*En España todo el mundo es demócrata: ETA, Podemos, golpistas catalanes, racistas PNV, sus cómplices PP y PSOE… Pero no existe pensamiento o cultura democrática, y cada uno la entiende como quiere.
*La llamada democracia española admite leyes de tipo norcoreano como la de memoria histórica o las de género. Y admite las ilegalidades y abusos de los separatistas hasta el golpe de estado permanente. Y pretende dar lecciones a otros, como Rusia.
*La llamada democracia española sateliza políticamente la nación a la potencia que invade su territorio por Gibraltar. Estimula la colonización cultural por el inglés y obliga al ejército a intervenir en operaciones de interés ajeno, bajo mando ajeno y en lengua ajena.
*España tiene una Constitución que ha sido sistemáticamente vulnerada por todos los partidos. No obstante, unos se dicen “constitucionalistas” y otros “anticonstitucionalistas”. Y mucha gente cree la farsa.
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Para España, la invasión napoleónica fue una catástrofe radical, que iba a condicionar su historia durante más de un siglo. Desde el final de la Reconquista, y excepto la de Sucesión, ninguna guerra importante se había librado en el interior del país, que se había salvado de contiendas religiosas y civiles y de grandes invasiones mucho mejor que la mayoría de los países europeos. Pero esta costó cientos de miles de muertos, una brutal destrucción de recursos económicos y de un inmenso tesoro histórico-artístico; y pese al heroísmo desplegado, su inanidad diplomática le impidió obtener cualquier ganancia en el Congreso de Viena, que aspiraba a recomponer el continente después de tantas convulsiones; mientras que el representante francés, Talleyrand, logró para la vencida Francia un trato muy favorable. Además, la guerra causó una división política extrema entre los españoles, que abonaría varias guerras civiles y pronunciamientos militares. Y la destrucción del Imperio español, que había abierto la Edad de Expansión europea: primer imperio transoceánico del mundo, el europeo más antiguo y por entonces el más extenso
Apenas pasada la breve y poco afortunada alianza con España, Inglaterra volvió a su vieja aspiración de dominar Hispanoamérica. Fracasada reiteradamente por la fuerza, encontró mejor método financiando a los independentistas que allí surgían, a imitación de Usa. Un agente de Londres, el venezolano Francisco Miranda, que había servido en el ejército useño y en el francés revolucionario, concibió la idea de unir a toda Hispanoamérica y Brasil en un imperio hereditario bautizado la Gran Colombia, gobernado por un “inca”, con instituciones más bien liberales. También pensó en una república. Para difundir la idea creó en Londres, en 1798, la Logia de los Caballeros Racionales, sociedad secreta de inspiración masónica. En 1806 reclutó mercenarios en los barrios bajos de Nueva York y con apoyo inglés intentó sublevar a los venezolanos, pero no halló ambiente. Dos años después volvió a intentarlo en vano.
La invasión francesa creó también una situación peculiar en Hispanoamérica, donde se formaron juntas que rechazaron al rey impuesto por Francia y mantuvieron fidelidad a Fernando VII, a quien suponían secuestrado por Napoleón. Miranda y otro criollo independentista, Simón Bolívar, trataron de desviar aquellas juntas hacia la secesión, aprovechando la invasión francesa en España. Bolívar había jurado dedicar su vida a “romper las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.
En 1810 comenzaron las declaraciones de secesión: en Buenos Aires, Chile, Bogotá, Cartagena de Indias, la del cura Manuel Hidalgo en Méjico… Eran movimientos confusos y sin respaldo popular, pero el momento estaba bien elegido, cuando la metrópoli estaba imposibilitada de enviar tropas a América. Por tanto, la resistencia a los independentistas solo podía venir de los propios americanos, como así ocurrió. Incluso cuando España pudo intervenir, cinco años más tarde, la mayoría de sus tropas serían asimismo americanas, dando a la lucha un marcado aire de guerra civil.
La lucha duró 14 años, en tres etapas: hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos; desde esa fecha, la derrota napoleónica permitió el envío de tropas; y desde 1819, los independentistas fueron ganando posiciones hasta su victoria final en 1824. En la primera etapa, los secesionistas chocaron con las tropas virreinales y las poblaciones, mayoritariamente proespañolas. En Méjico el levantamiento fue fácilmente vencido e Hidalgo ejecutado como traidor. Tomó el relevo otro clérigo, Morelos, que resistió hasta 1815, siendo a su vez fusilado. Buenos Aires quedó de hecho independiente: en 1806 y 1807 sus milicias habían vencido a los ingleses sin ayuda de España y la población sentía confianza en sí misma. La rebelión chilena, dirigida por Bernardo O´Higgins, fue contraatacada por las fuerzas virreinales.
Más complicada resultó la situación en Venezuela, donde en 1811 se proclamó la república independiente y Miranda llegó a Caracas con Bolívar. Hubo alzamientos proespañoles, incluido uno de esclavos negros. Miranda y Bolívar fueron rechazados. Miranda esperaba en La Guaira un barco inglés para escapar, y Bolívar, para salvar la piel, lo entregó a los españoles después de apresarlo mientras dormía (el desdichado gritaba: “¡Bochinche! ¡Bochinche! ¡Esta gente no es capaz sino de bochinche!”). Miranda fue trasladado a una prisión de Cádiz, donde fallecería cuatro años después, y Bolívar recibió un pasaporte y la gratitud ingenua del defensor del orden, Monteverde, que solo disponía de 230 soldados, pero fuerte apoyo popular. Sin embargo Bolívar volvió a la carga, y para combatir el débil fervor independentista del pueblo y abrir un foso entre los españoles y los demás, decretó en 1813 una guerra de exterminio. Todos los españoles, aun si permanecían neutrales, serían pasados por las armas, salvo que se unieran a la rebelión. Para ahorrar munición, las víctimas serían a menudo acuchilladas.
Bolívar entró de nuevo en Caracas, en octubre, y proclamó la segunda república. La contienda tomó un tinte racial al rebelarse contra ella “los pardos”, mestizos y mulatos llaneros, acaudillados por el asturiano José Boves, que devolvió a Bolívar su consigna de “guerra a muerte” y lo obligó a huir a Jamaica en 1814. Ese año terminaba la guerra en España; la rebelión de Morelos y la de Chile periclitaban, pero se asentaba la de Buenos Aires al mando de José de San Martín, militar del ejército español que formó un ejército en regla. En el resto de América solo quedaban dos o tres núcleos insurgentes.
En 1815 España envió por fin una expedición que terminó con los últimos reductos de Venezuela. Dos años más tarde, el tenaz Bolívar reiniciaba la acción, para ser de nuevo acorralado. En tal aprieto, recibió la ayuda de unos miles de soldados y oficiales ingleses. Entre tanto, San Martín había cruzado los Andes y vencido a los proespañoles, mientras O´Higgins imponía un despotismo militar ante las querellas entre los rebeldes, y un audaz marino de la armada británica, Cochrane, luchaba a sus órdenes contra España. El Cono sur estaba, pues, independizado. Bolívar cruzó a su vez los Andes y derrotó a los proespañoles en Boyacá, gracias a los ingleses, según admitió.
Aprovechando estas guerras, Usa invadió las dos Floridas so pretexto de castigar a los indios seminolas, que acogían a esclavos useños. Después de ocupadas, ofreció comprarlas en 1819, y Fernando VII aceptó, imposibilitado de defenderlas. A continuación, los seminolas fueron exterminados. La Doctrina de Monroe, emitida en 1823, entrañaba la decisión useña de predominar en toda América.
En 1820 se preparó en España una nueva expedición, más numerosa, pero el coronel Riego, masón como los jefes independentistas, la saboteó sublevándose en Andalucía. Este golpe decidió prácticamente la contienda. El general Pablo Morillo, que defendía a España en Venezuela, recibió la orden de pactar con Bolívar, una actitud derrotista. En Méjico, el general Itúrbide, absolutista y contrario a los rebeldes, se pasó a ellos en 1821, disgustado por el sesgo liberal que tomaba el gobierno en España; algo después se proclamó emperador. En julio de 1822, San Martín y Bolívar confluyeron en Guayaquil. Bolívar definió a San Martín y a sí mismo como los hombres más grandes de Suramérica. Finalmente, los independentistas se impusieron en la batalla de Ayacucho, un desenlace que se sospechó preparado por connivencias masónicas. La independencia quedó entonces consumada.
A España le quedaban las islas de Cuba y Puerto Rico, así como las Filipinas y otros archipiélagos del Pacífico, pero la pérdida de su imperio y de la flota le habían reducido a potencia de tercer orden en Europa.
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El oro de Moscú
La cuestión del oro de Moscú ha originado muchos desacuerdos entre historiadores, pero hoy son evidentes tres puntos: a) Su entrega fue irregular o ilegal, a menos que se considere legal una operación clandestina a espaldas del presidente Azaña y del resto del gobierno y en contravención de la ley bancaria. De ella se arrepentirían Prieto y Largo Caballero; b) El sistema financiero soviético era opaco, sin garantías ni posibilidad de rescate o devolución del oro. Fue una decisión irreversible; y c) lo más importante: Stalin se convertía en dueño de los destinos del bando izquierdista-separatista español, al depender de él la entrega de armas. Cosa que el propio Largo lamentaría interminablemente en sus escritos.
Debe destacarse esta evidencia, oscurecida en la mayoría de las historias: el envío del oro a Rusia fue la medida político-estratégica más importante, con diferencia, que tomó el Frente Popular. Con ella firmó su dependencia de Stalin y, de paso, la prolongación de la guerra durante dos años y medio más. El no muy brillante nivel analítico de la mayor parte de la historiografía al respecto se manifiesta en que esta crucial certidumbre casi siempre se pasa por alto en beneficio de interminables discusiones técnico-legalistas, importantes pero en definitiva secundarias.
¿Por qué se envió el oro a Rusia con tal condicionamiento? Largo arguyó que la No Intervención le obligaba a ello, pese a que una parte importante del oro se negoció en Francia y la plata en Usa. En sus Recuerdos afirma que ni en Inglaterra ni en Francia podía confiar el Frente Popular. Pero sí en Stalin, dato revelador. Así, la causa real de la medida estriba con la mayor probabilidad en la simpatía de los socialistas, y Largo el primero por entonces, hacia el régimen soviético[1].
Negrín comprometió a Azaña, como presidente nominal de la república (propiamente del Frente Popular) a firmar el decreto reservado que le presentaron: “Se autoriza al Ministro de Hacienda para que en el momento que considere oportuno ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España”. Es fácil entender la trampa: Azaña no podía considerar que el lugar más seguro fuera Moscú, a 4.500 kilómetros de distancia y con difícil comunicación, ajeno a las normas y garantías financieras internacionales y sin posibilidad de vuelta a España. Pues estaba claro que lugar realmente seguro era la base naval de Cartagena, adonde se trasladó el oro en una primera etapa.
A Azaña se le ocultó durante un tiempo el envío a Rusia porque, según Largo Caballero, “se hallaba entonces en un estado espiritual verdaderamente lamentable”. Prieto, que terminó informándole, escribe: “Nunca lo había visto tan fuera de sí. Me anunció que iba a dimitir inmediatamente”, amenaza que, como otras, no cumplió. En sus diarios no dice nada de este asunto, realmente decisivo y que de un modo u otro le comprometía gravemente. Y Prieto, en sus Recuerdos pretende no haber conocido la operación hasta haber coincidido casualmente con su embarque en Cartagena, lo que es claramente falso. Sí reconoce, en cambio que los responsables de todo ello no fueron los comunistas sino los jefes de su propio partido, el PSOE[2].
[1] En El oro de Moscú, Barcelona, 1979, el economista Á. Viñas, como otros apologistas de Negrín, ha justificado el envío del oro, obviando sus determinantes efectos políticos y estratégicos, y pasando simplemente por alto las críticas de los propios ministros socialistas implicados (salvo Negrín). P.Martín Aceña, en El oro de Moscú y el oro de Berlín, Madrid 2001, ha destacado la opacidad del régimen financiero soviético. Lo han tratado mejor Ricardo de la Cierva y otros autores.
[2] Fundación Pablo Iglesias, AFLC SSIII, pp. 467 y ss; I. Prieto, Convulsiones de España, Méjico, 1963, p. 130