Blog gaceta.es: Síntesis del problema de Gibraltar / ¿Ambigüedad ante el nazismo?
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Decía que la cultura tenía contenido religioso, moral, político y económico, cada aspecto muy interrelacionado. Obviamente, ahí entra también el arte. Pero importa saber si cada uno de esos aspectos es básicamente autónomo y simultáneo, o hay alguno más fundamental que de algún modo impulse a los demás. Ello tiene relación con la definición del hombre. Siguiendo a Aristóteles, el hombre suele definirse como “animal racional” o, sobre la misma idea, como “animal técnico”. Las definiciones suelen hacerse situando lo definido en un ámbito más amplio (en este caso la animalidad) y señalando el rasgo o rasgos que lo diferencian dentro de ese ámbito. Dentro de los animales, al hombre le caracterizaría la razón. Esta podría definirse como la capacidad para la especulación guiada por la lógica, sea para alcanzar principios generales, para ordenar la experiencia o para definir fines y medios de la acción práctica. La razón está relacionada, por tanto, con las capacidades de sentir, imaginar, prever y calcular.
Ahora bien, la razón está naturalmente subordinada a la moral, que baña toda la actividad humana y la distingue de los animales aún más radicalmente que la razón. En los animales superiores percibimos cierta capacidad de razón práctica en algunas de sus reacciones, pero su conducta se guía por el instinto, subsistente pero muy debilitado en el hombre. Este solo puede subsistir en sociedades muy diferentes de las animales, lo que comporta relaciones muy varias y complicadas, a menudo conflictivas y de contenido esencialmente moral, sin las cuales no podría organizarse para sobrevivir. Se supone que los productos de la razón, al menos a su nivel más alto, no deben contradecir la moral aceptada, aunque vemos constantemente cómo existe oposición entre ambas. Hay una profunda racionalidad en doctrinas como el marxismo, el fascismo, el nazismo, pero si hoy tendemos a descartar tales doctrinas lo hacemos ante todo por consideraciones morales que van más allá del utilitarismo y que se apoyan en la experiencia, la principal de ellas es la oposición entre dichas doctrinas y lo que consideramos bienestar y libertad humanos. El mito del Génesis alude probablemente al paso del instinto a la esfera de la moral, que constituye al hombre por encima de la técnica o de la razón, no solo de la instrumental.
Una esfera que, por otra parte, dista de ser tranquilizadora, porque los principios morales son difíciles de definir, a menudo cambian de aspecto, son traicionados o surgen ideas contrarias que pretenden justificarse por su valor moral. Gran parte del esfuerzo intelectual del hombre se ha desarrollado en la búsqueda de principios que permitan una conducta clara y precisa, sin las variaciones y choques que encontramos en la realidad, una aspiración que nunca llega a su fin. Un ejemplo elaborado de esos principios son los Diez Mandamientos, mandatos imperativos, por tanto no racionales, atribuidos a Dios… y constantemente vulnerados por su pueblo elegido, que solía considerar como “perros” a los gentiles.
Con el desarrollo de la ciencia y del racionalismo, se han hecho grandes esfuerzos por establecer una moral racional e incluso científica, pero no han tenido éxito hasta ahora, ni parece probable que lo tengan. El “mandamiento de Dios” tiene sin duda más autoridad que el de algunos hombres, sean estos muchos o pocos, y la moral no puede decidirse por una decisión “democrática” de mayorías.
La moral, por lo tanto, depende de la religión. Por ello, si definiésemos al hombre como el animal religioso, quizá estaríamos más acertados que definiéndolo como animal racional o incluso animal moral. La religión, por primaria que sea, ha sido lo primero en las sociedades y ello indica, precisamente, que es un factor más fundamental y constitutivo que los desarrollos posteriores de la razón. Claro que esto exige una fundamentación más detenida y un mayor análisis de la irreligiosidad aparente de las actuales sociedades europeas.
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Recuerdos eueltos: Excursiones arqueológicas
Durante varios años, hasta hace catorce, solía ir con mi mujer, Lola, a la Alcarria de Cuenca, en busca de yacimientos arqueológicos de la época celtibérica. Viajábamos en su coche, un R-6 de segunda mano ya viejo por entonces, pero de buena conducta. Algunas veces nos acompañaba una amiga suya, Margarita, arqueóloga también. Me viene al recuerdo, con especial agrado, la escena de una mañana de lluvia en un paisaje verde, cerrado por nubes bajas, como ajeno a la civilización, y Margarita y yo empujando el coche en un camino embarrado, cuesta arriba. Lola conducía, pues yo nunca aprendí, en parte por desidia, en parte porque hasta hace poco la compra de un coche, incluso de segunda mano, desbordaba mis, digamos, recursos financieros.
¡Ah, qué placer romper con la rutina de la semana y ponerse en marcha! Parábamos un poco en Tarancón a tomar un café, y luego nos apartábamos de la carretera principal, más tarde autovía, por los solitarios campos de Cuenca. Algunas veces nos desviamos hacia las ruinas de las ciudades romanas de Segóbriga, Valeria o Ercávica, testimonios de la importancia de la actual provincia en aquellos tiempos. Pero el objeto de nuestras excursiones era casi siempre las más modestas cuencas de los ríos (más bien riachuelos) Mayor, Guadamejud, arroyo de Valdevicente… donde prospectábamos en busca de mínimos restos de poblados preshistóricos, mayormente celtíberos y de la Edad del Bronce.
Antes de emprender la feliz, si bien esforzada y paciente, labor nos deteníamos en Huete, última población de cierta importancia, a acumular fuerzas en el bar Chibuso, junto a la carretera. Después entrábamos en otro mundo: muy pocos coches por las carreterillas y escasos pueblos, como perdidos en el tiempo: Cañaveras, Cañaveruelas, Valdecolmenas de Arriba y de Abajo, Culebras, Valdecabras, Gascueña… Grajos parados en la baranda de un puente, arroyos entre cañaverales o chopos, serpenteando por vallecillos, verdes hasta el verano, con sus cultivos ralos de cereales o girasol; cerros de yesos y areniscas, a veces arados o con pequeños bosques de pinos, cipreses sueltos, encinas; más a menudo cerros yermos, blanquecinos, con romero y otras plantas aromáticas entre sus piedras.
Desde el coche buscábamos con la mirada lugares prometedores de yacimientos, por lo general leves elevaciones no lejanas del agua, de tierra más oscura y hierba más espesa por la acumulación de desechos orgánicos durante generaciones. Dejábamos el vehículo junto a la carretera o en algún camino y subíamos andando por las colinas, mirando cuidadosamente al suelo, en busca de trozos de cerámica, por lo común muy pequeños.
Antes los habría tomado por pedazos de platos o botijos que se hubieran roto a campesinos. Los mejores mostraban las rojizas e inconfundibles decoraciones geométricas ibéricas. También aparecía, más raramente, terra sigillata, hierros mínimos y muy oxidados, sílex, cerámica vidriada de origen árabe; o muretes casi irreconocibles, desmoronadas obras de defensa… En los poblados, muy reducidos, habrían vivido unas decenas o unas centenas de personas. Nada parecido a una nueva Troya, y, con todo, el asombro de sentir, a través de esas huellas mínimas en aquellos parajes perdidos, la presencia de gentes y formas de vida, de temores y alegrías disueltos hace tantos siglos.
Alcanzábamos con fatiga lugares de apariencia prometedora, pero vacíos de restos, mientras otros, en principio improbables, ocultaban yacimientos de interés; y así nos pasábamos la mañana subiendo y bajando montes. Parábamos para comer unos bocadillos bajo el cálido o el frío cielo, o nos acercábamos a yantar a un pueblo, en algún bar o restaurante. Por la tarde continuábamos la tarea.
Probablemente, en aquella lejana época, 2.500 años atrás, no llovía por la Alcarria conquense más que ahora, es decir, poco, y el paisaje debía de parecerse al actual. Había poblados en los montes y también en los valles, quizá testimonio de épocas distintas, más pacíficas las de poblamiento en valle, más inseguras las del monte. ¿Cómo pasarían la vida y qué pensarían de ella? ¿Tendrían mucha relación con el exterior? Quizá de vez en cuando llegaran reclutadores de mercenarios, para los ejércitos cartagineses, por ejemplo, y algunos jóvenes aventureros viajaran a África o a Italia, lugares muy lejanos para los medios de la época, y volvieran, si sobrevivían, para deslumbrar con historias fantásticas a sus paisanos más sedentarios, inflamando la imaginación de unos y suscitando las burlas de otros. Llegarían mercaderes ofreciendo productos exóticos a los pudientes. Quién sabe si algún lugar por donde hoy transitamos indiferentes, ciegos a su contenido temporal, si así cabe hablar, fue escenario de algún hecho extraordinario. En algunos yacimientos había restos de muro y cenizas: tal vez sufrieran un día asalto y quema, y esclavitud los supervivientes.
El objetivo de Lola y Margarita consistía en un “Estudio macroespacial del poblamiento de la cuenca del río Guadamejud durante la Segunda Edad del Hierro”, y otros semejantes. Pude enterarme, no sin cierto pasmo, de que muchos arqueólogos empleaban una “metodología marxista”. Marx estableció una hipótesis apropiada, a su entender, y luego al entender de tanta gente más, para explicar el destino humano; pero se molestó en ponerla a prueba –haciendo algunas trampas– aplicándola al estudio de la sociedad de su tiempo, acerca de la cual dispuso de una información amplísima. Procedió, hasta cierto punto, como un científico… y su hipótesis resultó falsa de arriba abajo, lo cual ocurre muy a menudo en la ciencia, y probablemente él lo comprendió hacia el final de su vida.
Una buena hipótesis debe tener coherencia interna, y el marxismo parecía tenerla, de ahí su atractivo; pero su valor no depende de tal coherencia, sino de su capacidad para explicar los hechos. La mayoría de las hipótesis científicas, si bien terminan desechadas al contrastarlas con la realidad, no dejan de ser fructíferas, pues permiten rectificar la orientación investigatoria. En cambio, tomar una hipótesis demostradamente falsa para aplicarla a épocas semivacías de información tiene muy poco de científico. Si bien no deja de ofrecer ventajas: cuantos menos datos, más fácil la especulación. ¡La cantidad de libros, ponencias, artículos y estudios divagatorios que se habrán elaborado con tales metodologías, máxime si fluye generoso el dinero público!
Ya entonces empezaba a ponerse de moda la arqueología feminista, en algún modo una variedad del marxismo, con floración de congresos internacionales, encuentros de especialistas, publicaciones y lucubraciones pintorescamente técnicas sobre “géneros”, “roles” y lo que caiga, en el neolítico y hasta en el paleolítico. Si se entretienen y encima ganan algo, nada que objetar.
Un atardecer llegamos Lola y yo a un yacimiento en la cumbre de un monte bastante alto. Estaba dividido en dos partes separadas por un muro. Desde una de ellas, ligeramente más elevada, acaso una pequeña ciudadela, veíamos teñirse el horizonte al fondo de un paisaje vasto y ondulado, deshabitado salvo por las casas de un pequeño pueblecillo medio perdido entre los altibajos del terreno. La escena provocaba ese sentimiento intenso y a la vez inconcreto de lo sagrado, nacido, posiblemente, de la percepción de nuestra dependencia con respecto a fuerzas incomensurables: aquella extraña bola ígnea que un día y otro, sin descanso, se alza por un extremo de la tierra, disipando las tinieblas, y al cabo de unas horas incendia los aires mientras se oculta por el lado contrario. Notamos oscuramente la insignificancia de nuestras vidas ante tales fuerzas, a quienes debemos la existencia sin saber cuáles son sus intenciones con respecto a nosotros…
La visión de la naturaleza en la soledad, fuera del ajetreo urbano, del roce continuo con los demás y las absorbentes preocupaciones diarias, nos infunde sentimientos extraños. El descreído entiende a Ladislaus Almásy, un explorador del Sáhara:
“Amo el desierto… La infinitud purifica el cuerpo y el alma. El ser humano siente la proximidad del Creador y no hay nada que pueda apartarlo de este conocimiento. La fe en un Ser superior a nosotros y, al mismo tiempo, la sumisión a nuestro destino humano, se apoderan de nosotros“.
A muchos ha llamado la atención que las tres religiones monoteístas hayan nacido en las proximidades del desierto.
¿Cómo sentirían los primitivos estas escenas, qué repercusión tendrían en sus vidas, y a través de qué mecanismos mentales? Lola y yo pensamos entonces hacer un documental sobre arqueología, utilizando como entrada alguna puesta de sol en aquel lugar, para transmitir ese sentimiento de lo sagrado y tratar de explicar, o al menos describir a partir de él, la vida en la Antigüedad. Después de todo, en la contemplación de la naturaleza y de la vida humana debe de encontrarse el origen de la religiosidad, y ésta alguna influencia ha tenido en la historia humana. Apenas preciso decir que el proyecto, como tantos otros, quedó en eso.
