Europa como conflicto entre razón y fe

P. Usted ha escrito que el cristianismo ha formado Europa, y sin embargo no parece muy conforme con las interpretaciones de muchos católicos sobre esa historia desde la Ilustración, o sobre España, la guerra civil y su historia reciente.

El cristianismo en su versión católica creó Europa, y de una manera casi física: impidiendo un período de barbarie que pudo haber durado mucho, derrotando en espíritu a  los invasores, y asimilándolos,  luego a los vikingos y demás, aunque no pudo con los islámicos quiero decir que no logró cristianizarlos. Y dotó a las culturas europeas de un fondo común de ideas e instrucción sobre la base latina. Fue una evolución muy interesante, benedictina y sobre ella románica y gótica.

Pero el propio cristianismo se dividió muy pronto, pese a su pretensión universalista.

Cierto, y es curioso que la evolución católica fuera tan distinta de la ortodoxa. La ortodoxa habría desaparecido prácticamente a manos del islam, a no ser por la conversión de Rusia, de manera tan peculiar. Además, culturalmente fueron muy diferentes, pese a la raíz común. El cristianismo lleva en sí la contradicción entre la razón tomada de Atenas y la fe de  Jerusalén, aunque muy distinta de la judía.  Esa contradicción ha sido muy fuerte en el catolicismo y muy débil en la ortodoxia, donde la razón apenas ha tenido un papel, a pesar de desarrollarse precisamente sobre una base cultural griega, o grecorromana.

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¿A qué podría deberse esa diferencia tan llamativa?

Creo que a dos factores. El Imperio de oriente se mantuvo unos mil años después de la caída del de occidente, y la Iglesia allí estuvo desde muy pronto muy unida y supeditada al poder político. En occidente, la caída de Roma dio lugar a una proliferación caótica  de poderes políticos. Roma quedó como sede del imperio espiritual, por así decir, pues políticamente no podía hacer gran cosa, a pesar de sus pretensiones de superioridad sobre los estados nacientes. Así, la diferenciación entre “lo que es de Dios y lo que es del César”, quedó firmemente establecida.  El intento de Carlomagno de reunificar el Imperio de occidente, ampliado a la Europa germánica, habría conducido, con la mayor probabilidad, a una situación parecida a la  del Imperio bizantino, con supeditación de la Iglesia. El imperio carolingio se vino abajo, aunque fundó nuevos intentos, y Roma y los poderes políticos siguieron siempre a la greña. Pero esa tensión política, pese a sus guerras y abusos, fue culturalmente productiva. Digamos que Europa occidental nace de esa tensión, que nunca llegó al antagonismo, al menos hasta Lutero, pese a ser muy intensa. Podríamos decir, con Heráclito, que la guerra es la madre de todas las cosas. Buenas y malas, claro, interpretando el concepto de guerra en forma muy amplia.

 En su libro sobre Europa, usted da importancia menor al aspecto económico que es el que hoy priva en la historiografía como base explicativa del conjunto.

Le doy mucha importancia, pero no la decisiva. Efectivamente, la sociedad se nos presenta con mil facetas y movimientos, y siempre buscamos entre ellos alguno que obre como núcleo activo de los demás.  Pero desde Marx, incluso desde el liberalismo, esa función explicativa ha recaído en la economía y las instituciones y técnicas relacionadas.  A eso se le ha llamado materialismo, olvidando que tanto las instituciones como las costumbres y reglas comerciales o  las invenciones técnicas, etc. son productos de la mente, son espirituales. Evidentemente hay una interrelación entre la economía, la religión, la política, el pensamiento filosófico, las formas familiares… y hasta las modas de vestir  o de bailar. En fin, la economía tiene estrecha relación con la religión y sus normas morales, que bañan por así decir a la sociedad. Desde siempre, las culturas han visto en sus dioses y religiones el elemento más precioso, el que les daba cohesión y sentido. El materialismo ha dado lugar a ideologías nada materiales, ha inspirado movimientos muy parecidos incluso a los de los mártires cristianos. Las ideologías son racionalistas, no materialistas.

¿Cree usted posible un estado de armonía entre la fe y la razón?

Desde las disputas escolásticas se ve claro que los dos elementos son muy poco armonizables, pero creo que coexisten necesariamente como exigencias de nuestra psique. La historia de Occidente, en ese sentido, puede interpretarse como un empeño siempre fracasado y siempre renovado por armonizar ambas. Las armonías han funcionado por épocas, nunca del todo bien, hasta mostrarse insuficientes y exigir nuevos intentos. La época de los monasterios fue eminentemente de fe, porque las exigencias de la lucha y conversión de los bárbaros no dejaba apenas espacio a la especulación racionalista. Eso ya cambió con el románico y el gótico, y la tradición escolástica es un esfuerzo enorme por llegar a una síntesis entre razón y fe. Ya en el Renacimiento la razón va socavando la fe tradicional, aunque aceptándola, pero no le faltaba perspicacia Lutero al tacharla de ramera de Satanás, enemiga de la fe.  Luego, con la Ilustración, la razón, aliada del pensamiento científico, emprendió una ofensiva demoledora contra la fe cristiana.  En mi libro sobre Europa intento exponer esta evolución, cómo la fe es connatural a la condición humana, de modo que el empleo de la razón contra ella origina ideologías contradictorias, y no un acuerdo unánime y necesario sobre verdades evidentes,  como se presuponía. Esas ideologías operan como religiones sustitutorias y enfrentadas entre sí. La historia del siglo XX y sus guerras es bastante ilustrativa, en particular la II Guerra Mundial, cuya explicación esbozo como la guerra de las tres ideologías: liberal, marxista y fascista. Creo que partiendo de este enfoque se entenderá aquel conflicto mucho mejor que con las actuales explicaciones, demasiado lastradas por las propagandas de los vencedores.

   Diré algo más: la herencia de Roma y de Carlomagno ha suscitado igualmente intentos repetidos de unificación religioso-política. Creo que esas unificaciones son destructivas de la verdadera tradición y creatividad europea.  El penúltimo intento se está dando actualmente, sobre una fe economicista, feminista y LGTBI, curiosamente, lo que a mi juicio es una completa degradación de la razón, una especie de totalitarismo suicida.

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Decidir cuándo cayó la II República tiene importancia transcendental para comprender los sucesos posteriores hasta el día de hoy. En Una hora con la Historia”:  https://www.youtube.com/watch?v=qQSH_svyens

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Una hora con la Historia es un programa diseñado directamente contra la tiránica ley de memoria histórica, la leyenda negra y otras tendencias culturales y políticas que atentan contra la libertad y socavan la nación española. Se opone, por tanto, a las tendencias de los partidos y gobiernos, a la mentira totalitaria que nos obligan a pagar a todos mediante subvenciones. La cuenta para contribuir es: BBVA, “Tiempo de ideas”, ES09 0182 1364 3302 0154 3346 

 

 

 

 

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Qué queda del franquismo

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 ¿Cuándo cayó la II República? Ni el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio del 36, sino el 16 de febrero del 36. Llegaba gravemente herida por la insurrección socialista-separatista de octubre de 1934:  https://www.youtube.com/watch?v=qQSH_svyens  

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Invito a dar máxima difusión a este texto:

Imperdonablemente, se me pasó ayer el aniversario de la gran victoria nacional en la guerra civil. Es curioso que tampoco recibiera en general la atención que merece, supongo que debido a que la leyenda de una guerra entre fascistas y demócratas ya pocos la sostienen tal cual, pese a seguir siendo siendo la base y fuente de numerosas medidas políticas actuales, de leyes totalitarias y de un democratismo tan falso como el del Frente Popular, con el que se identifican los actuales  liberticidas y enemigos de la nación española. Unos cuantos puntos al respecto.

1. Franco no venció a ninguna democracia, sino a un régimen  salido de unas elecciones fraudulentas, que destruyó la legalidad republicana (defendida por el propio Franco en octubre de 1934 frente al PSOE y separatistas) en un clima de terror y crímenes. Un régimen de marxistas y separatistas servido como auxiliares por republicanos de izquierda.

2. Franco logró esa victoria partiendo de una relación de fuerzas materialmente desesperada, que habría hecho tirar la toalla a casi cualquier otro militar o político. Y ganó con flexibilidad, sin perder ninguna batalla, con gran economía de sangre y dejando finalmente que los partidos del Frente Popular se matasen entre ellos para ocupar sin disparar un tiro  la gran extensión que quedaba en manos rojas. Estos hechos lo convierten en uno de los mejores estrategas y tácticos del siglo XX en todo el mundo. Probablemente a ningún otro militar pueden atribuirse tales éxitos

3. Durante la guerra el crimen fue la tónica del Frente Popular, incluso entre sus propios componentes. Como lo fue la supeditación a Stalin (Franco nunca se supeditó a Hitler y Mussolini. Y por entonces Hitler no había emprendido su carrera genocida, al revés que el “protector” del bando rojo). Gracias a su enorme superioridad de partida y a la ayuda-dirección soviética, el Frente Popular se mantuvo cuando tenía la guerra perdida, alargando innecesariamente las víctimas y estragos, con el deseo de complicar a España en una guerra europea mucho más salvaje.

4. La victoria del bando nacional fue también una victoria para Europa, que de otro modo habría quedado atenazada por regímenes soviéticos al este y al oeste. 

5. El Frente Popular ganó, no obstante, la batalla de la propaganda al presentarse como el bando de la democracia y ser reconocido como tal en gran parte del mundo y en la misma España. Esa victoria tuvo la consecuencia de que por muchos años la democracia fuera inviable en España, pues luego de aquella traumática experiencia nadie prácticamente la reclamaba… ¡a no ser los comunistas, única oposición real que tuvo el franquismo!

6. Gracias a su respaldo popular, el régimen franquista pudo evitar a España la guerra mundial, reconstruir el país con sus propias fuerzas sin deber nada a nadie –al contrario que el resto de Europa–, desafiar y vencer el criminal aislamiento impuesto por comunistas, demócratas y dictaduras varias, y desarrollar económica y socialmente el país como nunca antes o después. 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

7. La decisión popular de una democratización desde y no contra el franquismo fue posteriormente traicionada por los políticos al identificar democracia con antifranquismo, como había hecho el Frente Popular. Ello ha impulsado una evolución política que ha llevado a una nueva alianza de izquierdas totalitarias y separatistas, con apoyo de una derecha miserable, hasta desembocar en una nueva destrucción de la legalidad, en el resurgimiento de odios del pasado  y en el golpe de estado permanente.

8. Sin embargo cabe la esperanza de una rectificación sin llegar al enfrentamiento o la disgregación de España. Y esa esperanza se basa en lo que queda del franquismo. Pues lo que queda sigue teniendo enorme peso:

a) En primer lugar, una paz, la más prolongada en varios siglos, basada ante todo en la superación de los odios republicanos y en una reconciliación nacional que todavía no ha logrado quebrantar del todo el antifranquismo con su falsificación del pasado; y basada también en una prosperidad económica sostenida, aunque con grandes altibajos y paro excesivo desde la transición.

b) En segundo lugar queda la monarquía, también herencia del régimen anterior, y que mal que bien, quizá más mal que bien pero aún así, no ha dejado de representar un factor de estabilidad.

c) En tercer lugar queda la Iglesia, salvada del exterminio genocida por la victoria de Franco y que, si bien en crisis cada vez más profunda y llena de contradicciones, viene constituyendo un factor de estabilidad social y arraigo cultural.

d) Permanecen también numerosas leyes racional y cuidadosamente elaboradas entonces, en contraste con las nuevas de carácter liberticida, como las de memoria histórica y de género,  con unos estatutos de autonomía de tendencia disgregadora, etc. 

Estos factores de estabilidad, aunque socavados y en crisis, han impedido  un derrumbe mayor…, que no obstante puede llegar si no se opera una reacción políticamente consciente y popularmente respaldada.  Que ya parece en marcha. Porque la gran cuestión de la democracia, sin la cual no puede esta regenerarse, es justamente la cuestión del franquismo. Y creo que todas las personas que se sienten demócratas y patriotas deben celebrar abiertamente la fecha del 1 de abril todos los años.

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Tres frentes políticos / España, sin dignidad.

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La política está formando tres frentes en España: el tercer  frente popular (alianza, como siempre, de izquierda y separatistas, que ya viene de Zapatero); el intento de aglutinar un frente de derecha con PP, C´s y VOX para echar al Doctor; y el frente de todos contra VOX.

   Del primero no hay nada nuevo que decir: su dinámica conduce, como en la república, a la destrucción de la democracia y de la misma España. El segundo es improbable que funcione, a no ser como acuerdo final si las elecciones salen bien. Es además un frente oportunista contra el Doctor y su banda, pero no contra el frente popular, que PP y C´s han alimentado de muchas maneras a lo largo de los años. Es un intento de volver “a lo de siempre”, pero sin el PSOE en el poder por una temporada. Es decir, mantendría la corrosión de la nación y de las libertades.

El frente contra VOX es el más significativo, porque en él participan, con distintos grados de intensidad, todos los demás partidos. Debido a que VOX representa, al menos en principio,  el ataque real al frente popular y el cambio del sistema política e institucionalmente corrupto instalado ya con Suárez, y que ha terminado llevando al golpe de estado permanente. Si VOX se proclama constitucional, debe quedar claro que todos los demás no lo son, como la experiencia ha demostrado sobradamente.

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Sobre líderes y el papa: https://www.youtube.com/watch?v=9_N8ceZza58

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Para difundir

*La cuestión de Gibraltar tiene cuatro vertientes: la soberanía del peñón, la lucha contra los gobiernos lacayos y colaboracionistas españoles, la cuestión de la neutralidad y la lucha contra la gibraltarización o colonización cultural de España por el inglés.

*Al anular la gran victoria diplomática de España sobre Inglaterra en la ONU, lograda en tiempos de Franco,  los políticos de la transición, empezando  por L. Calvo Sotelo y Felipe González,  demostraron su aversión o indiferencia a España. Esta historia debe ser conocida.

*Los políticos y gobiernos sucesivos han hecho de España un lacayo de Inglaterra, han destruido la dignidad de España al declararla “amiga y aliada” de la potencia que invade nuestro territorio.

*Los ingenuos creen que con el Brexit se puede arreglar la cuestión de Gibraltar. El nudo de la infamia no está en la UE ni en Londres, está en unos gobiernos radicalmente corruptos y miserables en Madrid. Toda la lucha debe dirigirse contra ellos.

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 ¿Cuándo cayó la II República? Ni el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio del 36, sino el 16 de febrero del 36. Llegaba gravemente herida por la insurrección socialista-separatista de octubre de 1934:  https://www.youtube.com/watch?v=qQSH_svyens  

 

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Contra la colonización cultural y destrucción de la cultura española/ Moral y conquista

   ¿Cuándo cayó la II República? Ni el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio del 36, sino el 16 de febrero del 36. Llegaba gravemente herida por la insurrección socialista-separatista de octubre de 1934: https://www.youtube.com/watch?v=qQSH_svyens    

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Un punto necesario, tan fundamental en un partido realmente alternativo como la oposición a los separatismos, debe ser: “Detener la colonización cultural por el  inglés y programarlo en la enseñanza como lengua extranjera y no como bilingüe, como lengua de hecho superior”.

 La cuestión del inglés, en la enseñanza y en la cultura, tiene carácter esencial. No es lo mismo asimilar elementos culturales ajenos, cosa que suele enriquecer a una sociedad, que ser asimilado por ellos, lo que produce esterilidad, como realmente  está ocurriendo. En ese espíritu servil e inculto, que convierte a los partidos en agentes del desplazamiento del español en la propia España, destaca de manera especial  la derecha. Para muestra, un botón, aunque hay infinidad de ellos:  El PP ha dedicado una plaza a Margaret Thatcher en pleno centro de Madrid, al lado mismo de la que conmemora los descubrimientos y el Imperio español (destruido este en gran medida por los ingleses). La Thatcher, un tanto alcohólica, compartía algunas ideas con el PP, pero era radicalmente una patriota inglesa (nada que reprocharle por eso) que en Gibraltar (¡Gibraltar!) hizo aquella declaración gloriosa: “¡Bombardeemos Madrid!”. Aquí, una gran admiradora de Inglaterra, Esperanza o Hope Aguirre, es también una patriota… inglesa, que ha cometido la felonía (por lo demás anticonstitucional) de cooficializar el inglés en la enseñanza, por lo que ha recibido u título en la Orden del Imperio Británico (el de Gibraltar). Y los argumentos para el desmán  no pueden ser más clarificadores: el inglés es la lengua de la economía, la ciencia, el pensamiento, la música y el arte, la milicia… Se trata de arrinconar el español más y más a lengua doméstica y de infraculturas. Que es lo que viene ocurriendo

    Por otra parte, el español es desplazado cada vez más por las propias  empresas españolas, comenzando por la más exitosa de ellas, Inditex, y siguiendo por multitud de pequeños negocios con nombres ingleses, que se exhiben en inglés, con la publicidad en inglés llenando un espacio público que sigue siendo español, etc. No es algo espontáneo sino en gran medida programado, para acostumbrarnos a ver en ese idioma la lengua del empleo y la cultura en nuestro propio país. Y esto es incomparablemente más grave que los ataques separatistas al español, seguramente llamados al fracaso. Porque el  relegamiento del español a lengua secundaria en la propia España sigue una marcha triunfal y está llamado a un pleno éxito… si no se genera una reacción, que debe encabezar un partido que bajo el lema MÁS ESPAÑA quiera actuar como revulsivo y alternativa a la podredumbre actual.

    No habría que decir, aunque hay que hacerlo, debido a la mala comprensión lectora tan extendida, que al denunciar tal situación no condenamos el aprendizaje del inglés para quien lo desee o necesite. Lo que condenamos es la invasión y colonización en curso. En cuanto a la enseñanza pública, el inglés debe presentarse como lengua extranjera, como una asignatura aparte y no como aquella en la que se estudien las ciencias y otras asignaturas cruciales en aparente igualdad, de hecho superioridad, con el español, cosa que ocurre cada vez más.

   La denuncia y contraataque a la colonización cultural debe ser un punto clave, de principio, en un programa político. Aparentemente la gente está tan anestesiada por la verborrea política al uso, que no tiene conciencia ni interés en el asunto, el cual solo despierta un descontento vago y difuso. Pero también parecía que el patriotismo había desaparecido del ambiente español, y vamos comprobando lo contrario. Un partido que ponga en primer plano este gravísimo problema no solo se destacará de los demás sino que encauzará de manera productiva una insatisfacción hoy por hoy impotente y poco concreta.

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El problema de la conquista es un problema moral profundo y quizá insoluble. En pura moralina, sobre todo católica, nadie tendría derecho a conquistar y colonizar otros territorios que los que… ¿Dios le ha dado? Pero España no es un donativo del Dios católico, sino de una conquista romana (con dioses muy diversos)  y otra conquista visigoda (y arriana). Sin ellas jamás habría llegado a existir España, que sería solo el suelo de  un montón de tribus a la greña unas con otras y en el mayor atraso. La historia de todos los países ha sido esa. Ningún pueblo (salvo quizá el chino –que también ha invadido a otros– o el japonés, o alguno muy aislado) está hoy en el mismo lugar que hace, digamos, diez mil años. La mayoría de los pueblos que hoy conocemos no existía siquiera en esas fechas, salvo en el aspecto racial o étnico. La guerra y la conquista han sido una constante en la historia humana. Hay guerras y conquistas de resultados positivos (como las conquistas romanas) y otras destructivas, como las invasiones bárbaras.

   Que se plantee el derecho de conquista es muy interesante desde el punto de vista teórico, y es curioso que realmente solo se haya dado en España y sin encontrar solución en la teoría ni en la práctica.  Aun así, tuvo efectos benéficos que hicieron del Imperio español el mejor ordenado y respetuoso con los indígenas, y por ello más pacífico, que haya habido, probablemente. En comparación los imperios inglés, francés,  holandés, ruso, turco o árabe han sido mucho más brutales, a veces de simple exterminio. No obstante, el español  ha sido el más atacado de todos, aprovechando a calumniadores compulsivos como Las Casas, porque España tuvo que enfrentarse a un sin fin de poderosos enemigos en Europa, que no vacilaban en compincharse con los turcos. España defendió así a Europa de una civilización radicalmente hostil mientras era apuñalada por la espalda por franceses, ingleses, holandeses y protestantes en general. 

Esta es precisamente la particularidad histórica de España en aquellos tiempos. Que pudiera resistir un siglo y medio, finalmente marcando a todos ellos los límites de sus ambiciones expansivas, es una hazaña realmente gigantesca que ningún historiador, que yo sepa, ha sabido destacar. Porque gente del estilo de Las Casas son una verdadera plaga, sobre todo desde el “Desastre del 98″, como explico en un libro próximo. Aquí el problema no consiste en actitudes críticas hacia la propia historia, que se dan naturalmente en todos los países y pueden ser muy positivas. Es el carácter cargado de odio e hipocresía y la extensión masiva de ese espíritu en España.

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La historia peculiar de Joseph Perez y la caída del reino de Toledo

En Una hora con la historia hemos comparado a Franco con Churchill y Roosevelt. Esta semana con Hilter y Mussolini. Se supone que con Stalin no es preciso: https://www.youtube.com/watch?v=Dm9qIm7KB8M

La ley de memoria histórica deslegitima también a la monarquía: https://www.youtube.com/watch?v=q-u7pdt17uE

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Creo que en historias como la de Joseph Perez y muchos otros hay un intento, deliberado o inconsciente, de debilitar el concepto de España. Porque el reino hispanogodo de Toledo no es algo ajeno a España, sino precisamente su origen como nación:

El relato,  demasiado breve y demasiado trivial, con que J. Pérez despacha la caída del reino hispanogodo merece no obstante atención, porque resume una multitud de tópicos tan extendidos como ilógicos o tendenciosos. Pérez hace una digresión sobre árabes y bereberes, destacando que estos últimos formaban la mayoría de los invasores y olvidando que los primeros constituían el elemento dominante, y “explica” la invasión del modo más favorable a los musulmanes. Estos “derrumbaron rápida y fácilmente la superestructura política y social de la monarquía visigoda” “Parece probable que, en muchos casos, la población primitiva no hiciera nada para ayudar a los visigodos; incluso debieron de producirse en varios casos sublevaciones contra la nobleza y los terratenientes a los que probablemente consideraban opresores, sin hablar de los judíos, quienes, víctimas del odio de los últimos monarcas visigodos, acogieron a los moros como libertadores y les facilitaron la toma de varias ciudades (…) Los nuevos dueños de la tierra exigían impuestos moderados en comparación con los (…) visigodos”. Además, recoge la suposición de que los impuestos en la época española eran muy superiores a los de la época andalusí, argumento clave para “explicar” materialistamente los hechos. Como si dijéramos que los historiadores escriben de un modo u otro según la ganancia económica que esperen obtener de sus libros (cosa cierta en más de un caso, pero que no conviene generalizar).

“Parece probable”, “probablemente”, “consideraban opresores”… ¿Qué le parece al señor Pérez esta descripción de la muchísimo más rápida conquista de Francia por Alemania en la II Guerra Mundial? “Los alemanes derrumbaron con extraordinaria facilidad la superestructura política y social de la III República francesa. La población francesa no hizo nada por ayudar al gobierno y al ejército en derrota, a los que miraba como opresores y explotadores, que la sometían a impuestos excesivos cuyo fruto no percibían. Los socialistas venían propugnando de años atrás el desarme de Francia y los comunistas, resentidos con las represiones e intentos de marginarlos que habían sufrido, recibieron como libertadores a los alemanes y sabotearon los esfuerzos del ejército y las autoridades de la III República. Posteriormente, los nazis encontraron en Francia un grado muy alto de colaboración, de manera que no habrían sido expulsados de no ser por el ejército useño”. Sin duda es una descripción muy tendenciosa, pero desde luego más veraz y atenida a los hechos que los “parece” y “probablemente” con que nos ilustran tantos historiadores banales sobre las causas de la caída del reino godo.
En Nueva historia de España he recordado algunos datos que omite Joseph Pérez, y que no son baladíes:europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

“La “pérdida de España” dio lugar en su tiempo a especulaciones moralizantes, achacándolo a pecados y maldades que habrían socavado las bases del estado. Sentada la tesis, bastaba abundar en ella, exagerando o inventando todos los pecados precisos. En nuestra época se ha querido explicar el suceso por causas económicas o “sociales”, suponiendo un reino carcomido cuando llegaron los moros; o se ha dicho que no existió invasión, sino “implantación”, ocurrencia pueril, si bien no más que tantas hoy en boga. La tesis más extendida desde Sánchez Albornoz habla de “protofeudalización”, es decir, decaimiento de la monarquía y disgregación en territorios semiindependientes bajo poder efectivo de los magnates, tendencia acentuada a partir de Wamba. A la feudalización o protofeudalización se uniría la decadencia intelectual y moral del clero, una desmoralización popular ligada a una presión fiscal excesiva, e incluso un deseo de la población de “librarse” de una dominación oprimente.

A mi juicio, estas teorías recuerdan a las especulaciones moralistas: puesto que el reino se hundió con aparente facilidad, “tenía que” estar ya maduro para el naufragio por una masiva corrosión interna. Pero desastres semejantes no escasean a lo largo de los tiempos. Países al borde de la descomposición se han rehecho en momentos críticos frente a enemigos poderosos; y otros relativamente florecientes han sucumbido de forma inesperada. Así, en nuestro tiempo, Francia y otros países cayeron ante el empuje nacionalsocialista no en cuestión de años, sino de semanas, obteniendo los vencedores amplia colaboración entre franceses, belgas, holandeses, etc.; pero nadie sugiere que esos pueblos vivieran en regímenes carcomidos, estuviesen hartos de su democracia e independencia o deseasen que los alemanes les librasen de impuestos…

El éxito musulmán no resulta impensable: pocos años antes, los pequeños ejércitos árabes brotados del desierto habían rematado al Imperio sasánida, ocho o diez veces más extenso que España, y habían arrebatado enormes extensiones a otra superpotencia, el Imperio bizantino. En solo nueve meses habían conquistado Mesopotamia, y en la decisiva batalla de Ualaya la proporción recuerda a la del Guadalete: 15.000 muslimes vencieron a 45.000 persas, sin la fortuna, para los vencedores, de una traición a la witizana. Lo mismo cabe decir de la batalla de Kadisia o Qadisiya, donde quebró el imperio sasánida, o la todavía más desproporcionada de Nijauand. Contra la tosca idea de que la superioridad material decide las guerras y cambios históricos, la derrota del más fuerte dista de ser un suceso excepcional. La caída de España, así, no debiera chocar tanto como se pretende.

Las noticias del último período hispano- tervingio son demasiado escasas para sacar conclusiones definitivas, pero los indicios de la supuesta protofeudalización suenan poco convincentes, pues, para empezar, existieron durante todo el reino de Toledo: son factores disgregadores presentes en toda sociedad, que en la Galia — pero no en España– prevalecieron sobre los integradores. Las leyes de Wamba o Ervigio para forzar a los nobles a acudir con sus mesnadas ante cualquier peligro público sugieren una creciente independencia y desinterés oligárquico por empresas de carácter general. Pero siempre, no solo a partir de Wamba, dependieron los reyes de las aportaciones de los nobles, y con seguridad nunca faltaron roces y defecciones en esa colaboración. Tampoco hay constancia de que Wamba o los reyes sucesivos, incluido Rodrigo, encontrasen mayor escollo para reunir los ejércitos precisos ante conflictos internos o externos. Aquellas leyes, como las relativas a la traición, podrían servir de pretexto a los monarcas para perseguir a los potentados desafectos, a lo que replicaron la nobleza y el alto clero con el habeas corpus, innovación jurídica ejemplar e indicio de vitalidad, no de declive.

Durante todo el reino de Toledo persistió una pugna, a menudo sangrienta, entre los reyes y sectores de la oligarquía; pero esa pugna, causa mayor de inestabilidad, pudo haber sido más suave en la última época, y no parece agravada desde Wamba. Motivo permanente de conflicto era el nombramiento de los reyes: estos procuraban ser sucedidos por sus hijos, quitando así un poder esencial a los oligarcas, que preferían un sistema electivo que les permitiera condicionar al trono. En principio triunfaron los oligarcas ya en 633, pues el IV Concilio de Toledo estableció por ley la elección, pero solo tres de los once reyes posteriores, Chíntila, Wamba y Rodrigo, subieron al trono según esa ley. Ello podría indicar una victoria de hecho de los reyes, pero tampoco sucedió así: los demás subieron por golpe o por una herencia que nunca pasó de la segunda generación. No llegó a haber un vencedor claro en esta cambiante lucha, salvo el pasajero de Chindasvinto asentado en una carnicería de nobles.

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Otro factor de putrefacción del sistema, el morbo gótico, es decir, la costumbre de matar a los reyes, descendió notablemente durante la etapa hispano-tervingia. De los catorce monarcas anteriores a Leovigildo, nueve murieron asesinados, dos en batalla y tres en paz. De los dieciocho a partir de Leovigildo solo dos fueron asesinados, Liuva II y Witerico, y justamente al principio y no al final del período, con sospechas sobre otros dos, Recaredo II y Witiza. Tres más fueron derrocados sin homicidio (Suíntila, Tulga y Wamba). La duración media de los reinados, otro dato relacionable con la estabilidad, no disminuye, sino que aumenta desde Wamba: nueve años, si excluimos a Rodrigo, que casi no tuvo tiempo de reinar, frente a siete y pico en el período anterior. Aumenta asimismo la frecuencia de los concilios en la última etapa: uno cada cuatro y pico años de promedio, en comparación con la media anterior de uno cada diez. Estos datos sugieren consolidación institucional, no tambaleo, pues los concilios suponían tanto un principio de poder representativo como un factor de nacionalización. Todo lo cual no apunta a una especial “protofeudalización”, sino más bien a lo contrario.

En cuanto a la corrupción de la jerarquía eclesiástica al compás de su creciente peso político, se aprecia en ella una considerable germanización (hasta un 40% de los cargos), posiblemente acompañada de descenso del nivel moral e intelectual (si bien documentos como Institutionum Disciplinae indican un panorama nobiliario muy distinto de la barbarie originaria). Los cánones de los últimos concilios también indican tirantez entre la oligarquía y los obispos. Los cánones condenaban la sodomía y otros vicios del clero, lo cual puede significar mucho o poco: tales vicios habían existido siempre en algún grado, y no sabemos si aumentaban o si solo se reparaba en ellos, o se los utilizaba por algún motivo político. Respecto al declive intelectual, Julián de Toledo murió en fecha tan avanzada como 690, y nunca sabremos si la posterior falta de figuras relevantes reflejaba decadencia o solo un bache pasajero.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

Peso mucho más real tienen sucesos como las hambrunas y las pestes. El país parece haber entrado en un ciclo de sequías, que entonces significaban miseria, enfermedades y hambre masivas. Hubo, además, plagas de langosta no menos desastrosas. Según la crónica árabe Ajbar Machmúa, el hambre de 708-9, muy próxima a la invasión musulmana, redujo a la mitad la población de España, dato probablemente exagerado, pero indicativo de una tremenda catástrofe demográfica. Poco antes una peste importada de Bizancio casi había despoblado la Narbonense y afectado al resto. El horror impotente por estos males queda documentado en las homilías: “He aquí, hermanos nuestros, que nos heló de espanto la funesta noticia traída por los mensajeros de que los confines de nuestra tierra están ya infestados por la peste y se nos avecina una cruel muerte”. Las rogativas clamaban a Dios: “¡Aparta ya la calamidad de nuestros confines!; que el azote inhumano de la peste se alivie en aquellos que ya lo padecen y, gracias a tu favor, no llegue hasta nosotros”. No hay modo de comprobarlo, pero la población pudo bajar a menos de cuatro millones de habitantes bajo las desastrosas condiciones de la caída del Imperio romano, y no crecería mucho luego. Sí está claro que en vísperas de la invasión árabe no pudo haberse repuesto de unas catástrofes mucho más aniquiladoras que las guerras. Por esos hechos cabe explicar a su vez fenómenos como la huida, frecuente y quizá masiva, de siervos o esclavos del campo, o la “epidemia” de suicidios causados por la desesperación, referida en los cánones conciliares. A su vez se haría muy difícil la recogida de impuestos y el descontento por ellos, pese a alguna amnistía fiscal, con el consiguiente debilitamiento del estado.

Otro factor de debilidad estaría en los judíos. Las primeras disposiciones contra ellos trataban de impedirles una posición social de superioridad sobre cristianos, y hubo resistencia a medidas extremas deseadas por algún papa, pero las leyes persecutorias empeoraron con el tiempo. El XVII Concilio, en 694, solo diecisiete años antes del final del reino, aprobó las medidas más graves, exigidas por el rey Égica, molesto por el poco celo de los obispos en la persecución. Argüía el monarca la existencia de una conspiración judaica para derrocar la monarquía, informes de conversos sobre planes para destruir el cristianismo, y pretendidas rebeliones en curso en algunos países. Quizá se sabía que las comunidades hebreas de Oriente Próximo habían actuado como quinta columna de los sasánidas contra los bizantinos y luego de los árabes contra los sasánidas (en este último caso también habían obrado así las comunidades cristianas de Persia). Égica también acusó a los conversos de practicar clandestinamente su vieja fe. En consecuencia pedía reducir a todos a la esclavitud e impedirles practicar su religión, bajo penas severísimas. El concilio aceptó, de mala gana las propuestas-imposiciones regias. Estas persecuciones, si buscaban neutralizar una posible amenaza interna, exacerbaban al mismo tiempo la deslealtad de ese grupo social.

Los judíos componían una exigua minoría que habitaba barrios aparte de las grandes ciudades béticas y algunas del interior y de levante, por lo que choca la obsesión del poder hacia ellos y sus supuestas conjuras. Parte de esa aversión nacía de la riqueza de la oligarquía hebrea, que proporcionaba a esta un poder subterráneo y suscitaba envidias. Además se le consideraba el pueblo deicida, por la frase atribuida a la multitud en el juicio de Cristo: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos!”. La persistencia en su fe se miraba como una ofensa a la verdadera religión, prueba de una maldad porfiada y del deseo de vivir al margen de los demás, cuando los mismos godos arrianos habían dejado sus creencias para integrarse en las mayoritarias. A su vez, la autoconsideración hebrea como pueblo elegido, junto con la permanente repulsa y frecuente persecución sufridas, creaban un comportamiento cerrado, ya atacado por el moralista latino Juvenal: “Desprecian las leyes de Roma, estudian, observan y temen el Testamento judaico que Moisés les otorgó en un documento secreto. Sólo se confían a los de su misma religión, es decir, sólo ayudan a los que, como ellos, son circuncisos”.

¿En qué medida se aplicaron las leyes antisemitas? Las leyes, en general, no debieron de aplicarse muy estrictamente — salvo para mantener la unidad del estado– como se aprecia en las referentes a la elección de los monarcas. El grado de cumplimiento de las normas antijudías hubo de ser especialmente bajo, como revela su reiteración a lo largo de decenios. En los mismos tiempos de Égica, ya hacia el final del reino, ni siquiera se habían cumplido los primeros decretos del III Concilio prohibiendo a los judíos tener esclavos cristianos. Aun así, los decretos se aplicarían en alguna medida, y su mera existencia pesaba como una temible amenaza sobre sus destinatarios.

En fin, todos los daños mencionados, y más que pudieran aducirse, solo explicarían la caída del reino si hubieran impedido la concentración de un ejército suficiente para afrontar a Tárik, lo cual no ocurrió. Las crónicas y los historiadores están conformes en la superioridad material del ejército hispano-godo sobre el moro, y la causa determinante del desastre no fue una especial corrupción del poder o la traición hebrea, sino la de un sector de la nobleza. Aunque la ley prohibía la alianza con poderes foráneos para alcanzar el poder, este tipo de traición se dio con cierta frecuencia: un grupo visigodo buscó en 552 la ayuda de los bizantinos, los cuales aprovecharon para adueñarse de una considerable porción de la península; y la utilización de francos y de rebeldes vascones en las pugnas internas había sucedido varias veces. Por otra parte, las consecuencias decisivas de Guadalete, con la pérdida del grueso del ejército y la dificultad posterior de organizar la resistencia, apoya la idea de un estado bastante centralizado, como indica el historiador García Moreno, y no tan “protofeudalizado” como suele afirmarse.

No tienen más sentido las comparaciones con la invasión romana, cuando poblaciones independientes entre sí — e incapaces de unir sus fuerzas–, armadas y acostumbradas a la guerra, ofrecieron una resistencia a menudo heroica. La larga pax romana habían desarmado y desacostumbrado a la gente de las prácticas guerreras, como se había mostrado cuando las invasiones germánicas. Añádase la influencia del clero, pacifista y conformista con el poder, obstáculo a un espíritu de lucha en la primera etapa de desconcierto. Isidoro había definido una doctrina contradictoria, pues si por una parte rechazaba al tirano (“Serás rey si obras con justicia, en otro caso no lo serás”), por otra definía el poder como enviado por Dios y desaconsejaba la resistencia incluso a la tiranía. Y el poder se estaba trasladando a los musulmanes.

Hablar de una preferencia de la población por los invasores, como hacen algunos, no resulta más adecuado que hablar de una “preferencia” de los franceses por el dominio alemán. La magnificencia que alcanzarían más tarde el emirato y el califato de Córdoba ha creado el espejismo de que los musulmanes llegaban con una civilización superior, cuando se trataba de guerreros del desierto y de las montañas del Atlas, tan bárbaros o más que los suevos, vándalos y alanos de unos siglos antes. La exigüidad de su número, y las disputas entre ellos, les forzaron a cierta tolerancia religiosa y política inicial, pero el poder musulmán había significado en muchos lugares una hecatombe para la civilización. Pasaría algún tiempo hasta que el poder árabe adaptase logros y formas culturales de los pueblos vencidos más civilizados, fueran el persa, el bizantino o el español. Pues España –con Italia– era posiblemente el país más civilizado de Europa occidental, con tradición ya muy larga y profunda. La invasión solo pudo haber sido vista como una nueva plaga por una población que llevaba tiempo soportando muchas”.

En consecuencia, la caída de España se explica mejor por el debilitamiento del reino causada por las sequías y pestes de la época, al que se añadió  el debilitamiento de la monarquía debido al problema sucesorio. La invasión llegó en el momento más propicio para los invasores y estos supieron verlo. El que un ejército inferior en número venza a otro superior no es caso raro en la historia, y los musulmanes, precisamente, lo habían logrado en muchas ocasiones. En el de España, ello vino favorecido al máximo por la traición de un sector del ejército hispano.

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