Tuites sobre el historial naval de España

Tuites diversos (PioMoa1)

El historial naval de España es el más importante de la historia humana. Los españoletes actuales lo ignoran

Barcos españoles cruzaron los dos océanos más grandes, dieron la primera vuelta al mundo y comunicaron por mar todos los continentes.

Barcos españoles descubrieron América, el Pacífico, llegaron desde el extremo norte de la Antártida a Alaska…

Los españoles establecieron por primera vez rutas comerciales marítimas entre Asia, América y Europa.

Las armadas españolas sufrieron algunos desastres, pero vencieron a menudo y contuvieron a turcos, ingleses, holandeses y franceses.

Una manera de constatar la decadencia de España es medirla por su decadencia naval  y por el olvido o desprecio hacia ella por los españoles posteriores.

En “Cita con la Historia” hemos tratado la curiosa historia de la oposición no comunista al franquismo http://www.citaconlahistoria.es

Por qué la democracia no jugó ningún papel en la guerra:pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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Elecciones. Un pueblo embrutecido vota a Zapatero

     El análisis de las elecciones puede hacerse a varios niveles,  como la sorpresa de que un partido surgido de la nada se convierta en el tercero del país, los errores de unos y otros en la campaña,  o cuáles serán las  combinaciones que puedan hacerse o si el parlamento será gobernable o no… Pero creo que nadie o casi nadie ha reparado en que los cuatro  partidos son herederos y continuadores del PSOE de Zapatero. Los cuatro son abortistas,  homosexualistas y promotores de la ideología “de género”; los cuatro mantienen la legalización de las terminales políticas de la ETA, premiando sus crímenes; los cuatro mantienen la ley de memoria histórica falsificando el pasado; los cuatro consideran que España ha dejado de ser un país soberano, sin intereses ni política exterior propios; los cuatro están dispuestos a liquidar la soberanía española entregándola a la burocracia de Bruselas; los cuatro son favorables a continuar la política de financiación y concesiones a los separatismos; los cuatro están dispuestos a destruir la cultura española y convertirla en un apéndice pintoresco de la anglosajona; a ninguno de los cuatro les preocupa la cuestión de Gibraltar; los cuatro son laicistas y de fondo anticristiano… Lo único que realmente preocupa a esos partidos es la cuestión económica, acerca de la cual no tienen verdaderas ideas o las tienen disparatadas. Todo esto ha constituido la política de Zapatero, al que muchos tratan de idiota, pero que  ha resultado todo un maestro de la política.

El denominador común de esas tendencias es la hispanofobia. ¿Qué diferencias reales hay entre ellos? Ninguna, pero sí matices. El PP cree que lo “logrado” ya es bastante y desearía no continuar en la misma dirección, cosa por demás imposible; el PSOE quiere ir un poco más allá, y Podemos mucho más allá; este  resulta menos disimuladamente proetarra y propone mayores subidas de impuestos; C´s, con su aparente españolismo es  incluso más radical en el programa de disolver a España en la UE y demoler su cultura a favor del inglés… Etc. Diferencias menores. Realmente Zapatero ha marcado la época.

La pregunta es: ¿por qué el pueblo ha votado a tales partidos y a sus líderes, realmente grotescos casi todos, cerrando el paso a opciones evidentemente más  decentes? Hay varias causas. La democracia funciona como una lucha por la opinión pública, no solo por ganarla sino por crearla, y ello depende en gran medida de los medios de masas, manipulados por aquellos partidos y por una “clase periodística” que, salvando las obligadas excepciones, tiene un nivel medio intelectual y moral tan bajo como los políticos. Esta es una causa, pero la más profunda enraiza en el embrutecimiento del mismo pueblo por cuarenta años de lo que llamaba Julián Marías “la mentira profesionalizada”, la cual viene “cerrando el horizonte de España” .  Un pueblo en el que predomina un ignorante desprecio por su propia historia y su propia cultura, con partidos que llaman abiertamente a “mirar al futuro” sin aprender del pasado o falseándolo, o que creen que “la economía lo es todo” (y la economía, o lo que ellos entienden por tal, ha sido el tema clave de sus irrisorios debates). Un pueblo que desprecia su pasado se desprecia a sí mismo, se vuelve indigno,  pierde criterio y cae en infantilismos que le hacen propenso a cualquier demagogia.

Creo que este es el análisis en profundidad, o parte de él. Después vienen las especulaciones sobre lo que hará uno u otro, las divisiones  e intrigas internas en cada partido  y demás. Lo que importa es que cualquier partido que quiera ser alternativa a esta miseria entienda bien los desafíos que debe afrontar.

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Casi todo lo que se “informa” a los jóvenes sobre el franquismo, es falso: pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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Crisis de legitimidad del régimen actual

Blog I: Masonería, Zapatero y Giscard: http://gaceta.es/pio-moa/masoneria-zapatero-giscard-20122015-1223

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    La transición del franquismo a una democracia de tipo eurooccidental se hizo con muchos temores: ¿daría lugar a disturbios generalizados, hasta a una nueva contienda, dado el “cainismo” achacado a los españoles por tantos supuestos expertos?  ¿O a un golpe como el de Portugal, que había llevado al país vecino al borde de la guerra intestina? Muchos comentaristas dentro y más aún fuera de España así lo esperaban, mas pronto quedó claro que ello no ocurriría, debido ante todo a la superación de los viejos odios republicanos, dato esencial al que pocos historiadores conceden importancia. Por supuesto, existían elementos y círculos irreconciliables, ligados al terrorismo sobre todo, molestos pero reducidos. Y no se presentaba el problema de la legitimidad, que había terminado por demoler la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y la propia monarquía.  Desde luego, la mayoría de los intelectuales había llegado a ser en los últimos años ajena e incluso hostil al régimen, pero este los había soportado y permitido sin mucho malestar: le bastaba la legitimidad de haber derrotado militarmente una revolución  y traído a la nación un largo período de paz y prosperidad con escasa opresión (nunca había habido demócratas en la cárcel, solo  comunistas y terroristas, y estos en  corto número desde los años 50). La presión de la oposición para imponer una ruptura pasando por alto aquellos cuarenta años para enlazar con la pretendida legitimidad del Frente Popular  fue rechazada abrumadoramente en el referéndum de diciembre de 1976, en pro de una evolución de la ley a la ley a partir del franquismo.

    En fin, la sociedad española disfrutaba de solidez bastante  para permitir una evolución sin graves traumas ni derrumbes. Suficiente, asimismo, para compensar la flagrante  mediocridad de los políticos encargados del cambio, empezando por  Juan Carlos y Suárez, personas simpáticas y campechanas pero incultas y sin talla de estadistas como demostraron ampliamente, pese a una atosigante propaganda enaltecedora. Gracias a  la sociedad legada por  el franquismo se daba la circunstancia de que España iba a deberse la democracia a sí misma, a su propia evolución, en contraste con la mayor parte de Europa, que la debían, al menos en su forma actual, a la intervención militar useña en la guerra contra Hitler. He aquí un punto de suma trascendencia, a menudo pasado por alto en los análisis históricos.

  Un problema del cambio consistía en cómo fundar un estado demoliberal partiendo de otro que no lo era.  Ligado a ese problema venía el del tratamiento a una oposición  antifranquista que había sido mayoritariamente totalitaria. Un tercero, qué memoria y respeto guardar al régimen anterior, del que provenían directamente los organizadores de la transición y cuyo logros permitían vislumbrar  una transformación  relativamente tranquila. En otras palabras, el problema de construir  políticamente la democracia sobre un valioso legado social, explicitando sus orígenes.

   No hubo apenas reflexión acerca de estos tres problemas, que fueron tratados sobre la marcha, sin mayor perspectiva ni análisis. La derecha –por emplear el término convencional–  salida del franquismo, se dividió en tres partes. La mayor improvisó  la Unión de Centro Democrático (UCD), basada en el Movimiento Nacional franquista más pequeños grupos socialdemócratas y democristianos, de escasa relevancia numérica e intelectual y urgidos por una imaginaria necesidad de cortar sus obvias raíces en  el régimen anterior; postura que  la llevó a  renunciar a la lucha por las ideas, admitiendo la equivalencia entre antifranquismo y democracia, que tanto fortalecería a la oposición. Otro sector importante, de mayor altura política,  trató de hacer política con mayor fidelidad a la herencia recibida, pero estaba en inferioridad: a los ojos de la población, la legitimidad del cambio recaía en la UCD a través del apoyo del rey, nombrado por Franco y para  quien este había pedido lealtad y colaboración en su testamento político. Un tercer sector  reclamaba mayor continuidad a través de la Falange, pero esta nunca había sido hegemónica en el propio franquismo, y quedó progresivamente desplazada.

   De este modo, la democratización  avanzó sin fundamentación teórica ni análisis solvente, tratando de “mirar al futuro” como si la experiencia del pasado careciera de valor. La derecha siguió careciendo de pensamiento político algo elaborado más allá de la urgencia por homologarse con “Europa” y entrar en “Europa”,  como llamaban abusivamente a la Comunidad Económica Europea, más tarde Unión Europea, e implicando de paso, en su vacuidad, que España había estado históricamente fuera de Europa, tesis absurda pero sostenida de un modo u otro desde principios del siglo. Sobre tales sinsentidos, la izquierda y los separatistas recibieron una cancha excesiva, no justificada por  su fuerza real ni por su nada democrática historia, y con ellos se elaboró una Constitución prolija, en varios aspectos ambigua o inoperante, que admitía un progresivo vaciamiento del estado central a favor de unas autonomías voraces, como efectivamente ha ocurrido, hasta  amenazar al país de disgregación. De ahí deriva el caso único en la historia de que los gobiernos centrales de derecha hayan apoyado y financiado los separatismos. Por supuesto, los de izquierda han lo mismo, si bien estos respondían a una línea tradicional, cimentada en los años 30 en las políticas republicanas y del Frente Popular.

    Al respecto es ilustrativa la historia de Torcuato Fernández Miranda, verdadero promotor de la transición en su primera etapa. Hombre culto y conocedor del pasado, diseñó un cambio “de la ley a la ley”, es decir, de la legitimidad franquista a la democrática, y se valió para ello de Suárez, cuya carrera política facilitó,  pensando que siempre seguiría sus directrices. Cometió de ese modo un grave error, por lo demás muy común, pues rara vez un heredero sigue el consejo de su predecesor. Una vez ganado el referéndum que abría paso a la transición, Suárez , convencido al parecer de haberse convertido en un estadista, relegó tranquilamente a su mentor  y, auspiciado por el rey,  puso en juego su jovialidad y cierta charlatanería para hacer una política de escasa altura, a base de transacciones de oportunidad y sin principios. Torcuato, decepcionado, dimitió como presidente de las Cortes. Al igual que Julián Marías y muchos otros, creyó encontrar en la Constitución una bomba de relojería contra la unidad nacional, se negó a votarla y salió de UCD. Falleció al poco, en Londres, sin que su protegido Suárez se dignase asistir al funeral. En la transición dominó un pragmatismo de vuelo corraleño que no ocasionó mayores daños entonces porque la sociedad legada  por Franco era estable, rica y moderada, a diferencia de la republicana.

   En pocos años, Suárez  destruyó la UCD y llevó al país a una situación crítica, mala económicamente, con rampantes pujos disgregadores y un terrorismo de intensidad desestabilizadora. El hombre del cambio fue despedido con denuestos casi generales, y a continuación  tuvo lugar el  23-f, con asalto al Congreso, que debía  provocar un “golpe de timón” con un gobierno de concentración para afrontar la crisis. En el golpe estuvieron implicados varios partidos, entre ellos el socialista, y el propio rey, como está bastante aclarado hoy, después de muchos años de versiones poco veraces[1].

    Uno de los rasgos más dañinos de la política de Suárez, perpetuado  después por la derecha, ha sido la renuncia a defender el  pasado franquista, con la esperanza, por  lo demás ilusoria, de que las izquierdas no se lo mentasen; y, peor aún, la dimisión de la lucha por las ideas, dejando su cuasi monopolio a izquierda y separatistas. Dado ese  vacío, la derecha ha ido absorbiendo las ideas y la “memoria histórica” de la izquierda y los separatistas, apoyando sus iniciativas de exaltación del bando perdedor de la guerra  hasta la condena global del franquismo. Con lo cual quedaba implícitamente condenada la propia transición y la democracia salida de ella. Que Juan Carlos I firmase la ley de memoria histórica, la cual le deslegitima indirecta pero claramente, expone una verdadera apoteosis del disparate al que ha derivado nuevamente la política en España.

    Las concesiones a los balcanizantes no han cesado y últimamente Rajoy ha continuado a todos los efectos prácticos la política de Zapatero. La ideología, por llamarla de algún modo,  del PP se condensa en dos frases: “La economía lo es todo”, absurdo que ni siquiera Marx llegó a sostener;  y “Miremos al futuro”, borrando el pasado y cualquier lección extraíble de él. Los que se identifican con los vencidos de la guerra  retienen así el rótulo de defensores de la libertad y la democracia, y ensalzan a la república y el Frente Popular como adalides de ambas, mientras que los procedentes del franquismo deben negar vergonzantemente su propio pasado y tratar de privar a los españoles de su historia para sentirse aceptados en el régimen actual, traído por ellos mismos y no por la vieja conjunción de  izquierdas y separatistas. Y el problema de la legitimidad, resuelto con el referéndum de diciembre del 76, ha vuelto a resurgir amenazadoramente.

    Lo propio de la derecha política a lo largo del siglo XX, incluso del XIX y hasta ahora ha sido un pragmatismo más bien pedestre. En gran medida ello cabe atribuirse a haber dispuesto de unos políticos de escasa talla y a una falta o insuficiencia de respaldo intelectual. El pensamiento político de los intelectuales que en líneas generales se alineaban más a la derecha que a la izquierda, como los regeneracionistas, era harto arbitrario y tendía a la pose. Todo lo cual provocaba en la por lo demás mediocre clase gobernante una sensación  profunda de ilegitimidad ante los ataques propagandísticos de sus contrarios.  La Restauración se vio desasistida y hostigada por la gran mayoría de los intelectuales objetivamente derechistas y más o menos liberales; en la dictadura ocurrió otro tanto, y asimismo en la república, con arrepentimiento tardío de muchos de ellos. El propósito franquista, relevante en algunos momentos, por dotarse de una base doctrinal de fuste, no cuajó por razones diversas, y se desvaneció cuando el Vaticano cambió de  actitud en los años 60.  El problema tiene relación también con un fenómeno bastante común en el resto de Europa: la agresividad con que las izquierdas se han atribuido el pensamiento en general, y el democrático en particular, poniendo a la defensiva a sus contrarios.

   El resultado ha sido una sensación profunda de inseguridad e ilegitimidad en la clase política, bien de relieve en su débil actuación después del “desastre” del 98, en el final de la dictadura de Primo de Rivera y sobre todo en la quiebra moral de 1931, cuando los monárquicos ganaron unas elecciones municipales y a continuación entregaron  el poder a los republicanos en una especie de autogolpe de estado. Quiebra moral explícita asimismo en la transición  desde el franquismo, cuando casi todos sus políticos decidieron “olvidar” y luego llegaron a unirse a sus enemigos en la condena al régimen del que directamente procedían; para seguir finalmente las iniciativas del PSOE. Como consecuencia, hoy, España vuelve a enfrentarse a lo que Franco llamaba sus “demonios familiares” que parecieron definitivamente conjurados a comienzos de la transición.       

   [1]  En La Transición de cristal he seguido básicamente las investigaciones de Jesús Palacios en 23F. El rey y su secreto

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Carta abierta a Rajoy

Señor Rajoy:

  Se le notaba a usted descolocado cuando Sánchez, con su perfecto estilo golfo, le acusaba de corrupción o de perjudicar a las mujeres, o del separatismo catalán… Sánchez aúlla en sus mítines su orgullo por fechorías antidemocráticas de su partido como la ley de “memoria histórica”, del aborto,  de violencia de “género”, de  “matrimonio” homosexual, de “igualdad” entre hombres y mujeres, de los favores a la ETA… ¡Pero bueno! ¿Cómo se le ocurre a Sánchez acusarle cuando ud, señor Rajoy, no ha hecho otra cosa que seguir aplicadamente las iniciativas del PSOE en todos esos campos? ¿Qué le diferencia a usted de Sánchez o de Zapatero? Solo un estilo personal, por lo demás engañoso. Un asno separatista gallego le coceó a usted en Pontevedra, y uno se pregunta: ¿se han vuelto locos estos separatistas? ¿Por qué golpean a un político que nunca les ha puesto el menor obstáculo, que incluso los viene financiando? ¡Qué injusticia, señor Rajoy! 

   Porque ud se ha atrevido a lanzar su campaña bajo el lema “España en serio”. Y está bien. Porque para usted, lo serio son sin duda políticas como la de Bolinaga, la derogación de la doctrina Parot y demás carantoñas a la ETA. El PSOE salvó a una ETA al borde del colapso y santificó sus asesinatos como un modo de hacer política,   recompensada con legalidad, dinero público y otras dádivas. Y usted ha seguido la misma línea. Con descaro inaudito, los dos partidos han disfrazado su delito con la consigna “los demócratas hemos derrotado a ETA”. No la han derrotado, la han premiado. Y por ello mismo demuestran no tener nada de demócratas. Ustedes, junto con la ETA, atentan contra el estado de derecho y la integridad de España. En serio. 

   Usted ha replicado a la sedición del delincuente  Mas con advertencias de que haría cumplir la ley. Nunca la ha hecho cumplir, y ha seguido financiando la política del odio a España y el intento de balcanizarla. También aquí ha seguido al PSOE. Su obligación más elemental como gobernantes demócratas es cumplir y hacer cumplir la ley. Al no hacerlo, se deslegitiman y su “democratismo” se convierte en farsa demagógica. El hecho evidente e irrefutable  es que bajo su gobierno los separatismos, tan alentados por el PSOE, han adquirido un impulso y una osadía como nunca antes. Con desvergüenza de granuja se lo echaba en cara Sánchez, cuyo maestro Zapatero, que también lo es de usted,  ha sido el principal creador de ese ambiente, sin olvidar a Aznar. ¡Grandes estadistas! En serio. 

    Una ley que, en cambio, se han esmerado en cumplir  usted y los suyos es la de “memoria histórica”.  Una ley totalitaria, hecha para falsificar la historia desde el poder, como en los países comunistas.  Una ley que, como no podía ser menos en quienes premian los crímenes etarras, califica de “víctimas” a los asesinos de las chekas, identificando con ellos a los legisladores. Ustedes han llegado a tal degradación moral e intelectual — que contagian a la sociedad–, que ni siquiera se dan cuenta del alcance de su desmán. Les da igual. En su versión bananera de la democracia, la cuestión se limita a disfrazar las canalladas con victimismo y títulos biensonantes,  para ganar votos. 

   ¡Y qué injusto Sánchez al culparle de incumplir las leyes de “género” o de gaymonio! Son leyes diseñadas por los proetarras y falsificadores de la historia y acordes también con ese carácter. Confunden género con sexo, corroen los fundamentos del matrimonio y la familia, tratan de sustituir la vieja lucha de clases por la lucha entre hombres y mujeres, rompen las más elementales normas jurídicas y crean violencia por sí mismas. Sus frutos son la destrucción masiva de vidas humanas en el seno materno, crimen monstruoso si los hay (como “interrupción del embarazo” lo disfrazan los politicastros); una violencia doméstica en aumento, no solo entre parejas sino entre hijos y padres o madres; un fracaso  familiar traducido en enormes cifras de divorcios, con sus efectos sobre la educación de los hijos (fracaso escolar, expansión de la droga y el alcoholismo juvenil, etc.) Etc.  Pero nada de eso les preocupa a ustedes, bomberos pirómanos, dedicados a competir histéricamente en chillidos contra la “violencia de género”, cuyo aumento ustedes mismos provocan.   

   Para usted, como para su gemelo político Sánchez, España ha dejado de ser un país independiente. Su política consiste en regalar “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas. Ustedes no se consideran al servicio de la soberanía española, sino que ponen esta al servicio de sus intereses, como si fuera una propiedad particular suya. He aquí, de nuevo, su democratismo peor que bananero. La desdichada posición lacayuna de España en la UE y en la OTAN no plantea ningún problema a su espíritu servil e hispanófobo; tampoco la  cuestión de Gibraltar, caso insólito en el siglo XXI de una colonia en un país europeo mantenida por una potencia a la que no cesan ustedes de hacer carantoñas, como a la ETA, a las chekas o a los separatistas. Su servilismo les está llevando a destruir la cultura española introduciendo en la enseñanza un bilingüismo con el inglés, considerado como lengua superior de la ciencia, la economía, el empleo etc., etc., en un proceso de desprestigio y  relegación de nuestro idioma a ámbitos familiares o subculturales. Esto es peor que el cultivo del odio a España, subvencionado por ustedes en Cataluña o Vascongadas. España no es un país bilingüe y el inglés solo puede y debe enseñarse legalmente como idioma extranjero, no en la misma posición (de hecho en posición superior) que el nuestro. Tampoco hay en sus programas el menor análisis serio de la posición de España en relación con el amenazador auge del islamismo y su penetración en la propia España y Europa. Para ustedes, el asunto se limita a lo que decidan en Bruselas y en Washington. España no  merece esa política basura de lacayos como ustedes. 

   Podría seguir largo rato, pero mencionaré solo otro asunto: acertaba Sánchez al acusarle de corrupción, porque su partido está corrompido hasta la médula. Sánchez — lógico en su mentalidad macarril–, piensa solo en la corrupción económica, pero mucho peor es la intelectual, manifiesta en las políticas antes señaladas, y que genera también la económica. Pero lo más asombroso, lo que exhibe la absoluta degradación de la política española, es que un capitoste del PSOE ose acusar a alguien de tales cosas. Eso ya define un ambiente político próximo al Patio de Monipodio. 

    No me extiendo sobre la economía, en la que todos los aspirantes a gobernar este despreciado país no hacen sino demostrar su carencia de ideas. Yo tampoco las tengo, más allá de constatar que los economistas ofrecen soluciones muy diversas. Usted, señor Rajoy, se jacta de que la situación va mejorando, y en algunos aspectos parece ser verdad, aunque no sabemos si duradera. Pero incluso ahí  sigue usted a su maestro Zapatero. ¿Recuerda usted cuando denunciaba indignado cómo el PSOE iba a  “subir  el IVA a  los  chuches de este niño… y de todos los españoles”? ¿Cuándo tenía usted razón, cuando denunciaba los recortes y subidas de impuestos de Zapatero, o cuando ha seguido su ejemplo a mayor escala?  Sospecho que no lo sabe usted mismo. 

   En fin, señor Rajoy, con su gobierno han empeorado los problemas del país: separatismos, pérdida acelerada de soberanía, leyes totalitarias y chekistas, o de “género”  jurídicamente inválidas, degradación cultural y moral de la sociedad, corrosión de la familia, auge de movimientos como el cursi-macarril y comunistoide Podemos… Solo puede usted invocar a su favor una ligera pero también insegura mejoría económica, de acuerdo con su simplona tesis de que “la economía lo es todo”, la cual podría valer muy bien para un burdel. Su única arma es la llamada a la necedad del voto útil, que se viene demostrando el más inútil de todos, porque deja fuera de juego a opciones probablemente más serias que las de ustedes (tampoco es muy difícil) y en cambio  perpetúa el más de lo mismo. La república se hundió por el proceso revolucionario del Frente Popular. La actual democracia lo está haciendo por un proceso de putrefacción política y social dirigido por ustedes.

 

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El dios relojero y el dios arbitrario

Blog I. Victoria póstuma de Carrillo y calidad democrática: http://gaceta.es/pio-moa/victoria-postuma-carrillo-14122015-1042

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   La idea ilustrada de la divinidad descansa en el universo concebido por Newton como una armonía de las masas regida por la misteriosa fuerza de la gravedad. Misteriosa porque podía ser cuantificada, pero no explicada, y  aunque Newton rechazara exteriormente el problema de por qué las masas se atraían, el asunto no dejó de preocuparle. Pero, en suma y sin entrar en más detalles,  su universo era eternamente  armonioso  como la pitagórica música de las esferas. Sugería un reloj gigantesco,  con todas sus ruedecitas y engranajes girando  al compás, y de ahí que la divinidad se asimilase a un relojero que hubiera fabricado un reloj perfecto (o a un arquitecto, en terminología masónica). El único problema eran las ligeras perturbaciones en las órbitas de los planetas, causadas por las interacciones gravitatorias entre ellos, y Newton temía que a la larga esas perturbaciones se acentuasen y produjesen catástrofes, como que los planetas chocasen entre ellos o se precipitasen al sol, lo cual  obligaría  al dios relojero a intervenir de vez en cuando para rectificarlas. El dios relojero se habría limitado a crear el cosmos y sus leyes, y después ya no necesitaba preocuparse de él más que muy de tarde en tarde.  Laplace y otros parecieron demostrar que los sistemas planetarios eran perfectamente estables, sin necesidad siquiera de esas muy ocasionales intervenciones divinas.

   Por otra parte, Newton imaginó un cosmos infinito y eterno, atribuyéndole esos rasgos divinos que le acercaban inadvertidamente al panteísmo.  Y del panteísmo –concepción del universo como impersonal y autosuficiente– al ateísmo hay un corto paso. Para los cristianos, Dios es personal y aunque se refleja en su creación, es exterior a ella. Un cosmos perfectamente ordenado, armonioso  y autosuficiente haría innecesaria “la hipótesis de Dios”, como concluía Laplace. Esa concepción, con relojero o más aún sin él, suena muy  satisfactoria para el hombre, ya que parece someter al universo entero a las exigencias de su razón y a su necesidad de paz y orden. En cierto sentido, el hombre pasa a ocupar el lugar de la divinidad, por lo menos como creación máxima de la autárquica naturaleza y capaz de dominarla mentalmente.

   Pero  ya Olbers (o antes Cheseaux)  abrieron grietas en la  concepción newtoniana, y la idea actual del universo, desde Hubble (o antes de Lemaître) difiere profundamente de aquella. Los movimientos del cosmos no son  eternamente repetitivos, armoniosos y ordenados, sino que dan lugar a catástrofes de una violencia inimaginable, explosiones estelares que se tragan  a sus sistemas planetarios, colisiones de galaxias o infernales agujeros negros que encarcelan hasta a la luz, degradación progresiva de la energía que terminaría “apagando”el universo tal como lo conocemos o creemos conocerlo. Más inmediatamente, por nuestro sistema solar rondan un tanto erráticamente  grandes pedruscos que podrían chocar con la Tierra y destruir en ella la preciosa vida consciente, o la vida sin más. El dios relojero se ha transformado en un dios revoltoso, arbitrario, lo cual encuentra correlación con los pesares, tumultos e injusticias de la vida humana. Dios no parece tan bueno ni su creación tan luminosa y gratificante: si en la concepción relojera Dios terminaba  siendo desplazado por innecesario, en  la nueva  puede resultar un tanto malvado, jugando con nosotros: nos ha dado la razón, la necesidad psíquica de paz y armonía, y se burla de ellas. En el primer caso, la razón parecía capaz de sustituir a Dios, en el segundo lo rechaza por injusto y violento. Porque, sí, podemos señalar la evidencia de que nuestra razón está necesariamente muy por debajo de la intención, el designio y el poder divinos, pero ha sido la divinidad la que ha creado nuestra razón.

   Cuando el príncipe Vladímir de Kíef  decidió abandonar el paganismo y adoptar una religión más lucida (optó por el cristianismo griego), se asombró de que los judíos “adoren a un Dios que tan mal les trata”. Podemos sustituir a los judíos por cualesquiera otros. Tiene algo de broma y parece que también algo de verdad.

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