El dicho francés de que África empieza en los Pirineos revela una mezcla de ignorancia y de presunción: ignorancia sobre África y presunción de Francia como quintaesencia de Europa. Simplemente, Francia termina en los Pirineos. Que España es parte de una Europa mucho más amplia, variada y compleja que Francia, resulta una evidencia y por tanto no precisa demostración. No obstante queda en afirmación un tanto roma si no se examina la posición de España en Europa y sus profundos cambios a lo largo de los siglos. De eso tratará el seminario que comenzamos en el Centro Riojano de Madrid el viernes próximo, a las 7,30. Como en el anterior sobre Gibraltar, del que es continuación, se cobrará una entrada simbólica de 5 euros, necesarios para pagar el local.
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P. ¿A que atribuye la fascinación por Al Ándalus dentro y fuera de España?
–Hay que distinguir entre la época actual y la más anterior. Antaño era una especie de capricho romántico, en la actualidad va ligada, curiosamente, a la ideología LGTBI y multiculturalista. Se supone, con perfecta falsedad, que al Ándalus era una sociedad muy libre, tolerante, poco religiosa, de gran cultura en la que convivían tres religiones sobre la base de que ninguna era muy estricta… Realmente es una quimera, una lusión increíble, como la que atribuía a la URSS un modelo de felicidad, democracia e igualdad… Viéndolo de manera concreta, se trata de una auténtica estupidez, pero en un sentido más amplio testimonia la tendencia ideológica a buscar un paraíso en la tierra. Esto es muy significativo, porque revela cómo el ser humano está por así decir disconforme con su propia condición, su condición moral en la que el bien y el mal coexisten dolorosamente, y busca redimirse de algún modo, mediante la técnica, o mediante una “tolerancia” que no distinguiría el bien del mal o por otras vías. El efecto casi siempre es una pesadilla. Tiene algo de misterioso el porqué esas ilusiones abocan a pesadillas.
P. Realmente me parece una especulación demasiado brumosa para un libro de historia, que debe ser concreto y atenido a los hechos distinguibles…
–En mi libro sobre Europa lo trato con más detenimiento, porque en él trato de explicar desde ese punto de vista su historia desde la Ilustración. En el libro sobre la Reconquista lo doy un poco por sabido, aunque también lo abordo. Por ejemplo, expongo unas líneas generales sobre las religiones cristiana e islámica, que en los libros de historia sobre aquella época se dan por supuestas y no se tratan, pese a que la lucha entre ambas religiones en España fue definitoria. Se tiende a creer que las religiones y sus diferencias son ilusiones irrelevantes, y que los motivos reales de las acciones son otros. O se da por supuesto en el lector un conocimiento del asunto que en la inmensa mayoría de los casos no existe. Claro que es muy difícil reducir a un par de capítulos el contenido de ambas religiones, y no pretenderé haber acertado de lleno en la síntesis, pero algo me habré aproximado, y en todo caso es imprescindible hacerlo en un libro de historia. De otro modo todo se vuelve un barullo de hechos, personajes etc. Es cierto que nunca se percibe del todo el sentido de los acontecimientos, solo muy parcialmente se muestra, pero las ideas y concepciones generales de una sociedad son al menos tan importantes como los hechos concretos o las biografías de los personajes.
P. Pero eso, ¿no le obliga a entrar en filosofías de la religiones, etc., algo tradicionalmente al margen de la historiografía no especializada en ese tema?
–No necesariamente. Por mi parte me fío poco de las grandes síntesis histórico-filosóficas, como las de Spengler, Toynbee, Danilevski, Berdiáief, etc. La historiografía común, tanto marxista como liberal (historiografía fascista o nazi apenas existe) atiende esencialmente a la economía, juzgada como base y como objetivo de la acción humana. El concepto de la economía difiere entre marxistas y liberales, pero en los dos casos se resuelve en una concepción materialista. Ahora bien, el historiador no tiene por qué decidir si el materialismo es mejor o peor, le basta con exponer y comparar ambas concepciones del mundo y de la vida, para entrar a continuación en los hechos y consecuencias de la actuación de los representantes de esas ideologías. Por ejemplo, si usted escribe sobre el comunismo, no le basta señalar tales o cuales crímenes o consecuencias malas o buenas de él: tiene que explicar con la mayor claridad posible su doctrina, su crítica de la religión, del liberalismo, etc., y las razones por las que ha atraído a tanta gente. Lo mismo si se trata del hitlerismo o del liberalismo. Los seres humanos no son meros juguetes de supuestas leyes económicas, sobre las cuales tampoco se ponen de acuerdo los “economicistas”: los hombres tienen siempre un punto de vista general y obran con mayor o menor consecuencia en función de él. En el libro de Europa, y de modo derivado en el de la Reconquista, he procurado situarme, al menos hasta cierto punto, por encima de esas ideologías, contrastándolas en alguna medida, en lugar de adoptar el punto de vista de una de ellas, como suele ser lo más habitual.
P. Ud sostiene que la realidad de al Ándalus es radicalmente opuesta al mito creado sobre ella…
–Ya le digo, el contraste entre la realidad y las ilusiones es parte constante de la condición humana. De la URSS se decía que era el país de la Gran Mentira. De Al Ándalus no puede decirse lo mismo, porque los andalusíes se habrían sorprendido mucho de las ilusiones que, tantos siglos después, han puesto tantos ideólogos en su sociedad. Simplemente no entenderían de qué hablaban sus mitificadores…

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La reciente sesión de “Una hora con la Historia: https://www.youtube.com/watch?v=libu57-d7Z8&t=3001s



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