Omar Jayam y B. Russell
Vale la pena comparar el rubai de Jayam con otra expresión de apariencia similar, la “oración laica” de Bertrand Russell tal como la cita R. de Maeztu en su libro sobre la Hispanidad y que he comentado en varias ocasiones: Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha aplanadora del poder inconsciente.
Puede parecer que aluden a lo mismo los versos de Jayam, mucho más sobrios y menos sentimentales que la oración de Russell, pero difieren en varios aspectos. Russell afirma conocer el destino, mientras que Jayam se contenta con establecer la imposibilidad de conocerlo. Russell cree que la ciencia corrobora sus pesimistas conclusiones, mientras que Jayam considera inútil esa sabiduría. Quizá podamos entender el destino humano como prefigurado prefigurado en su propia historia: así como la vida del hombre en el Paleolítico ha sido barrida por el tiempo sin dejar casi ningún rastro, y ha reducido a ruinas las grandes civilizaciones del pasado, así el tiempo terminará reduciendo todos los empeños humanos, todos los esfuerzos de su espíritu, a la pura materia “ciega al bien y al mal”, de donde ha partido. También el clima arrasó la vegetación del Sahara, sin ninguna intención ni sentido.
La ignorancia no impide los rigores de la vida, observa Jayam, y ante esa realidad angustiosa proclama que es mejor refugiarse en la bebida, los cánticos de taberna y el amor físico. Russell, en cambio, propone otro refugio en los “pensamientos elevados” y en la propia obra humana en general; y en ese refugio “adorar”. ¿Adorar qué? Obviamente al propio ser humano, lo que viene a ser un círculo vicioso. Pero, de acuerdo con la ciencia, ¿no es el propio espíritu humano un tanto ciego al bien y al mal? La obra humana, que el hombre debería adorar, resulta muy ambigua moralmente. Algunos dicen que San Petersburgo es la ciudad más bella del mundo, pero dejando de lado la competición, es ciertamente una gran obra del espíritu humano y sede de una gran cultura; no menos cierto es que su construcción costó la vida de cientos de miles de trabajadores esclavizados. Y los grandes avances científicos han servido para muchas cosas, entre ellas para asesinatos masivos y rápidos. ¿Qué conclusión sacar de ahí? El “santuario” de Russell es moralmente desconcertante. ¿Se puede adorar todo eso indiscriminadamente, o solo lo que subjetivamente consideremos “bueno”? ¿Es, finalmente, la condición humana tan ciega al bien y al mal como “la materia todopoderosa” de la que procede, según constata la ciencia? ¿O es el bien y el mal una simple ilusión? ¿Por qué habla, además, de “los terrores del esclavo”, cuando claramente su ser humano es inevitablemente esclavo de leyes que le sobrepasan y le destruirán con la misma indiferencia con que lo han creado?
Ya comenté en otra ocasión la analogía del comentario de Russell con el Ragnarök o Götterdämmerung la caída de los dioses en la mitología nórtica y germánica: los dioses, símbolos del orden y el espíritu terminarán derrotados por las fuerzas del mal. De acuerdo con la ciencia y con Russell así será ineluctablemente, y el mismo universo, tal como lo conocemos, y dentro de él la irrelevante vida humana, desaparecerá, sea por el segundo principio de la termodinámica o por la fuerza de la gravedad.
Hay otro problema implícito en Russell: no puede negar que el hombre procede de la materia, y en tal caso, ¿cómo y por qué la materia, la Naturaleza, ha creado un ser tan diferente a ella, capaz de hacer preguntas como las mencionadas, y desesperarse por la imposibilidad de responderlas? ¿De esforzarse sin fin por conseguir un orden en su vida, definido por el bien y el mal, que está abocado a la nada? ¿Está la aparición del hombre implícita en alguna ciega y sorda ley natural, como la gravedad, una ley que explicaría los hechos culturales como parte de los naturales, todos sin el menor sentido? Russell tendría que admitir que no puede ser de otro modo. Jayam se contenta con establecer la incapacidad de la razón humana.
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Historia criminal del PSOE: Los socialistas incendian Oviedo: https://youtu.be/_L5awz95gyc

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Personajes de ficción positivos
–Ahora, con el coronavirus, será una buena ocasión para leer. Supongo que quieres indicar que la gente podría leer tus relatos.
–Claro, hombre. Eso también. Pero estamos discutiendo de otros temas. ¿Por qué querría nadie leer mis novelas si fueran del montón? También pienso en lo del Frente Popular y otros libros de historia. Me acaba de decir un amigo que en lo del Frente Popular echa de menos que no me haya extendido más sobre los personajes. Y es que lo personal siempre atrae más que la cuestión más abstracta de las ideologías. Podría haber descrito los personajes de acuerdo con el dicterio de Marañón: “cretinos criminales”. Que desde luego lo eran, pero he procurado adoptar un tono neutro: hicieron esto y lo otro y pensaban esto y lo otro, sin entrar en valoraciones morales.
–Lo de que continúes El erótico crimen con la polémica entre separatistas me ha resultado algo forzado. Conste que la polémica me ha hecho reír, por lo disparatada, pero no tiene nada que ver con la novela, o con la primera parte de ella.
–La novela está escrita hace ya veinticinco años. Entonces algunos amigos me dijeron que por qué no continuaba la saga del detective Bofarull i Bofarull en una serie de novelas por el estilo, lo pensé pero para entonces estaba ya metido de lleno con Los orígenes de la guerra civil, y ya no hubo ocasión. Más adelante se me ocurrió hacer de Bofarull un personaje “de la universidad Pompeu Fabra y ex detective”, que se había vuelto del todo separatista, y meterlo en una polémica con separatistas de otras regiones.
–Pero yo no he visto que la polémica sea disparatada. La gente cree que en los separatismos hay ciertas doctrinas serias, y no las hay. En cambio tanto el PP como el PSOE han tratado con el mayor respeto a los separatistas.
–Porque esos partidos son igual de serios. Pero es preciso conocerlas, sus ideas, y la mayoría no las conoce, por eso las trata con cierta reverencia. La idea era una competición a ver quién era más separatista, y en función de ello soltaba más burradas. Pero con esa rivalidad exponen las concepciones de fondo, de manera cómica. Inevitablemente cómica, no se pueden tratar de otro modo. Pero no son simples disparates, tienen un fondo, eh. Además, casi todos son universitarios, me he permitido esa pequeña venganza. Por otra parte es la realidad.
–Todos universitarios menos el que no se presenta con otro título que el de “Buen Vasco”.
–Para mí, el único personaje positivo de tu otra novela es Carmen. Es católica sincera, rebelde a una familia atea o agnóstica, es valiente, se arriesga en la Quinta Columna para salvar a gente, pero odia la violencia a la que son tan inclinados su hermano y Alberto. Y por fin domestica a Alberto. Veo en Sonaron gritos un fondo edificante. Y me pregunto si te lo proponías o te salió así

–”Domestica”, esa es la palabra. Hasta podías decir que lo castra. Yo no la veo nada positiva. Además bastante beata, hay que ver cómo hablaba de la prostituta amante de su hermano, hasta que este le para los pies. A mí no me hace ninguna gracia.
– Ja, ja, Habláis como de personas reales. Lo que obliga a Alberto a ingresar en la vida doméstica y gris, y tratar de olvidar su vida anterior, podría ser el cansancio de una vida tan tormentosa, pero en realidad es haber causado la muerte de su padre. Siempre lo ha odiado sin saber que lo era, lo habría matado ya en el 36, pero se le fue de las manos y había acabado casi olvidándolo. Esto no se dice explícitamente en el relato, pero cae de su peso. Y de repente lo mata, evita hacerlo cara a cara, pero siente que es él el verdadero autor, como es la verdad. Y descubre, es decir, lo siente hasta el fondo de sí, que él no estaría en el mundo, no habría existido, no habría experimentado sus peripecias si no fuera por aquel personaje. Y siente también que se le parece. Ante ello opta definitivamente por la vida tranquila de casado, a la que siempre ha temido. Carmen solo tiene una parte menor de culpa, digo culpa porque el lector quizá preferiría seguir con la emociones anteriores. Como sea, la historia seguiría semioculta en su conciencia hasta que, ya viudo y viejo, unos sueños se la presentan con nitidez, le impulsan a escribirla, quizá también como venganza contra sus hijos, a estos los describe sin el menor entusiasmo, un poco más comprensivo con el que le había salido comunista. No debe de haber sido un padre muy solícito.
–¿Cómo se puede sacar tanta cosa de una simple novela? Me pregunto. ¡Si todo es ficción!
Un detective catalán penetra en el sórdido mundo de la intelectualidad organizada madrileña. Una novela negra como la vida misma: https://www.amazon.es/El-er%C3%B3tico-crimen-del-Ateneo-ebook/dp/B07GD83ZN8

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