse unos en relación con otros.

Por tanto, cuando las demás potencias europeas emprendieron a su vez sus descubrimientos, conquistas y colonizaciones, lo hicieron aprovechando los anchos caminos del mar y descubrimientos hechos por los españoles. Siempre quedará esta diferencia esencial, tan olvidada normalmente.

Además, si España sufrió derrotas a manos de los turcos y los ingleses, otras veces derrotó a ambos, es decir, fue capaz de hacerlo al mismo tiempo que descubría literalmente el resto del mundo.  Pero así como las proezas inglesas han dado lugar a una abundante historiografía y literatura de aventuras o similares, cine, etc., debe reconocerse que las españolas no han recibido ni de lejos el mismo interés o atención en su propio país. Un dato revelador de decadencia.

Porque  el auge y decadencia de España siguen también su proyección naval y pueden estudiarse a partir de esta. En el primer tercio del siglo XVII, España pierde la supremacía en el mar, primero a manos de los holandeses. En el siglo siguiente  la nación va reponiéndose y llegará a  infligir a la armada inglesa el gran desastre de Cartagena de Indias, aunque, en conjunto, es en este siglo cuando Inglaterra alcanza su supremacía en los mares. La participación española en las guerras continentales, primero al lado de Napoleón, trajo como consecuencia el desastre de Gibraltar y con ello la pérdida de la flota que aseguraba  la continuidad del imperio y de la posición de gran potencia. Esta pérdida se tradujo a su vez en la de la mayor parte del imperio, a la que siguió un siglo XIX bastante lúgubre, el de mayor declive de la historia hispana. La pérdida de Cuba, Filipinas, etc., vino también marcada también por  dos derrotas navales con efectos morales y políticos desastrosos.

No está de más considerar estos hechos, aunque hoy, evidentemente, las perspectivas han cambiado profundamente. Pero, por su posición geoestratégica, España sigue teniendo el mayor interés en el mar, y el olvido de este dato solo puede repercutir negativamente sobre el estado de la nación.

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¿Se suicidará la casta política? / ¿Existía la palabra “gilipollas”?

Blog I: Avanza el desmoronamiento de España http://www.intereconomia.com/blogs

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¿Han visto ustedes dimitir o pedir excusas a algún político  por haber patrocinado una política económica ruinosa? ¿Por prometer e insistir en que el euro nos garantizaba una prosperidad  estable y sin fin? ¿Por las chapuzas constitucionales? ¿Por  la colaboración con la ETA? ¿Por una oposición inane a la delincuencia de Zapatero? ¿Por tantas formas de corrupción?…  Todo ello define a una casta política realmente infame, para la que las palabras España o Democracia significan muy poco. Es evidente que hemos llegado al final de un ciclo histórico, comenzado con la transición, incluso, más allá, con la victoria nacional en la Guerra Civil, y la sensación que ofrece el panorama es de miseria y putrefacción.  No ha habido una reacción a tiempo y las perspectivas son más bien lúgubres.

En una reciente conferencia, Otero Novas comentó la posibilidad del suicidio de la clase política actual, que visiblemente ha  llevado al país a la ruina y la amenaza de desintegración. Tales fenómenos no son demasiado raros, y casi por nadie predichos  unos pocos meses antes de que sucedan.  En 1931, la clase monárquica se suicidó literalmente, y algo parecido hizo la clase franquista en 1976. En Italia  el bipartidismo DC-PCI parecía inamovible, y sin embargo se vino abajo casi repentinamente. El problema reside en que la sustitución puede ser igualmente desastrosa. Así, la defección de los monárquicos dio lugar a una república desastrosa,  la transición bajo Suárez  colocó verdaderas bombas de relojería contra la propia nación española y la democracia; y del hundimiento italiano surgió un personajillo como Berlusconi.

En realidad, el agotamiento de una clase o casta política es previsible. No soy el único que viene previéndolo desde hace años, y apelando a la formación de una alternativa bien preparada que  evite los berlusconis y las demagogias. Pero ha sido en vano,  se ve que la sociedad española está muy echada a perder. Se dice a menudo que la casta política refleja a esa sociedad, pero solo es verdad a medias. La casta ha desempeñado el papel activo, y ha sido ella la que ha estupidizado a gran parte de la opinión pública, más bien que  lo contrario.  

Prefiero no hablar de los que insisten en que España debía expulsar a Cataluña.  No sé si son peores que los propios separatistas. Los problemas de España no vienen de Cataluña. Vienen, fundamentalmente de los dos partidos “nacionales”, tan hispanófobos a su modo como los separatistas. Pero los dioses ciegan a quienes quieren perder. Repito el final del blog de la Gaceta: quizá ocurra lo impredecible. Porque lo predecible es siniestro.

***Sobre las elecciones hay un análisis de fondo y de tendencia, que he expuesto en el otro blog, y uno  de política inmediata. En esta, Mas ha llevado un batacazo (no así el secesionismo, al contrario). El PP ha llevado otro batacazo, pasando de la tercera posición a la cuarta, en lugar de a la segunda que le auguraban los entendidos. Para el PSOE el retroceso ha sido –desgraciadamente– menor del esperado. El “brote verde” está en Ciudadanos, único que ha planteado una oposición frontal y clara a los delirios separatistas. Pero dense cuenta del panorama de conjunto: los secesionistas copan el 70% más o menos de la cámara, y el PSOE y el PP, que no son separatistas pero que básicamente les siguen el juego, casi todo el resto. Y sale la Alicia diciendo que los catalanes han votado no a la separación de España.  La estupidez como bandera.

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***Anoche terminé “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Hacía mucho que una novela no me enganchaba tanto como ésta. Una magnífica obra; apasionante de cabo a rabo. Yo la he disfrutado doblemente: como buen aficionado a la lectura y como hijo de un divisionario. Qué familiares me han sido los nombres de Krasni Bor, Ladoga, Vóljov, Lago Ilmen…¡”Carlos Gardel”! Nombres de lugares por los que anduvo mi padre y del que nos hablaba a mí y a mis hermanos cuando rememoraba aquellos tiempos. El organillo de Stalin, el barro, la nieve, los mosquitos…Mi padre falleció hace ya casi veintiún años; cuánto hubiera disfrutado con la lectura de esta gran novela. Mi padre se llamaba Fernando Ramos de Orbe y era de Portugalete, Vizcaya y era Caballero Mutilado de la División Azul. Felicidades Sr Moa, y gracias por tan bonito homenaje a aquellos héroes. (Malaspulgas)

***Extracto de notas sobre Sonaron gritos y golpes a la puerta” (por Joanpi)

1.- El Género literario: Aún sabiendo lo inexactitud que conlleva la categorización de géneros literarios, discrepo de la editorial y de cuantos la han calificado de novela histórica. Es algo así como catalogar de tal La cartuja de Parma, de Stendhal o Guerra y Paz, aunque salgan hechos de batallas de Napoleón y otros. Su novela tiene un tiempo histórico, pero no trata de darnos lecciones de historia, sino de situar unos personajes y lo que les toco vivir y padecer. Su novela no está escrita al estilo de W. Scott y su Ivanhoe. Más bien estaría en lo que actualmente se llama Novela Testimonio. Así catalogaron, por ejemplo Los cipreses creen en Dios de Gironella. Cierto que es un género hibrido entre la historia y el relato notarial que da fe de cómo la vivieron unos personajes. Pero usted no perseguía la historia sino lo segundo. (Todo esto es muy opinable)

2.- El gran valor de su novela ya se lo dije, y lo ha destacado usted mismo algunas veces: no hay tesis. Los buenos y los malos están, pero no hay adoctrinamiento como lo que nos tienen acostumbrados los señores de la divine gauche. Cierto que algunos se portan mal, pero en todos los bandos. Tan sólo la roza en el esperpento del tal Zapatero, una ironía que se permite, más que otra cosa.

3.- Es sólida en general, excepto en dos situaciones:
a) El argumento para que Alberto decida contar sus batallitas , ya se lo dije y me reafirmo. Esos hijos que, dos por comodidad y otro por adscripción al adversario de ayer, han tomado el camino de enfrente, por mucho que diga Alberto que nunca los adoctrinaron debían saber que sus padres estaban en las antípodas. Es poco creíble que nunca supieran de sus visicitudes y del disgusto de sus opciones políticas para sus padres. Poco o nada les va a decir sus memorias.  (Eso lo decide usted por su cuenta. Ha sido muy frecuente en la derecha no contar a los hijos casi nada de la guerra. Máxime en las circunstancias  de Alberto.  Por otra parte llamarlas “batallitas” suena algo chusco).

Más sólido sería, es mi opinión que no hace cátedra, la sugerencia que le hice de que Alberto tratara de dar el efecto dramático de que de su propia mano hubiera venido la muerte de su padre biológico, por mucho que le alcanza por sus acción de espía. Me contestó que trató de huir de las truculencias, y yo le apunto que éstas son más fruto de la forma que del fondo. Con una escena bien montada me parece que hubiera ganado en intensidad trágica y justificado su escritura como confesión final o catarsis personal. Aunque ciertamente algo tiene de esto cuando he leído el epílogo la segunda vez .

b) Las digresiones de los personajes sobre lo que hacen me parecen , a veces algo retorcidas y de un nivel un punto más elevado que sus perfiles de edad y situación social. Me detendré más adelante. (Ya he comentado que están alevadas sobre el tipismo o el costumbrismo, pero no son imposibles ni inverosímiles. Lo digo por experiencia)

4.- La trama tiene momentos desiguales, algunos muy buenos, las peripecias en la Cataluña del momento, la guerra en Rusia es, a veces caótica, pero porque caótica fue la situación, y de lectura fatigosa y poco creíble la de las tertulias e intrigas del Madrid de posguerra. Usted mismo lo ha dicho en su obra Años de Hierro. Ninguno de los grupillos y conspiradores de tasca puso el Régimen en entredicho (¿?). Para tan pocos mimbres no le merece a Alberto renunciar a la vida que estaba recobrando en Barcelona. (Una cosa es que el régimen saliera ganando, otra muy distinta que no estuviera seriamente amenazado y con peligro de agrietarse por dentro al final de la guerra mundial)

5.- A mi me sorprendió, conociendo su poca proclividad a airear lo que se refiera al fornicio,- en absoluto le tengo por un timorato, creo que es otra cosa, simplemente es un hombre con eso que se llama pudor y hoy es anatemizado- el que éste apareciera tan expresamente. Pero a nadie sonroja, es contenido, dentro del buen gusto y fue una situación que las guerras y la incertidumbre de vivir conllevan e incluso en los pueblos que no la padecieron se dieron casos en multitud de ocasiones de relajación de costumbres o agarrarse a vivir el momento.

6.- Los personajes femeninos han sido ya extensamente analizados. Acaso Carmen es excesivamente perfecta, pero bien son creíbles y llenos de connotaciones de buen diseño.

7.- Los personajes masculinos también están bien construidos, Paco me parece más complejo de lo que aparenta, Alberto goza del mismo ánimo pero está menos ideologizado la escena inicial es la que le empuja a algo para lo que, en otras circunstancias, nunca hubiera ocurrido. Ciertamente, la crítica de si tan jóvenes podían ser así, me parece más adecuada al contenido de sus disquisiciones filosóficas y existenciales, nunca a sus acciones, muchos jóvenes se vieron empujados a ese tipo de actitud y, como héroes modernos echaron sobre sus espaldas aquella situación, por otro lado estamos juzgando a jóvenes de 20 con la mentalidad que hoy tenemos de sus comportamientos de eternos niñatos , el que suscribe, con 20, ya en el final de los sesenta, ya andaba por esos pueblos de Dios ejerciendo de maestro y poniendo seriedad a la situación. Me ha gustado de los secundarios el profesor, me parece que es Silvestre y Crates el poeta. Esa mezcla de universitarios y gentes del pueblo fue una constante en la D.A.

No obstante a personajes masculinos y femeninos les falta perspectivismo, lo que definía el profesor Baquero Goyanes como la cualidad de que unos personajes presenten y retraten a otros. Sé que es fruto de que el narrador sea el que nos da la medida de todo. Pero una carta, o un informe militar, etc. podría hacer más ricos los puntos de vista sobre ellos. (…)

10.- En algunas ocasiones, pese a su pulcritud hay anacronismos en la forma de decir, así llamar a otro gilipollas- faltarían muchos años para ello- (ya se decía entonces)  o aprovecharse de cómo han sucedido las cosas para que algunos personajes den ideas de su forma de ver los sucesos. Por ejemplo cuando un falangista augura el destino de la Falange de chivo expiatorio de derechas, iglesia etc. (Esto ya se decía también por entonces. Muchas gracias por  el trabajo de análisis que ha hecho)

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