Historia criminal del PSOE: Los socialistas incendian Oviedo: https://youtu.be/_L5awz95gyc
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La legitimidad del franquismo
En la tercera parte de Por qué el Frente Popular perdió la guerra civil doy especial relevancia a un tema que por lo común pasa poco advertido entre la trifulca sobre la represión, la cultura, la intervención exterior y demás. Estas cuestiones son importantes, pero secundarias con respecto a la de la legitimidad de uno y otro bando, lo mismo que la cuestión de si el oro enviado a Moscú fue consumido o no, fue una medida legal o no, o se envió porque había o no había otro remedio. Lo esencial es que fue la gran medida estratégica y política del Frente Popular, que determinó inevitablemente su evolución.
La cuestión de la legitimidad es fundamental, pues de ella depende el sentido de todo el conflicto. Si el gobierno legítimo era el del Frente Popular, entonces los “malos” eran los nacionales por sublevarse contra él e imponer un nuevo régimen tiránico, aunque tuviera otros aspectos más favorables. Si no se pone en primer plano esta cuestión, no se entiende nada. Pero el caso es que no se puede disfrazar de legítimo ni de democrático un Frente Popular compuesto por los mismos que en 1934 habían asaltado por las armas a un gobierno salido de unas urnas impecables –pese las violencias izquierdistas– y que en 1936 falsificaron las elecciones para imponer un régimen de terror y arbitrariedad con cientos de muertos, incendios y abusos de todo género, con amenaza creciente de sovietizar el país y/ o de disgregarlo en unos cuantos estaditos ridículos. Rebelarse contra tal gobierno era profundamente legítimo, y totalmente inmoral y miserable aceptarlo.
Ello trae otro problema que algunos plantean tan al revés como el de la continuidad del franquismo en la transición: aun si admitimos la legitimidad de la rebelión, dicen, ¿por qué esta no dio lugar a un restablecimiento de la democracia? La pregunta es tan absurda como la de por qué el franquismo no continuó después de Franco, pese a sus espléndidos logros. Franco, en 1930, era partidario de la democracia. Lo ocurrido en la república le volvió más que escéptico sobre ella, y la conducta de los que se llamaban demócratas daba la razón a su escepticismo. ¿Quién iba a asegurar una democracia después de la guerra civil? ¿Los mismos partidos que la habían provocado y que pensaban retornar sobre los tanques useños y bajo la sombra de sus aviones para causar otra guerra y más terror? Lo mismo que ni carlistas ni falangistas ni monárquicos ni obispos podían mantener el franquismo después de 1976, la democracia era imposible en 1939, en 1945 y mucho después.
Decía Gaziel que los anglosajones habían traicionado a los demócratas españoles. Los autodenominados demócratas y liberales españoles, como el mismo Gaziel, habían contribuido en gran medida a traer una república desastrosa, incluso muchos habían apoyado al Frente Popular. Algunos aspiraban a disgregar España y otros miraban con buenos ojos a los socialistas y comunistas. No fueron esos supuestos demócratas, sino los nacionales, los que superaron el gravísimo peligro de sovietización o disgregación de España ¿Cómo pueden atreverse a exigir cuentas a quienes sí lo hicieron? ¿Cómo pueden atreverse a procurar una vuelta al pasado, del que visiblemente nada habían aprendido, como lo hicieron a la muerte de Franco, agrupándose en torno a los comunistas en la Junta “democrática” o a los socialistas en la Plataforma “democrática”?
El inmenso mérito histórico de vencer al Frente Popular se redondeó con muchos otros, empezando por la no intervención en la guerra mundial, estoy harto de recordarlos. Aquellos “demócratas” habrían traído de nuevo el caos, y ahora mismo vuelven a traerlo. La democracia se decidió en 1976 desde la evidente legitimidad franquista. Y se está destruyendo, junto con la unidad nacional, desde una historia falsificada que solo puede imponerse totalitariamente. Entre el maremágnum de farfolla política e historiográfica que confunde toda nuestra historia es preciso que se abra paso la verdad, en lo que resulte humanamente alcanzable. Y es una tarea que compete a todos.

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¿Puede caer la monarquía?
El comentario de ayer sobre Juan Carlos viene a plantear la cuestión de si la monarquía puede continuar. Desde hace años vengo diciendo que solo los monárquicos, empezando por el propio rey, pueden acabar con la monarquía, como ocurrió en 1931. Es así por dos razones: porque la gran mayoría de los españoles ven en la monarquía lo mismo que Franco: un factor de moderación y símbolo de continuidad histórica. Sin embargo, la gran mayoría puede perfectamente verse burlada por las maniobras combinadas de unos y de otros. Juan Carlos ha hecho un grave daño a la monarquía, empezando por olvidar su origen actual, siguiendo por la firma de la memoria histórica, y terminando por sus corrupciones.
Su hijo parece de otra madera, menos frívolo y alocado, aunque en gran parte sigue la misma política “progresista” y servil hacia Anglosajonia y Bruselas. En sentido opuesto fue él quien, con motivo del referéndum golpista en Cataluña, desató con su discurso la nueva situación política: de pronto millones de españoles cuya voz venía siendo asfixiada desde hacía muchos años, percibieron en él un amparo frente a los “diálogos” de mafiosos que venían hundiendo al país. Creo que gracias al nuevo ambiente así abierto se convirtió VOX en una potencia política, mientras los demás partidos han tratado de neutralizar por todos los medios el efecto de aquel discurso. Como consiguieron llevar a la nada la explosión popular ante el asesinato de Miguel Ángel Blanco o las grandes movilizaciones contra los chanchullos de ZP con la ETA. Ahora, con VOX, lo van a tener más difícil, y lo que todos temen son nuevas elecciones, cada vez más necesarias. No entro en si el coronavirus puede cambiar la situación política, cosa que solo podría hacer pasajeramente.
¿Significa esto que España es constitucionalmente monárquica? No lo creo. Pero la experiencia histórica de dos repúblicas indica algo. De manera pintoresca, un presidente de la primera, Figueras, se marchó del país con el máximo desprecio advirtiendo: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Y fueron Azaña y Marañón quienes mejor y más sintéticamente describieron al personal republicano: “Estupidez y canallería”, dijo Marañón; “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín sin ninguna idea alta”, lamentó Azaña. Podría muy bien ocurrir que los actuales republicanos hubieran aprendido de la historia y fueran hoy otra cosa. Pero obsérvenlos: son exactamente lo mismo, es decir, comunistas, socialistas, separatistas y similares, a menudo auténticos majaras, auxiliados por el PP de la memoria histórica, de género y demás.
Esta repetición de lo peor de nuestra historia plantea una cuestión de fondo: ¿por qué los republicanos parecen siempre una combinación de los peores demagogos con los más frívolos e irresponsables intelectuales? Habría que investigarlo. Desde luego, la monarquía de la Restauración fue muy mediocre, y el balance histórico de los Borbones también, con algunas excepciones. Pero las repúblicas y su personal no llegan a la mediocridad: fueron y siguen siendo el caos, la tiranía y la violencia. Es de esperar que no se repita o no tenga éxito ninguna maniobra como las que trajeron la II República, porque la tercera no augura nada mejor, a la vista del personal.
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Nostalgia y absurdo (de tertulia)
–He leído la reseña de Carlos López Díaz sobre tu novela ( https://archipielagoduda.blogspot.com/2013/07/la-magnifica-novela-de-pio-moa.html ). Me llamó la atención que le dejase una sensación de “nostalgia”, y me extrañó, porque a mí me dejó más bien la impresión del “ruido y la furia”. Tantos esfuerzos, tanta sangre y penalidades para llegar a un fracaso, no solo personal, sino también en los hijos, que le salen rana.
–Es cierto: a los hijos traen al fresco todos los sentimientos por los que se han movido los padres, pero yo no he notado que pretenda dar impresión de absurdo. Y el autor, ¿qué opina?
–El autor muchas veces es el menos indicado para juzgar. Yo creo que es una gran novela, pero, claro, todos los autores piensan más o menos lo mismo de las suyas.
–¿Cómo vas a ser el menos indicado si tú lo has inventado todo?
–Ya hemos hablado de eso. Hay novelas que se planean y otras que “salen”. La mía ha “salido”, con muy poca planeación. Los personajes y las acciones han surgido sobre la marcha, partiendo de una idea muy general. Pero muchos autores las planean cuidadosamente antes de emprenderlas. No sé qué será mejor.
–Yo no veo ese fracaso. Los personajes y la acción te atraen y estás pendientes de ellos. Yo diría que los intervalos en Madrid resultan más aburridos, pero quitando eso, la novela cumple su función. Para eso están las novelas, para tenerte pendiente, ¿no?
–Yo percibo en ella un intento de crear la épica de aquellos años. Tú mismo dices que el franquismo apenas produjo épica de sus propias acciones, o la produjo muy pobre. Pero, claro, si al final resulta un fracaso, ya me contarás.
–Pues te digo que sí, que según la escribía me di cuenta de que estaba haciendo una contraColmena, lo contrario de lo que hizo Cela. Lo que escribe Cela refleja algunos aspectos de la vida de entonces, con personajes sin espíritu y de escasa inteligencia, parece que le atraían especialmente, y eso que él, personalmente, se tenía por un personaje nietzscheano. Hay que tener talento para trabajar con personajes y situaciones así. Los protagonistas y la trama de Sonaron gritos… no tienen nada que ver con los de Cela, son casi lo contrario. Pero lo que relata mi novela es tan verdad y refleja tanto la época como la suya.
–Bueno, tú no viviste aquella época y Cela sí.
–¿Qué más da? Tampoco Cela vivió las cosas que relata. Solo da una impresión de ciertos ambientes. Y su análisis psicológico me parece bastante tosco.
–Para mí, insisto, la cuestión es la del ruido y la furia, parece que quieres transmitir una idea absurda de la vida. Tanto más absurda cuanto más han sido los esfuerzos para nada. Si no fuera porque te recreas tanto en la acción y los pensamientos de unos y otros, podría ser una novela de Sartre. Quiero decir, si le quitas la acción y le dejas los pensamientos.
–Yo, como autor, opino lo siguiente: la acción vale por sí misma, al margen de los resultados. Si la cosa termina mal es porque muchas veces ocurre así en la vida. El protagonista ha llegado a un punto en que no entiende nada y abandona aquella vida. Solo muchos años después, ya viejo, trata de recordarla y dejar testimonio de ella. ¿Por qué? Porque el recuerdo le va haciendo creer que ha sido valiosa a pesar de todo, a pesar de que sigue sin entenderla y que personalmente no le ha llevado a nada. Y en cierto modo le sirve como pequeña venganza contra sus hijos, que se han criado en un ambiente y tiempo que mira con tanto desdén aquellos años. Ya he dicho que quiero hacer una trilogía, con otra novela ambientada en los años 60 y una tercera en la actualidad. Si me salen como Sonaron gritos estaré contento.
–A lo mejor el protagonista, en su vejez, también tiene nostalgia de aquellos años tan movidos, los compara con la vida tranquila y vulgar de después y, claro…
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