Muy importante: la ley de memoria histórica debe ser derogada ya

La ley de memoria histórica pretende imponer a la sociedad una versión partidista del pasado español y por ese mero hecho adquiere carácter antidemocrático y totalitario, compatible solo con regímenes del tipo de Corea del Norte, la Cuba castrista o China. Constituye en sí misma una seria amenaza para las libertades de expresión, investigación y cátedra garantizadas por la Constitución.

El tema central de dicha ley es una valoración negativa del régimen anterior a la democracia y de su principal figura, Francisco Franco. Quizá es demasiado pronto para tener una perspectiva histórica ecuánime sobre ambos, pero no debe ocultarse que las valoraciones hoy predominantes y a menudo subvencionadas,  proceden de puntos de vista y propagandas elaborados y sostenidos por el antiguo Partido Comunista –única oposición real al régimen de Franco, que no tuvo ninguna oposición democrática significativa– y por los partidos separatistas. No debe olvidarse tampoco que el comunismo ha impuesto, allí donde se ha establecido, la privación de las libertades más básicas junto con hasta cien millones de víctimas. Estos meros datos permiten calibrar la solvencia de sus críticas y valoraciones, que en cualquier caso no deben convertirse bajo ningún pretexto en dogmas impuestos.

Hemos podido comprobar en estos años los efectos de dicha ley, con la que recientemente ha querido darse un paso más persiguiendo con multas y cárcel a los discrepantes, algo nuevamente propio de regímenes como los mencionados más arriba. Efectos como la utilización propagandística y emocional de las víctimas de un solo bando y sin discriminar entre inocentes y culpables de crímenes; exigencias de censura en los medios contra la libertad de expresión; típico adoctrinamiento ideológico totalitario en las escuelas; incentivación de odios sociales reminiscentes de los que desgarraron a la república, manifiestos en ataques cada vez más frecuentes a locales, iglesias y sentimientos religiosos de la mayoría de la población; incremento de agresiones, incluso ya algún asesinato; escalada de  despotismos e ilegalidades separatistas y ultraizquierdistas y, en general perturbaciones crecientes de la convivencia cívica en paz y en libertad.

   Por todo ello, los abajo firmante exigimos la urgente derogación de una ley tiránica  incompatible con la libertad y la igualdad de todos los españoles. Es hora de acabar con esta peligrosa anomalía, hija de una propaganda totalitaria y  que perturba seriamente la democracia.

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Propongo este breve manifiesto, que puede ser firmado por gran número de personas reconocidas,  para recoger firmas cuanto antes.  Creo que VOX puede hacerlo suyo. Es necesario que partidos y políticos y periodistas se retraten de una vez en relación con una ley totalitaria que amenaza a toda la sociedad.

 

 

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El gran éxito económico del franquismo en los años 40 y 50

El 22 de junio de 2011 publiqué en Libertad Digital el artículo de más abajo. Los datos estadísticos están extraídos del nada franquista estudio Estadísticas históricas de España, coordinado por A. Carreras y X. Tafunell. Cabría añadir otros, como el aumento de la estatura media, indicio de mejor alimentación, etc. pero creo que los ofrecidos son bastante contundentes.

Hay que añadir: el enviado soviético al Comité de No intervención, Iván Maiski, trataba de impresionar al inglés, lord Plymouth, con las amenazas que una Alemania instalada en España haría pesar sobre el Imperio  británico. Plymouth le contestó: “No hay tal problema. El país quedará destrozado en la guerra y para reconstruirse necesitará dinero, y los únicos que podremos prestárselo somos nosotros. E impondremos nuestras condiciones”.

No hubo ayuda ni tampoco condiciones, sino una hostilidad e intento de aislamiento para provocar una hambruna en España. Intento que fue igualmente derrotado. España es el único país de Europa occidental que se reconstruyó con sus propias fuerzas,  sin deber nada a nadie y lo hizo con auténtica brillantez, dadas las circunstancias tan adversas que hubo de afrontar, no solo el aislamiento sino también la guerrilla comunista o maquis. Nunca en varios siglos tuvieron los españoles más razones para confiar en sí mismos.

   Una última observación: dada la ínfima calidad intelectual y sectarismo de nuestra universidad, de la que salen deformados tantos políticos y periodistas, los mitos más evidentemente falsos se mantienen como si no estuvieran refutados, envenenando así la propia convivencia social. Mientras quienes conocen la realidad se callan casi todos, por timoratería o cobardía  moral ante el matonismo de los profesionales del mito.

Uno de los éxitos más indiscutibles del franquismo fue el económico. Durante más de una década España fue el país europeo de más rápido crecimiento, acercándose con rapidez a la media de las economías más opulentas del continente, al punto de que muchos economistas calculaban que en una década más superaría a Italia e Inglaterra.

Esto, por sí solo, constituye un éxito histórico sin precedentes ni consecuentes, pues no se repitió. “Sí –admiten de mala gana los antifranquistas viscerales–, pero ¿y qué me dice de los años 40 y 50, de autarquía, hambre y miseria, en que apenas se logró volver a las cifras del republicano 1935? Aquellos fueron años realmente perdidos”.

Esto de los “años perdidos” se ha instalado como un tópico irrefutable en un país de tópicos (como tantos otros, por lo demás). Aun si tuvieran razón, deberían reconocer la capacidad de corregirse del franquismo. Pero es que además hubo menos pérdida de la pretendida.

Ante todo, no debe compararse esa época con 1935 –el mejor año, económicamente hablando, de la república–, y menos si la comparación viene de la izquierda, que considera ese año como parte del “nefasto Bienio Negro”. La comparación debe establecerse con la primera mitad de 1936, dominada por el Frente Popular y en la cual la economía se hundió, pura y simplemente. O con las exitosas medidas adoptadas por la izquierda durante la guerra, que destrozaron el aparato económico en su zona y llevaron el hambre a extremos que no se repetirían.

Años De Hierro, Los (Historia Del Siglo Xx)Precisamente uno de los problemas más difíciles de la posguerra, causa en buena medida de un repunte del hambre, fue el de rehacer y asimilar la desbaratada economía de la zona frentepopulista. Un problema no muy disímil del que debió afrontar la Alemania reunificada con relación a la Alemania Oriental, pero en circunstancias mucho más arduas, por no decir dramáticas.

Dejando esta breve consideración metodológica, veamos las cifras. Los años 1940 y, sobre todo, 1941 fueron los más duros de la posguerra, porque al problema arriba mencionado se sumó el de la guerra europea, cuya inmediata repercusión fue la restricción al comercio español impuesta por Inglaterra. Ello mantenía nuestra economía a medio gas y aumentaba la miseria. A pesar de lo cual la situación mejoró con bastante rapidez, y en pocos años el hambre, medida por el índice de muertos, había vuelto a las cifras de la república.

Este fue sin duda un logro importante, ante unas tremendas adversidades. Al terminar la guerra mundial, en 1945, otros muchos índices habían superado ya a los de 1935. Así, el número de escuelas superaba en más de diez mil el del máximo año de la república (19.500 para niños, 19.000 para niñas y 14.500 mixtas), y lo mismo la proporción entre alumnos y maestros; y para 1950 habían aumentado mucho más. Se duplicó el número de alumnos de enseñanza media con respecto a la república, mientras que el de universitarios había subido en casi un 40%. La mortalidad infantil, una de las más altas de Europa, descendió en un 41%, y la esperanza de vida al nacer pasó de los 50 años de la república a los 62 de esa “década de hambre y miseria”.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)También crecieron la producción y el consumo de energía eléctrica y cemento, y otros índices significativos. Y ello a pesar de ingentes dificultades, porque la neutralidad de España fue recompensada con una política de aislamiento que buscaba deliberadamente provocar la máxima pobreza para empujar al pueblo a sublevarse contra Franco. Sin contar el maquis, intento comunista de volver a la guerra civil, hoy tan ensalzado por tantos cretinos o malintencionados.

A menudo oímos: “En todo caso, el crecimiento de Italia, Francia, Alemania o Inglaterra fue muy superior después de la guerra mundial”. Cierto, pero en 1947 esos países estaban en situación desastrosa, y para rehacerse y evitar el peligro revolucionario recibieron los cuantiosos créditos del Plan Marshall, negados a España, y no sufrieron nada parecido al aislamiento, sino todo lo contrario.

Pero vayamos a los datos más generales. Ni en los 40 ni mucho menos en los 50 permaneció España estancada económicamente, como a menudo se lee –y como sí lo estuvo en gran medida bajo la república–. Lo curioso son las grandes discrepancias en las cifras ofrecidas por los diversos economistas. Según Prados de la Escosura, la tasa anual de crecimiento durante los años 40 fue del 1,1%; P. Schwartz la eleva al 1,4, Carreras al 1,7, Alcalde Inchausti al 2 y Naredo al 3,8. Dados ciertos indicadores como los mencionados arriba, parecen probables las cifras más altas, y partiendo de ellas Fernández de la Mora (hijo) cree que ya en los años 40 se superó la renta media del mejor año republicano. Las discrepancias son más fuertes todavía en lo referente a los años 50: Prados estima un crecimiento anual del 4,4%; Schwartz da un 5,6, Alcaide un 7,16, el Consejo de Economía Nacional (CEN) un 7,24 y Fernández de la Mora un 4,6. A partir de 1954, no obstante, la unificación de criterios del CEN y los estudios detallados del Banco de Bilbao, casi coincidentes, reducen las diferencias de cálculo.

Sonaron Gritos Y Golpes A La Puerta (Ficción Bolsillo)  Hacia 1953 desapareció el racionamiento (como en Inglaterra, por ejemplo), y dejaron de cuantificarse los muertos por hambre porque dejó de haberlos, por primera vez en nuestra historia. En esa década el analfabetismo casi desapareció entre los jóvenes, y la esperanza de vida media se situó en los 69,9 años, al nivel de los países más avanzados de la época.

No hubo nada, por tanto, de “años perdidos” en lo económico (ni en la cultura ni en otros muchos aspectos). A menudo se los descalifica como “años de autarquía”. Pero el balance de aquella autarquía no es, como vemos, tan malo. Se trataba de una mezcla de lo que Velarde Fuertes llama “economía castiza” –muy proteccionista, resumida en el arancel Cambó, abolido a principios de los 60– y de las imposiciones del aislamiento internacional. Era hacer de la necesidad virtud. Y sacarle el máximo partido, que, como vemos, no fue tan malo, dadas las circunstancias. 

Como pasa con todas las recetas económicas, la de los años 40 y 50, llamada “autarquía” –que en gran parte fue hacer de necesidad virtud ante la hostilidad exterior– terminó agotándose. Franco tuvo la suficiente flexibilidad para no empeñarse en una política económica ya sin perspectivas, y el cambio generó la época de mayor crecimiento económico de España antes o después

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En “Una hora con la Historia”: El falso páramo cultural del franquismo y el auténtico de la actualidad: https://www.youtube.com/watch?v=7XFEXMGmiw8

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Historia y ficción / El lado moral de la crisis

El falso páramo cultural del franquismo y el auténtico páramo cultural hoy: https://www.youtube.com/watch?v=7XFEXMGmiw8  

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** Carlos Caballero Jurado: El  autor de Sonaron gritos y golpes a la puerta retrata magníficamente la relación existente entre la Guerra Civil y la División Azul (…) La DA, por lo excepcional de su historia, se presta inmejorablemente a sacarle “jugo literario”. Son demasiados ya los autores que escogen el escenario de la DA para narrarnos historias más o menos rocambolescas, casi siempre con desconocimiento de su historia y vicisitudes. Moa ha corregido tan peligrosa inclinación y nos ofrece un relato históricamente impecable: no inventa a capricho hechos o circunstancias , sino que acomoda sus personajes a lo que fue en realidad la campaña, con descripciones de extraordinario realismo (…). No como Soldados de Salamina, de Cercas, cuya presunta base histórica es insostenible (…)  Pero  Moa no trata de engañar a nadie  ya que califica esta obra como creación literaria.  Eso le da derecho a construir sus personajes con libertad, dotándoles de unos perfiles psicológicos, de unas historias personales, de unas trayectorias biográficas fruto de su creatividad (…) Como todas las novelas, tiene diferentes “niveles”  de lectura. Hay problemas psicológicos, vivenciales que mueven a los personajes, incluyendo las relaciones sentimentales. Hay análisis ideológicos, donde se retrata el debate entre las concepciones políticas que agitaron el siglo XX (…) Hay novelas que se te caen de las manos al poco de empezarlas, Desde luego, este no es el caso”.

 **Stanley Payne: La novela me interesó mucho por la capacidad que tiene para recrear  ambientes.  En esto,  lo mejor no es España sino Rusia.  Además a  veces el lenguaje es muy vivo y las conversaciones por eso buenas, aunque también hay altibajos.

Es tal vez más un relato histórico que novela pura.  Un error, me  parece, es que empiezas con edades demasiado jóvenes para los  principales, así que el lector no entiende por qué pueden ser tan  independientes y complicados.  Habría sido mejor empezar con 18 años para Carmen y 20 para los hombres… 

 ** Ángel Maestro: La condición de historiador asoma desde el comienzo (…) con tipos muy representativos como el asesino del padre del protagonista (…) El estilo de Moa prescinde de todo barroquismo.  Más se asemeja  a un estilo barojiano que a un Blasco Ibáñez, por poner dos ejemplos (…) En absoluto personajes librescos sino vivos,  inmersos en ambas medidas de heroismo y de vileza, y también seres con reacciones normales ayunas de tales méritos y deméritos. (…) Utiliza una técnica de bisturí que pone al desnudo todo lo que la terrible lucha en el frente del Este tuvo de más deleznable (…) La tercera parte refleja las intrigas en un Madrid finalizada la guerra mundial y la ilusión de cómo los Aliados acabarían con el régimen de Franco, trayendo la proyectada venganza implacable contra los defensores del mismo.  (…) Los componentes de las partidas,   los agentes camuflados del aparato del Partido Comunista, las contrapartidas, etc. , confieren a esta tercera parte un ritmo vivaz, siempre en el estilo naturalista sin artificiosidades. La novela (…) despierta desde las primeras páginas el afán y la curiosidad infatigable por conocer el desarrollo y desenlace de la misma. Al finalizar el lector se encontrará además con un hecho totalmente inesperado, pleno de sorpresa y casi de estupefacción.

Sonaron Gritos Y Golpes A La Puerta (Ficción Bolsillo)

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(Blog, 18 de junio de 2012)

El hecho de que los responsables políticos de la actual ruina se vayan “de rositas”, sonrientes y triunfantes, parece sugerir que la economía no tiene que ver con la política: “Es una crisis internacional”, arguyen, que a España le ha tocado como a otros países. Además,  ¿quién sabe, en definitiva, como funciona la economía? Si se supiera con un buen grado de certeza, no habría tantos economistas y tantas escuelas de economía, análisis y propuestas diferentes para remediar la crisis. Casi nadie previó los resultados de un período de euforia, porque es muy difícil predecir y la mayoría de las predicciones se equivocan. Por tanto, ¿qué culpa tienen los políticos si las cosas han ido mal?  La gente los eligió, luego dejó de elegirlos, y eso es todo. Por otra parte, ¡a ver quién era el guapo que en el período de euforia hacía ajustes y recortes! La gente los echaría rápidamente del poder a favor de quien le hiciera promesas más bonitas.

Algo hay de eso,  pero no es todo, pues según tal punto de vista, los políticos serían irresponsables, es decir, por encima (o debajo) de la moral.  Los mismos que ahora dicen eso podían decir hace poco que en definitiva la política es ante todo la gestión de la economía. Sobre esa base, los gobernantes tendrían que ser ante todo economistas… aunque en economía hay muchas escuelas y recetas. Al margen de ello, Zapatero prometía el oro y el moro (pleno empleo, superación de Alemania, etc.) contra los avisos de personas más expertas. Cuando la crisis llegó como un puñetazo, la agravó con sus medidas y declaraciones. ¿No tuvo responsabilidad por ello?  Siempre hubo avisos de que el país iba por mal camino, pero los políticos eligieron la vía del fraude para mantenerse en el poder y, por supuesto, tienen grave culpa por sus efectos. Insistamos: la entrada en el euro se pintó como la seguridad de una economía en crecimiento estable e indefinido, la seguridad de las pensiones, etc., etc., al parecer sin otra contrapartida que los ajustes hechos por Aznar para sanear la economía. Esto fue mucho más que un error, fue un engaño puro y simple, no porque los políticos supieran realmente lo que iba a ocurrir, sino porque prescindieron de cualquier análisis con cierta perspectiva general y sacrificaron ilegalmente gran parte de la independencia de España. Claro que la Constitución, precisamente por estar mal hecha, ha sido pisoteada desde el principio por unos y otros. El interés nacional, que en ningún caso puede consistir en sacrificar la soberanía, no fue tenido en cuenta por nuestros desdichados políticos.

Un amigo me decía hace unos días: “o hablamos de interés nacional o hablamos de economía”, dando a entender que son cosas distintas cuando no opuestas. “Si hablas de economía sin tener en cuenta el interés nacional –le respondí–  no estás hablando de nada, solo de abstracciones vacías”. Las naciones son una realidad histórica y muy actual, por más que muchos teorizantes lleven dos siglos afirmando que están obsoletas y que lo que cuenta es “la humanidad”, “el proletariado”,  “Europa”, “la globalización” o cualquier otra abstracción. España es una comunidad de cultura con un estado, asediada insidiosa y tenazmente por todos los frentes,  y cuando hablamos de economía aquí nos referimos a la española, precisamente y a las políticas para fomentar su prosperidad sin atentar contra el interés nacional. El interés nacional ha sido invocado a menudo para hacer demagogia económica, pero la demagogia consiste en España, desde hace muchos años, en lo contrario: en pretender que la economía, el bienestar material de los españoles, se opone precisamente al interés nacional, y que los problemas propios de una nación desaparecen al ampliarlos al nivel europeo. Que vendiendo la soberanía por un plato de lentejas, las lentejas serían ya infinitas y cada vez más sabrosas. Que la alternativa solo podía ser la miseria y la inflación, “la máquina de tirar billetes”. Y sofismas baratos por el estilo.

Y todo esto es un problema político y, por supuesto, moral. La moral siempre ha predicado la autonomía del individuo –extensible a la comunidad nacional–, la prudencia, el autorrespeto para respetar a los demás,  la existencia de valores generales por encima del interés inmediato y la inconveniencia de adorar al becerro de oro. Cada una de estas prédicas ha sido sistemáticamente desoída por nuestros dirigentes, y la gente o demasiada gente, seducida, se ha comportado con el hedonismo pedestre y ostentoso de los nuevos ricos, endeudándose sin tasa mientras los partidos le decían que eso era bueno, es más, que era “lo bueno”,  nada de qué preocuparse. Aparentemente, la crisis consiste en que nos hemos endeudado excesivamente, sacrificando no ya el derecho de primogenitura al plato de lentejas  sino el mismo interés económico a largo plazo al beneficio inmediato.

Decía que el eje de la sociedad humana no es la economía, sino la moral y finalmente la religión. Dejaremos esta por ahora para ceñirnos al evidentísimo componente moral de la crisis, del que seguramente hay algunas lecciones que sacar, empezando por la responsabilidad exigible a los dirigentes, si hemos de vivir en un sistema civilizado.

Hay otros aspectos relacionados con la moral. En un diálogo de los pastores de Porriño se proponían ideas para generar empleo: fomentar el juego, fomentar la prostitución y fomentar la delincuencia. Considerada la economía al margen de la morallas tres “salidas” pueden funcionar y de hecho funcionan en muchos países.

 

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Cuando la clave de todo parecía la crisis económica / Un himno gay

*Un político español, y menos el rey, no debería aceptar títulos u honores de la potencia que invade y coloniza España. Lo contrario exhibe la ignominia más profunda a que los políticos conducen al país.

*Desde el momento en que Inglaterra invade el territorio español, la amistad y alianza con ella es en realidad sumisión servil y perruna.  

*España no tiene conflictos con Rusia, y menos puede todavía darle lecciones de democracia teniendo aquí leyes totalitarias. Pero nuestros gobiernos provocan a ese país por cuenta ajena, bajo mando ajeno y en lengua ajena.

  *Lo más acorde con los intereses y posición de España es la vuelta a la neutralidad. Una neutralidad no hostil a la OTAN, pero sí independiente de ella y sus aventuras.

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 (En este blog, 30 de junio de 2012. Desde entonces la crisis se ha superado parcialmente, pero los problemas de más fondo se han agravado)

Contra lo que suponen los utopistas, no hay, en economía o en cualquier otra actividad humana, ninguna receta  que no tenga contrapartidas negativas y que deje de conducir en un momento u otro a una crisis. Incluso las fórmulas más felices se agotan, entre otras razones porque su éxito modifica las condiciones iniciales en que se aplicó y crea condiciones nuevas que obligan reformar o sustituir la fórmula envejecida. Así, la sociedad española del siglo XVI fue extraordinariamente exitosa, en algunos aspectos la más exitosa del mundo entonces, pero las circunstancias fueron cambiando  y obligando a adoptar nuevas ideas. La decadencia de España en el siglo XVII podría resumirse en el hechizo por fórmulas anticuadas y el horror por las novedades.

A su vez, las crisis, dentro de su penosa negatividad, suelen ofrecer elementos para superarlas. Por lo que respecta a las crisis económicas, ninguna de ellas ha llegado a derrumbar, hasta ahora,  el llamado capitalismo, pese a los agoreros marxistas y otros,  que veían en cada una de ellas el prólogo a la caída del sistema.

En España, la crisis económica viene mezclada con otras dos: una política –ante todo las tendencias disgregadoras hijas de una transición mal desarrollada— y otra moral, manifiesta en el empeño de casi todos los partidos por romper o disolver a España: más “Europa”, pregonan con desvergüenza, al paso que imponen el inglés como lengua privilegiada de cultura y de  presencia casi cooficial en los espacios públicos y la enseñanza—,  y en el ataque  sistemático a la familia y a la cultura cristiana. Viene a ser el agotamiento  del modelo elaborado en la transición, roto por Zapatero.

No existen frente a la compleja crisis fórmulas simples ni de efectos mágicos, pero en su tratamiento debe  encontrarse un eje fundamental de actuación que repercuta en el conjunto o sirva de hilo de Ariadna para resolverlo, ya que es imposible abordar al mismo tiempo todos sus aspectos. Ese eje podría consistir en el adelgazamiento del estado.  Hoy parece evidente que un problema clave del país es la inflación del aparato estatal, cinco veces mayor que  el existente al morir Franco, así como del número de  políticos, en su mayoría ignorantes y demagogos. Esta inflación ha traído, además, una alta dosis de corrupción y parasitismo, siendo quizá el factor que más ha fomentado la triple o cuádruple crisis actual. Se objeta que en otros países europeos el peso del estado y el número de funcionarios es parejo o superior. Cierto, pero ellos tampoco están nada bien económicamente, aparte de que  las condiciones generales e históricas no son iguales. Y no tienen el gravísimo problema de la deslealtad de partidos regionales que usan su poder y los medios del propio estado para socavar la nación.

Creo que en el adelgazamiento y agilización del estado podría estar la vía para ir solucionando la crisis múltiple del país, si un partido fuera capaz de estudiarlo, defenderlo y convencer a la opinión pública. Se trataría, por una parte, de eliminar gran número de empleos públicos y cargos innecesarios o parasitarios, quizá hasta un millón, lo que exigiría un estudio cuidadoso. No estoy seguro de que por cada empleo público eliminado se creen 2,8 en el sector privado, al menos a corto plazo, como dice Roberto Centeno,  pero en todo caso  ese saneamiento disminuiría la necesidad de impuestos y con ello estimularía la inversión privada.  Las políticas actuales, en cambio, crean un círculo vicioso: aumentan la deuda estatal (hasta el punto de que podríamos endeudarnos solo para seguir pagando los intereses, en una espiral suicida) y  al elevar los impuestos atacan la economía y la inversión privadas, con lo que el aumento de los impuestos podría llevar al estado a recaudar menos y necesitar mayor endeudamiento… Sin contar que la credibilidad del gobierno ante los mercados es muy baja, por sus estimaciones poco claras de la verdadera situación económica, lo que repercute en el aumento de los intereses.

Y por otra parte se trataría de una racionalización de los organismos del estado (desde las Cortes a los ayuntamientos), disminuyendo fuertemente el número de sus políticos, así como controlando los sueldos de estos (la actual casta política está radicalmente en contra: http://www.youtube.com/watch?v=nyOtjisVFT0). Otro punto coordinado sería la responsabilización de los políticos por su gestión. Asistimos al espectáculo de que los políticos causantes de la semirruina del país actúan como si no tuvieran la menor responsabilidad al respecto: se van tranquilamente con sueldos, pensiones y prebendas, o siguen haciendo demagogia en los partidos. Este solo hecho provoca la desmoralización ciudadana y tiende a pudrir el sistema.  Los gobiernos anteriores deberían ser juzgados por su promoción  y tratamiento de la crisis económica,  además de por su colaboración con banda armada y similares. Y otros debían ser inhabilitados durante un largo período para ejercer cargos políticos.

Lo cual tendría que completarse con medidas como la clara delimitación de las competencias centrales y regionales, con la recuperación por el estado central de la enseñanza, quizá también de la sanidad; lo primero, sobre todo, en Cataluña y Vascongadas, donde la enseñanza pública se ha convertido en un instrumento de propaganda antiespañola Por consiguiente, un programa de urgencia podría tener como eje y primer punto el adelgazamiento de un estado obeso y enfermo. Un programa de saneamiento político-económico que seguramente repercutiría en todos los demás terrenos: un estado más eficiente en una España más sana y fuerte.

¿Algún partido podría plantear así las cosas? Ver otro blog sobre la “reconversión”.

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Sr. Moa: creo que al Día del Orgullo Gay le falta una cosa: un himno. Sugiero que podría ser  la célebre canción de Violeta Parra “Quiero un hijo guerrillero”, transformada en “Quiero un hijo mariquita, el más preciado laurel”, o algo así. Creo que entre los aficionados a su blog hay uno con buena capacidad versificadora, Katakrok, y él podría componer la letra adecuada. Es una sugerencia. Incluso podría ser “Quiero un padre mariquita y una madre lesbiana”, en fin, ya sabe usted, la inversión de valores (y en valores), el orgullo y tal y tal.  Además, la adaptación mostraría el cambio de ideología en la izquierda, porque antes la izquierda era más homófoba, como le dicen ahora, que la derecha. ¿Por qué se ha vuelto homosexualista, como dice usted? Solo por una cosa: la izquierda odia la cultura occidental que siempre ha llamado capitalismo, y la religión, así que todo lo que vaya contra eso le parece de perlas.  Manuel Rodríguez.

 

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La mayor catástrofe de la historia de España, después de la invasión islámica / Oro de Moscú

*En España todo el mundo es demócrata: ETA, Podemos, golpistas catalanes, racistas PNV, sus cómplices PP y PSOE… Pero no existe pensamiento o cultura democrática, y cada uno la entiende como quiere.

*La llamada democracia española admite leyes de tipo norcoreano como la de memoria histórica o las de género. Y admite las ilegalidades y abusos de los separatistas hasta el golpe de estado permanente. Y pretende dar lecciones a otros, como Rusia.

*La llamada democracia española sateliza políticamente la nación a la potencia que invade su territorio por Gibraltar. Estimula la colonización cultural por el inglés y obliga al ejército a intervenir en operaciones de interés ajeno, bajo mando ajeno y en lengua ajena.

*España tiene una Constitución que ha sido sistemáticamente vulnerada por todos los partidos. No obstante, unos se dicen “constitucionalistas” y otros “anticonstitucionalistas”. Y mucha gente cree la farsa.

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Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

    Para España, la invasión napoleónica fue una catástrofe radical, que iba a condicionar su historia durante más de un siglo. Desde el final de la Reconquista,  y excepto la de Sucesión, ninguna guerra importante se había librado en el interior del país, que se había salvado de contiendas religiosas y civiles y de grandes invasiones mucho mejor que la mayoría de los países europeos. Pero esta costó cientos de miles de muertos, una brutal destrucción de recursos económicos y de un inmenso tesoro histórico-artístico;  y pese al heroísmo desplegado, su inanidad diplomática le impidió obtener cualquier ganancia en el Congreso de Viena, que aspiraba a recomponer el continente después de tantas convulsiones; mientras que el representante francés, Talleyrand, logró para la vencida Francia un trato muy favorable. Además, la guerra causó una división política extrema entre los españoles, que abonaría varias guerras civiles y pronunciamientos militares. Y la destrucción del Imperio español, que había abierto la Edad de Expansión europea: primer imperio transoceánico del mundo, el europeo más antiguo y por entonces el más extenso

    Apenas pasada la breve y poco afortunada alianza con España, Inglaterra  volvió a su vieja aspiración de dominar Hispanoamérica. Fracasada reiteradamente por la fuerza, encontró mejor método  financiando a los independentistas que allí surgían,  a imitación de Usa.  Un agente de Londres, el venezolano Francisco Miranda, que había servido en  el ejército useño y en el francés revolucionario, concibió la idea de unir a toda Hispanoamérica  y Brasil en un imperio hereditario bautizado la Gran Colombia, gobernado por un “inca”, con instituciones más bien liberales. También pensó en una república. Para difundir la idea creó en Londres, en 1798, la Logia de los Caballeros Racionales, sociedad secreta de inspiración masónica.  En 1806 reclutó mercenarios en los barrios bajos de Nueva York  y con apoyo inglés  intentó sublevar a los venezolanos, pero no halló ambiente.  Dos años después volvió a intentarlo en vano.

   La invasión francesa creó también una situación peculiar en Hispanoamérica, donde se formaron juntas que rechazaron  al rey impuesto por Francia y mantuvieron fidelidad a Fernando VII, a quien suponían secuestrado por Napoleón. Miranda y otro criollo independentista, Simón Bolívar, trataron de desviar aquellas juntas hacia la secesión, aprovechando la invasión francesa en España. Bolívar había jurado dedicar su vida a “romper las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

    En 1810 comenzaron las declaraciones de secesión: en Buenos Aires, Chile, Bogotá, Cartagena de Indias, la del cura Manuel Hidalgo en Méjico… Eran movimientos confusos y  sin respaldo popular, pero el momento estaba bien elegido, cuando  la metrópoli estaba imposibilitada de enviar tropas a América. Por tanto, la resistencia a los independentistas solo podía venir de los propios americanos, como así ocurrió. Incluso cuando España pudo intervenir, cinco años más tarde, la mayoría de sus tropas serían asimismo americanas, dando a la lucha un marcado aire de guerra civil.

   La lucha duró 14 años, en tres etapas: hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos; desde esa fecha, la derrota napoleónica permitió el envío de tropas; y desde 1819, los independentistas fueron ganando posiciones hasta su victoria final en 1824. En la primera etapa, los secesionistas chocaron con las tropas virreinales y las poblaciones, mayoritariamente proespañolas.  En Méjico el levantamiento fue fácilmente vencido e Hidalgo ejecutado como traidor. Tomó el relevo otro clérigo, Morelos, que resistió hasta 1815, siendo a su vez fusilado. Buenos Aires quedó de hecho independiente: en 1806 y 1807 sus milicias habían vencido a los ingleses sin ayuda de España y la población sentía confianza en sí misma. La rebelión chilena, dirigida por Bernardo O´Higgins, fue contraatacada por las fuerzas virreinales.

   Más complicada resultó la situación en Venezuela, donde en 1811 se proclamó la república independiente y Miranda llegó a Caracas con Bolívar. Hubo alzamientos proespañoles, incluido uno de esclavos negros.  Miranda y Bolívar fueron rechazados. Miranda esperaba en La Guaira un barco inglés para escapar, y Bolívar, para salvar la piel, lo entregó a los españoles después de apresarlo mientras dormía (el desdichado gritaba: “¡Bochinche! ¡Bochinche! ¡Esta gente no es capaz sino de bochinche!”). Miranda fue trasladado a una prisión de Cádiz, donde fallecería cuatro años después, y Bolívar recibió un pasaporte y la gratitud ingenua del defensor del orden, Monteverde, que solo disponía de 230 soldados, pero fuerte apoyo popular. Sin embargo  Bolívar  volvió a la carga, y para  combatir el débil fervor independentista del pueblo y abrir un foso entre los españoles y los demás, decretó en 1813 una guerra de exterminio. Todos los españoles, aun si permanecían neutrales, serían pasados por las armas, salvo que se unieran a la rebelión. Para ahorrar munición, las víctimas serían a menudo acuchilladas.

    Bolívar entró de nuevo en Caracas, en octubre, y proclamó la segunda república. La contienda tomó un tinte racial al rebelarse contra ella “los pardos”, mestizos y mulatos llaneros,  acaudillados por el asturiano José Boves, que devolvió a Bolívar su consigna de “guerra a muerte” y lo obligó a huir a Jamaica en 1814. Ese año terminaba la guerra en España; la rebelión de Morelos y la de Chile periclitaban, pero se asentaba la de Buenos Aires al mando de José de San Martín, militar del ejército español que formó un ejército en regla. En el resto de América solo quedaban dos o tres núcleos insurgentes.

   En 1815 España envió por fin una expedición que terminó con los últimos reductos de Venezuela. Dos años más tarde, el tenaz Bolívar reiniciaba la acción, para ser de nuevo acorralado. En tal aprieto, recibió la ayuda de unos miles de soldados y oficiales ingleses. Entre tanto, San Martín había cruzado los Andes  y vencido a los proespañoles, mientras O´Higgins imponía un despotismo militar ante las querellas entre los rebeldes, y un audaz marino de la armada británica, Cochrane, luchaba a sus órdenes contra España. El Cono sur estaba, pues, independizado. Bolívar cruzó a su vez los Andes  y derrotó a los proespañoles en Boyacá, gracias a los ingleses, según admitió.

   Aprovechando estas guerras, Usa invadió las dos Floridas so pretexto de castigar a los indios seminolas, que acogían a esclavos useños.  Después de ocupadas, ofreció comprarlas en 1819, y Fernando VII aceptó, imposibilitado de defenderlas. A continuación, los seminolas fueron exterminados.  La Doctrina de Monroe, emitida en 1823, entrañaba la decisión useña de predominar en toda América.

   En 1820  se preparó en España una nueva expedición, más numerosa, pero el coronel Riego, masón como los jefes  independentistas, la saboteó  sublevándose en Andalucía. Este golpe decidió prácticamente la contienda. El general Pablo Morillo, que defendía a España en Venezuela,  recibió la orden de pactar con Bolívar, una actitud derrotista.   En Méjico, el general Itúrbide, absolutista y contrario a los rebeldes, se pasó a ellos en 1821, disgustado por el sesgo liberal que tomaba el gobierno en España; algo después se proclamó emperador.  En julio de 1822, San Martín y Bolívar confluyeron en Guayaquil. Bolívar definió a San Martín y a sí mismo como los hombres más grandes de Suramérica. Finalmente, los independentistas se impusieron en la batalla de Ayacucho, un desenlace  que se sospechó preparado por connivencias masónicas. La independencia quedó entonces consumada.

   A España le quedaban las islas de Cuba y Puerto Rico, así como las Filipinas y otros archipiélagos del Pacífico, pero la pérdida de su imperio y de la flota le habían reducido a potencia de tercer orden en Europa.

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El oro de Moscú

La cuestión del oro  de Moscú ha originado muchos desacuerdos entre historiadores, pero hoy son evidentes tres puntos: a) Su entrega fue irregular o ilegal, a menos que se considere legal una operación clandestina a espaldas del presidente Azaña y del resto del gobierno y en contravención de la ley bancaria. De ella se arrepentirían Prieto y Largo Caballero; b) El sistema financiero soviético era opaco, sin garantías ni posibilidad de rescate o devolución del oro. Fue una decisión irreversible; y  c) lo más importante: Stalin se convertía en dueño de los destinos del bando izquierdista-separatista español, al depender de él la entrega de armas. Cosa  que el propio Largo lamentaría interminablemente en sus escritos.

Debe destacarse esta evidencia, oscurecida en la mayoría de las historias: el envío del oro a Rusia fue la medida político-estratégica más importante, con diferencia, que  tomó el Frente Popular. Con ella firmó su dependencia de Stalin  y, de paso, la prolongación de la guerra durante dos años y medio más. El no muy brillante nivel analítico de la mayor parte de la historiografía al respecto se manifiesta en que esta crucial certidumbre casi siempre se pasa por alto en beneficio de interminables discusiones técnico-legalistas, importantes pero en definitiva secundarias.

¿Por qué se envió el oro a Rusia con tal condicionamiento? Largo arguyó que la No Intervención le obligaba a ello, pese a que una parte importante del oro se negoció en Francia y la plata en Usa. En sus Recuerdos afirma que ni en Inglaterra ni en Francia podía confiar el Frente Popular. Pero sí en Stalin, dato revelador. Así, la causa real de la medida estriba con la mayor probabilidad en la simpatía de los socialistas, y Largo el primero por entonces,  hacia el régimen soviético[1].

 Negrín comprometió a Azaña, como presidente nominal de la república (propiamente del Frente Popular) a firmar el decreto reservado que le presentaron: “Se autoriza al Ministro de Hacienda para que en el momento que considere oportuno ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España”. Es fácil entender la trampa: Azaña no podía considerar que el lugar más seguro fuera Moscú,  a 4.500 kilómetros de distancia y con difícil comunicación, ajeno a las normas y garantías financieras internacionales y sin posibilidad de vuelta a España. Pues estaba claro que lugar realmente seguro era la base naval de Cartagena, adonde se trasladó el oro en una primera etapa.

A Azaña se le ocultó durante un tiempo el envío a Rusia porque, según Largo Caballero,  “se hallaba entonces en un estado espiritual verdaderamente lamentable”.  Prieto, que terminó informándole, escribe: “Nunca lo había visto tan fuera de sí. Me anunció que iba a dimitir inmediatamente”,  amenaza que, como otras, no cumplió. En sus diarios no dice nada de este asunto, realmente decisivo y que de un modo u otro le comprometía gravemente. Y Prieto, en sus Recuerdos pretende no haber conocido la operación hasta haber coincidido casualmente con su embarque en Cartagena, lo  que es claramente falso. Sí reconoce, en cambio que los responsables de todo ello no fueron los comunistas sino los jefes de su propio partido, el PSOE[2].


[1] En El oro de Moscú, Barcelona, 1979, el economista Á. Viñas, como otros apologistas de Negrín, ha justificado el envío del oro, obviando sus determinantes efectos políticos y estratégicos, y pasando simplemente por alto  las críticas de los propios ministros socialistas implicados (salvo Negrín). P.Martín Aceña, en El oro de Moscú y el oro de Berlín, Madrid 2001, ha destacado la opacidad del régimen financiero soviético. Lo han tratado mejor Ricardo de la Cierva y otros autores. 

[2] Fundación Pablo Iglesias, AFLC SSIII, pp. 467 y ss; I. Prieto, Convulsiones de España, Méjico, 1963, p. 130

 

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