El régimen de la Restauración en que creció el PSOE, imitaba básicamente el sistema inglés, con algunas peculiaridades. Como el inglés, era en principio un régimen de alternancia en el poder entre liberales y conservadores (básicamente dos formas de liberalismo), con libertades amplias, pero no democrático, aunque instauró el sufragio universal en 1890, casi veinte años antes que Inglaterra. Por lo demás, las diferencias de toda índole entre Inglaterra y España eran inmensas. La primera poseía un imperio gigantesco y era un país muy industrializado, en constante renovación técnica y científica, con un sólido sentido patriótico o nacionalista, también racista, y sentimiento de superioridad en una sociedad bien estructurada en asociaciones muy diversas, con muy poco analfabetismo. Su cultura de élite era la más influyente de Europa en rivalidad con la francesa y la alemana. España, después de casi cuarenta años de dominio liberal, seguía siendo un país muy mayoritariamente agrario, con un analfabetismo que tardaría en bajar del 50%, escasamente estructurado en asociaciones políticas o culturales, con algunos núcleos industriales en progreso aunque sin apenas ímpetu innovador, una cultura de élite escasamente original, imitadora sobre todo de la francesa, y una universidad anquilosada. En aquellas circunstancias, las recetas a la inglesa ni podían aplicarse ni podían funcionar demasiado bien.
Gran parte de tales atrasos cabe atribuirlos a las consecuencias de la invasión francesa, con sus destrucciones, pérdida del imperio y la epidemia subsiguiente de pronunciamientos entre liberales e inestabilidad política, aparte de una guerra civil devastadora y otras dos de menor enjundia. El patriotismo y autosatisfacción inglesas no existían aquí entre las clases altas –salvo cierta retórica–, aunque sí inquietud creciente por impulsar a España a un rango superior. La Restauración, en 1875-6, puso fin parcialmente a aquella situación, al terminar con los pronunciamientos y las guerras civiles, y permitir un crecimiento económico no muy veloz pero sí consistente, y una mejora, si bien muy lenta, en casi todos los índices sociales, y que se iría acelerando. En el primer cuarto de siglo del nuevo régimen habían nacido o crecido en España tanto los movimientos revolucionarios marxista y anarquista, como los regionalismos, a veces con tinte separatista, promovidos por el Romanticismo y el racismo, que inventaba “razas superiores” en Cataluña y Vascongadas. Sin embargo ninguno de aquellos nuevos movimientos llegaba a calar en la población, quedando restringidos a núcleos intelectuales o proletarios muy limitados, y presumiblemente seguirían igual durante muchos años más. Un elemento de regeneración intelectual fue el krausismo de la Institución Libre de Enseñanza, flojo intelectualmente, pero positivo como promotor de algunas mejoras pedagógicas. De ella saldrían algunos dirigentes socialistas, como Besteiro o Fernando de los Ríos.
Todo iba a cambiar en 1898 con la guerra hispano-useña que acabó de rematar al Imperio español, pasando a poder de Usa las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas: la primera como satélite intervenido, Puerto Rico integrado de hecho y Filipinas dominada tras una guerra de rasgos semigenocidas. No entraremos aquí en los aspectos oscuros de aquella contienda, que fueron bastantes, baste señalar que la flota española distaba mucho de ser despreciable como después se dijo, y que fue manejada con sorprendente falta de habilidad. Hubo otras muchas decisiones extrañas, como encomendar la flota de Cuba a un derrotista convencido como Cervera, que en todo momento operó como mejor podía convenir al enemigo. Dentro de España se multiplicaron acciones que solo pueden entenderse como sabotaje, entre ellos la negativa del PSOE a una guerra que era impuesta por Usa. Obviamente trataba de impedir toda resistencia a la agresión. Por primera vez la propaganda y la acción del PSOE y los separatistas vascos y catalanes coincidieron plenamente en corroer el esfuerzo español y buscar su derrota. Hablaremos más tarde algo más de ello.
Sí importan para este caso que tratamos las consecuencias. Los elementos revolucionarios en España creyeron que la derrota traería consigo el derrumbe del régimen. Para su desencanto no fue así, pero en compensación el Desastre fue la señal de despegue para todos ellos: socialistas, anarquistas, separatistas y republicanos radicales, que iban a condicionar tan estrechamente la evolución del país hasta la guerra civil del 36. Y, tras su eclipse en el franquismo, la actualidad misma hoy día entre socialistas y separatistas.

El Desastre dio paso a una clima social de derrotismo y desprecio al estado y a la propia España, que motivaría las célebres frases de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que recogían y aumentaban los tópicos de la leyenda negra, creados por las propagandas protestantes y francesa, y contaban una historia ficticia y absolutamente denigratoria del país, abocándolo a una especie de suicidio. Menéndez Pelayo fue seguramente el pensador e investigador histórico más destacado de su tiempo en España, con gran reconocimiento internacional. Pese a una posición de comienzo próxima al integrismo católico, evolucionó a convertirse en el defensor clave de la Restauración, viéndose aislado porque el grueso de la intelectualidad empezando por quienes descollaban por entonces, Ortega o Unamuno, atacaban al régimen con la mayor dureza. Unamuno, ya en 1895, se declaraba socialista convencido (aunque abandonaría el partido en 1897) y en 1904 propugnaba una guerra civil regeneradora. El regeneracionismo se hizo de rigor en los círculos intelectuales más notorios, conde se solía “pedir carne de cura”, en frase de Azaña y se condenaba toda la historia de España como “enferma” o “anormal”. Hablaban de regenerar el país “como si nunca hubiera existido, empezando por arrasar la “necrocracia”, como bautizaban al régimen liberal, pero ellos mismos en su mayoría eran funcionarios de la necrocracia muy poco dispuestos a realizar cualquier sacrificio personal en aras de sus magnos designios.
Lo que podríamos llamar deserción de los intelectuales respecto a la Restauración, y el auge de los regeneracionismos tuvo una importancia pocas veces resaltada en la historiografía. Pues privó a la larga de savia ideológica al régimen, y esa carencia lo fue minando y haciéndole incapaz de resistir las nuevas tendencias hasta provocar su naufragio en 1923. Otra de sus consecuencias posteriores sería el autogolpe de la derecha monárquica en 1931 para entregar el poder a los republicanos y socialistas; o, en la actualidad, la asunción por la derecha del PP de la sustancia intelectual del PSOE de Zapatero. Sus consecuencias han sido sin duda muy largas. A menudo se ha despreciado a la Restauración como esencialmente débil, una superestructura flotando malamente sobre una sociedad que en gran medida le era ajena. Pero el haber superado la crisis del 98 y otras crisis graves durante un cuarto de siglo más testimonia una debilidad solo relativa, pues quienes se le oponían parecen haber sido más débiles aún.
Al PSOE, como a los demás opositores del régimen, el Desastre del 98 le vino muy bien, pues empezó a crecer de modo algo significativo, y en 1904 declaró una huelga general, en julio de 1904, , que en realidad apenas fue seguido. Pero al año siguiente contaba ya con medio centenar de concejales, sobre todo en Bilbao, Asturias, Madrid y Castilla la Vieja; y la UGT decía tener 60.000 afiliados, aunque la cifra real debía de ser muy inferior (las cifras de afiliados a la UGT y a la CNT siempre se exageraron mucho, también por la mayoría de los historiadores. La cifra descendería, en todo caso, en los años siguientes, y en 1907 no pasaba oficialmente de la mitad).
En un principio, el partido había rechazado toda colaboración con partidos “burgueses”, es decir, todos los demás. Esto había provocado algunas discusiones entre Iglesias y Jaime Vera, un intelectual partidario de buscar acuerdos, pero ante el escaso y declinante apoyo obrero, todos se dieron cuenta de que por aquel camino nunca llegarían al Parlamento. Por ello, en 1909, terminaron aceptando la colaboración con partidos republicanos, variopintos y enfrentados entre sí, de los que el principal era el Republicano Radical de Alejandro Lerroux, en una conjunción o coalición encabezada entonces por Benito Pérez Galdós. Conviene decir que Lerroux y otros republicanos hacían por entonces una feroz propaganda demagógica exigiendo sangre, violación de monjas y lemas similares, y a menudo no se lo distinguía bien del anarquismo. A Lerroux le había venido muy bien el 98, pues en 1901 ya salió diputado y su partido cobró gran fuerza, especialmente en Barcelona. Se le acusó de corrupto (cosa no infrecuente entre los demás partidos), y hay constancia de que cobró por un tiempo del Ministerio de Gobernación. Pero había convertido a su partido en una fuerza real, desde luego muy superior al PSOE
La conjunción republicano-socialista se formó en 1909, y al año siguiente el PSOE obtuvo por primera vez representación parlamentaria en la persona de su fundador y jefe, Pablo Iglesias. La alianza socialista-republicana, se reproduciría en la II República con otros republicanos. Pero entre tanto habían ocurrido los sucesos denominados “Semana Trágica” de Barcelona, que exigen capítulo aparte.
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Alfonso II el Casto es una figura clave en la historia de España: superó la amenaza inminente de aniquilación de Oviedo, normalizó la reivindicación del reino hispanogótico y creó el Camino de Santiago: https://www.youtube.com/watch?v=XZWpeMfoHwA&t=228s



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