Blog I: Apreciaciones sobre el bombardeo de Guernica.http://www.gaceta.es/pio-moa/apreciaciones-bombardeo-guernica-29042014-1329
El poder y la religión
Parece que religión y poder han ido siempre asociados, y no infrecuentemente el máximo poder político se identificaba, incluso personalmente, con el máximo poder religioso o determinaba a este. La asociación de ambos poderes es muy fuerte en el judaísmo y el islamismo, menor en el catolicismo, donde el “poder espiritual” ha tenido su propia sede independiente de los “poderes temporales”. En la rama ortodoxa del cristianismo, el poder religioso está supeditado al político, y el protestantismo fue impuesto por los príncipes y magnates, aunque tuviera una evolución posterior algo distinta, debido a la tendencia protestante a la fragmentación. A partir de la Ilustración, se ha desarrollado en Europa occidental una concepción distinta, mediante la crítica racionalista al cristianismo y a la religión en general, y la ruptura, más que independencia, entre religión y estado. Esta concepción se ha impuesto en muy gran medida, si bien no de modo absoluto, y requiere examen aparte.
Parece que religión y política son cosas distintas, aunque a ambos se les denominen poderes, por costumbre. La primera se relaciona con la moral y la segunda con el poder propiamente dicho. Y aunque la religión produce generalmente su propio aparato o casta sacerdotal jerarquizada, no podría realmente ejercer un poder por sí misma. Reservaremos aquí la palabra poder para el político o temporal, y hablaremos de la religión como “aparato religioso”, encargado de velar por la moral, de justificar –o desautorizar– el poder y de implorar para la sociedad la benevolencia divina.
La unión de poder y religión parece explicable por un sentimiento profundo: el orden afirmado por el poder debe salvaguardar la unión y supervivencia de la sociedad, pero ello no puede lograrse solo por los medios técnicos y racionales del uso del poder, por el arte práctico, más o menos maquiavélico. El arte del poder consiste en el manejo de los conflictos propios de toda sociedad y a todos los niveles, combinando la conciliación, la persuasión y la violencia o la amenaza de esta. Pero una experiencia larguísima demuestra que el orden social requiere otro elemento para mantener tranquila y afecta, o al menos no rebelde, al grueso de la población. Y ese elemento son unos principios o valores morales compartidos, considerados anteriores y superiores al mero ejercicio del poder, y por los cuales este se justificaría. El poder debe parecer a la población, al menos a su mayoría, como un bien necesario para el sostén de la sociedad, de la cultura y sus valores, los cuales persisten generación tras generación por encima de los frecuentes cambios en las oligarquías, y que no proceden de estas, sino que las preceden y suceden. Dicho de otro modo, para sobrevivir por encima y más allá de los cambios políticos y de la generación viva en un momento dado, debe existir una moral asentada no en las conveniencias de la oligarquía de turno o de algún acuerdo circunstancial entre la gente, sino en mandatos más profundos, “los mandatos de los dioses”, que invocaba Antígona. Asimismo, el poder tiene el derecho de exigir a los súbditos el sacrificio de la propia vida, y ello no podría hacerse invocando el desnudo interés particular de los oligarcas. El arte racional de Maquiavelo, privado de su sustancia moral-religiosa, conduciría en breve espacio de tiempo a la destrucción de la sociedad por la perenne lucha entre los “hombres fuertes” ansiosos de poder, a quienes pronto dejaría de atribuirse un valor social o general.
La religión responde a preocupaciones y angustias profundas del ser humano más allá de los problemas cotidianos: por qué existe el mundo, por qué estamos aquí, qué sentido tiene la vida, cuál es el fundamento del destino de cada cual y de cada sociedad… Se ha dicho que no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios o a los dioses, más o menos caprichosamente. Este ejercicio racionalista expresa una evidencia… pero solo a medias. El hombre imagina un dios o dioses creadores y ordenadores porque está claro que el hombre no se crea a sí mismo, ni individualmente ni como especie, ni decide su destino aunque pueda influir algo en él. Así, la idea de Dios no es en modo alguno un capricho salido de una sensación de impotencia o de alguna forma de alucinación o de sustancias químicas en el cerebro, como tenderían a sostener hoy algunos, etc. Responde a una realidad en sentido psicológico y objetivo, para la que, sin embargo, no existe respuesta racional.
Pues las respuestas no son racionales ni pueden serlo, porque las preguntas tampoco lo son, en el sentido de que desbordan las competencias o capacidades de la razón, no en el de que sean absurdas. Las respuestas solo pueden ser imaginativas o simbólicas, por medio de mitos, y expuestas además al riesgo de complicarse por efecto de la propia angustia subyacente. La razón no puede suplir a la religión, pero sin embargo puede aplicarse, y se aplica, a criticar las dificultades y contradicciones de los mitos y de los ritos correspondientes. La crítica a la religión no se produce solo en el plano de la especulación intelectual, sino a todos los niveles, incluso los más groseros. Dada la imposibilidad de probar racionalmente las explicaciones religiosas y la asociación de estas con el poder, una conclusión fácil, tradicional y un tanto cínica, entiende la religión como un engaño útil para mantener al pueblo sumiso a la oligarquía.
Esta conclusión, expuesta con mayor o menor claridad, data de tiempos muy antiguos. Polibio, escéptico típico de la decadencia griega, lo expresa al estudiar la constitución política de Roma: “La mayor diferencia positiva de la constitución romana es, a mi juicio, la de las convicciones religiosas Pues me parece que la religión ha sostenido a Roma a pesar de ser objeto de burla por los demás pueblos. Entre los romanos la religión está presente con tal dramatismo en la vida privada y en la pública, que no es posible estarlo más. Esto sorprenderá a muchos, pero creo que lo han hecho pensando en la gente común. Si fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, (la religión) no sería precisa. Pero la masa es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de rabias violentas. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por azar en la multitud las imaginaciones de los dioses y las narraciones del Hades”. Por ello, Polibio tacha de temerarios a quienes creen posible o conveniente suprimir la religión, considerada un rosario de ficciones.
Pero, cambiando insensiblemente de tema, y contradiciéndose, Polibio pasa a exponer cómo tales embustes hacían la vida pública romana mucho más moral y fiable que la griega, poblada sin duda de hombres inteligentes cuya honradez con los dineros públicos no había manera de asegurar: al revés que en Roma, “En los demás pueblos es difícil encontrar a un político que se haya mantenido alejado del dinero público y de delitos de ese tipo”. Por tanto, la religión se reduce por una parte a una serie de absurdos inventados por la inteligente oligarquía para tener sujeta a la masa de tontos e ignorantes; pero por otra parte esos absurdos impedían que la propia oligarquía obrase como una banda de ladrones, como lo harían personas inteligentes descreídas de dioses y morales etéreas. Con lo cual Roma adquiría la superioridad que le había permitido, por ejemplo, vencer a Cartago. El racionalismo de Polibio debiera haberle hecho pensar que tales ficciones, capaces de generar el fundamental efecto positivo de reforzar la cohesión social, debían contener también alguna verdad o forma de verdad profunda, aunque esta no fuera claramente discernible.
Críticas muy semejantes han circulado siempre, con unas u otras formulaciones. Marx, siguiendo a Polibio y al mismo tiempo invirtiendo el argumento, también identifica a la religión como instrumento de las oligarquías, pero invierte su valoración: la religión no serviría para contener la brutalidad natural del pueblo, sino, precisamente, para embrutecerlo como un opio destinado a mantenerlo confuso y resignado a la explotación que sufría. Destruir la religión no sería, por tanto, una “temeridad”, como sugería Polibio, sino condición necesaria para la emancipación de las masas y la conversión de estas en una multitud inteligente que ni siquiera necesitaría del poder (aunque para alcanzar tal situación fueran precisas determinadas condiciones “materiales”). Sin embargo, a Marx se le pueden hacer dos observaciones, al menos: a) su planteamiento reduce las angustias y anhelos humanos a la adquisición de bienes materiales y la lucha de clases por ellos, declarando “metafísicas” o “idealistas”, cualesquiera otras preocupaciones; lo cual es, desde luego, muy poco realista. b) Por mucho que Marx pondere la liberación del ser humano en todos los sentidos, su plena “realización” posible en el comunismo, se trata de un mero deseo carente de apoyo en sus propias premisas: para evitar el poder y los males religiosos asociados, los individuos tendrían que ser iguales y comportarse de modo igual, eliminando las conflictivas difes que realmente diferencian a las sociedades humanas, morales, de las animales regidas por el instinto. No en vano los experimentos inspirados en Marx han tratado de crear un “hombre nuevo”, de hecho privado de elementos esenciales de humanización.
Por consiguiente debemos aceptar que, aunque vayan siempre o casi siempre asociados, a menudo de forma íntima, poder y religión son hechos diferentes y no deben considerarse la una instrumento del otro o a la inversa, aunque en la práctica y hasta cierto punto así haya ocurrido muchas veces.
