El macarra ultraja al estadista y pasa a la historia

En “Una hora con la historia”: 410 – El pecado mortal de Aznar | La guerra de los dos locos – YouTube

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El macarra ultraja al estadista y pasa a la historia.

El 24 de octubre de 2019, Sánchez ordenó profanar la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. En el fondo era una consecuencia lógica y casi inevitable de la estrafalaria “victoria” de Aznar sobre Franco en 2002. Como de costumbre, la historiografía y el análisis político habituales tratan el hecho como poco más que una anécdota, pero su contenido histórico, simbólico, programático y a la vez esperpéntico adquiere tal intensidad que supone la defunción definitiva del régimen del 78 cinco años antes de ser oficializada por la amnistía golpista.

El carácter soberanamente grotesco del acontecimiento destaca al comparar al ultrajador con el ultrajado en sus restos mortales. Abordar la significación histórica del finado Caudillo obliga a ceñirse a los hechos, siempre desfigurados por una ingente masa de propaganda contradictoria y a menudo absurda. No vamos a extendernos aquí al respecto, pero bastará citar algunos datos indudables: como militar, Franco ganó prácticamente todas sus batallas y una difícil guerra, lo hizo partiendo de una desventaja inicial tan abrumadora que habría hecho abandonar la partida a casi cualquier otro; y la finalizó con una campaña sin disparar un tiro; además venció al maquis, una guerra de guerrillas comunista que pretendía reanudar la guerra civil. Estos datos lo convierten en uno de los generales más destacados del siglo XX, en España y fuera.

Como político, Franco aseguró la unidad y continuidad histórica de España contra un frente popular compuesto esencialmente de sovietizantes y separatistas (este dato casi siempre se olvida, disfrazando de demócratas a los vencidos); y supo meter en cintura, productivamente y sin hacer sangre, a sus propios seguidores, propensos tradicionalmente a querellas suicidas. Así logró sostener durante cuarenta años el régimen de mayor éxito en España durante al menos dos siglos: éxito en el terreno social (excelente salud social medida por índices de delincuencia, droga, etc., y una de las mayores esperanzas de vida al nacer del mundo); en el terreno económico (supo reconstruir el país frente al aislamiento y hostilidad exteriores, sin deberlo a Usa como el resto de Europa occidental, creciendo sobre esa base a tasas superiores a cualesquiera otras antes o después, con prácticamente pleno empleo y presión fiscal moderada y sin estar en la Comunidad Económica Europea, embrión de la UE); y en el terreno político (superación de los viejos odios republicanos, ausencia de oposición democrática, neutralidad en la guerra mundial, derrota del aislamiento exterior, mentenimiento de la unidad e independencia nacional frente a todas las amenazas…).

Su única derrota política, a la larga decisiva, fue el desafecto de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, ya que su régimen se había declarado católico. Precisamente Franco había salvado a la Iglesia de un exterminio planificado por el frente popular, un dato de profundo significado histórico. Aun así, mantuvo hasta el final un apoyo popular mayoritario, comprobado en el referéndum de 1976 que decidió pasar a la democracia a partir del franquismo, no contra él.

A ningún político español en al menos dos siglos pueden atribuirse ni de lejos tales méritos, lo que lo revela como un estadista realmente excepcional. Personalmente, Franco fue un hombre sobrio, realista, equilibrado y valeroso. Su enemigo Prieto lo definió: “Alcanza el grado máximo del valor, es sereno en la lucha”. Nada más instructivo, entonces, que compararlo con el personaje que profanó su tumba.

Pedro Sánchez era por entonces presidente del gobierno de España y máximo dirigente del PSOE. Este personaje presumía de doctor en economía, con lo cual sería el primer jefe de gobierno con ese título, si descontamos al efímero Calvo Sotelo. De lo cual extraía un aura de hombre culto, que casi ninguno de sus predecesores podría reivindicar. Sin embargo, en 2018 varios periodistas cuestionaron el valor de su tesis doctoral, acusándola de plagio. Sánchez replicó audazmente amenazando con acciones penales a sus detractores, pero no consiguió amedrentarlos, pues respondieron con irrisión retándole a ir a los tribunales. Ante lo cual, el flamante doctor creyó prudente echarse atrás y olvidar el asunto. En cualquier democracia, un falso doctorado habría terminado con la carrera política del falsario, pero, y es muy significativo, en España ni se debatió en las Cortes, ni se investigó ni tuvo coste político alguno para el supuesto doctor.

Como indicio del nivel político-cultural alcanzada por el régimen, otros políticos de izquierda y derecha borraron másteres y otros títulos académicos de sus currículos mostrados en páginas web. Un caso notorio fue el de una presidenta regional del PP, que además había sido captada hurtando cremas de belleza en un supermercado. A ningún diputado interesó dar vueltas al tena.

Otro rasgo personal y político de Sánchez salió a la luz cuando varios periodistas descubrieron que su carrera había partido de un burdel homosexual de su suegro, en el que su esposa, Begoña Gómez, había trabajado de contable. Al salir el dato a la prensa, el PSOE le negó relevancia arguyendo que el negocio ya se habría vendido antes del matrimonio de Sánchez, en 2006. Pero no había sido así: la empresa familiar continuó varios años, ya casados, aunque en algún momento él debió de percatarse de que aquella relación no beneficiaría sus aspiraciones públicas, y el suegro parece que vendió el negocio a un hermano suyo de la profesión.

Choca que alguien con ese historial pudiera presidir una democracia, pero se demostró que en el decrépito régimen del 78 era posible; y, como en el caso del doctorado, no le trajo coste político significativo. Ha habido rumores y acusaciones directas –aunque no claramente confirmadas– de que en aquellas “saunas” se grababa a clientes de importancia política o social para chantajearlos: un método usado tradicionalmente por servicios secretos. Ello podría explicar quizá ciertas conductas políticas, pero hay que insistir en que por ahora no se ha demostrado.

Su esposa, de la que se ha declarado “profundamente enamorado”, ha hecho también una carrera a su modo brillante como conseguidora de fondos (fundraiser) creando un master al efecto concedido fraudulentamente por la universidad Complutense, sin que tenga título universitario reconocido. Dos hombres de máxima confianza de Sánchez han sido un ex portero de burdel, a quien el doctor ha ensalzado como “un referente político” y otro que colocaba a prostitutas amigas suyas en puestos públicos. En círculos sindicales ligados al PSOE también han sido frecuentes fiestas con prostitutas y cocaína, además de gambas y otros mariscos. Lo que no ha impedido a Sánchez declarar intenciones de erradicar la prostitución, tachada de lacra machista, contraria a un feminismo que los profanadores exhiben con especial afán. No hay malicia en sostener que estas cosas marcan un carácter moral y político.

Hay, pues una relación profunda entre la gente de Sánchez y el submundo de la prostitución, homosexual y de la otra, tan ligada habitualmente a la droga, el chantaje y otras formas de delincuencia. Faceta no menos relevante en esos políticos es su corrupción económica. Los más destacados ministros y agentes del profanador, así como su esposa y su hermano, han sido imputados por delitos de ese tipo, como también su modelo Zapatero, acusado judicialmente por tráfico de influencias, blanqueo de capitales, falsedad documental y organización criminal. Otros lo están por haber hecho un negocio fraudulento con las mascarillas declaradas obligatorias durante la pandemia de 2020. El fiscal general del estado, notoriamente un hombre de Sánchez, ha sido condenado por “revelación de secretos”, equivalente a prevaricación en los jueces. El propio Sánchez impuso en el cargo a su sucesora, que ha exhibido su amistad y admiración por el más que presunto prevaricador.

A pesar de la impunidad con que las gentes de Sánchez han venido actuando durante años, eran conscientes de que la cosa podría acabar mal, por lo que desde pronto tomaron medidas colocando a agentes muy bien pagada a la cabeza de las instituciones, desde el Tribunal Constitucional y otros tribunales, al ejército, la Guardia Civil o la policía, la televisión pública y otros medios de masas, la empresa que contabiliza las votaciones electorales, Telefónica, la Agencia Tributaria o el Tribunal de Cuentas, de moso que los jueces o periodistas o escritores desafectos pudieran ser sometidos a presiones, desde “cancelación” hasta investigaciones ilegales o amenazas directas. Salta a la vista de que, unos años antes de dar el golpe final al régimen del 78, los profanadores de la tumba de Franco ya lo habían convertido en el coto de una típica mafia.

Un dato significativo más consiste en un odio a Franco un tanto impostado, por cuanto en su régimen la mayoría de los socialistas, sin exceptuar a sus líderes posfranquistas, prosperaron personalmente, incluso como funcionarios, sin hacer oposición de algún relieve a la que más tarde llamarían “dictadura genocida”. Por otra parte, es perceptible en Sánchez una manía de grandezas: él mismo ha expresado en público su esperanza de pasar a la historia por haber ultrajado la tumba de Franco, que quiere completar con la destrucción “resignificatoria” del Valle de los Caídos. Sánchez es en el fondo un personajillo de la más baja calidad personal, y su “hazaña” recuerda al del pastor insignificante que por dejar su nombre para la historia quemó el templo de Artemisa en Éfeso, considerado una de las maravillas de la Antigüedad.

Estas consideraciones plantean otro problema, y es la degradación de la democracia, que afecta a todo Occidente y que es preciso tratar aparte.

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