Divagaciones sobre la propiedad / ¿Puede reformarse la universidad?

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Divagaciones sobre la propiedad

Decíamos que, en líneas generales, la primera ley de la economía puede formularse así: los ingresos no debe ser inferiores a los gastos. Y que, en definitiva, la economía puede definirse como el estudio del comercio, en un sentido amplio. El comercio implica la mercancía, sea física o no, y todos los bienes escasos son susceptibles de convertirse en mercancía.  Podríamos decir que la economía es el estudio de la escasez, pero esta no implica el comercio, aunque lo permite e impulsa: la escasez ha terminado a menudo en hambre y muerte, por incapacidad de comerciar.

A su vez, el comercio implica tres elementos integrantes (al menos): propiedad, desigualdad y dinero. Y tres elementos actuantes: coste, necesidad o deseo, y  expectativa de ganancia.

Empecemos con los primeros. No existe comercio sin propiedad de alguna persona o grupo que le permita disponer de las mercancías. No existe comercio sin desigualdad, algo evidente. En cuanto al dinero, existe el comercio de trueque, pero solo en estadios muy primitivos. El dinero no parece haber sido inventado por nadie, sino que ha surgido de modo espontáneo en muchos lugares conforme  se hacían más frecuentes los intercambios y mayor la interdependencia entre personas y grupos.

La propiedad, como el poder, tiene una faceta algo oscura. De ahí las disquisiciones sobre su carácter y origen, hasta la idea anarquista de que, en el fondo, se trata de un robo. Y sin duda muchas propiedades  proceden de actos calificables de robo o piratería, o se han logrado con engaño o explotación de la necesidad ajena; como muchos poderes nacen de la imposición violenta. La historia está llena de tales episodios, y la mayoría de los pueblos se han impuesto en su zona actual desplazando o imponiéndose sobre otros en tiempos próximos o lejanos, es decir, conquistando por las armas su propiedad territorial. Es difícil decidir si esos, con su violencia,  son los orígenes necesarios de la propiedad y del poder, pero aun si lo fueren, ambos resultan piezas esenciales de la sociedad humana que la ley termina por regular, para evitar la disgregación social, sin conseguirlo nunca por completo. Cabe especular con que incluso en los tiempos más primitivos hubo una forma de propiedad individual (las armas de caza, por ejemplo, o el atuendo de cada uno) y otra colectiva (el territorio dominado por cada grupo). Tanto una como otra forma de propiedad han sido desde siempre objeto de querellas, choques y a menudo crímenes, componentes de la historia humana hasta nuestros días. Es inimaginable un comunismo primitivo en que toda la propiedad fuera realmente común, como  pretenden  teorías utópicas, o una “edad de oro” en que no existiese “tuyo y mío”, como soñaba Don Quijote. La causa de ello es la necesidad de cada persona y cada grupo de asegurar su supervivencia en un mundo de escasez. Sin alguna forma de propiedad, tanto el individuo como el grupo se ven abocados a la extinción.

Podemos pensar, sin embargo, en grupos autosuficientes, sin comercio exterior –como no sea la guerra–, aunque siempre habrá algún tipo de comercio interior relacionado con la desigualdad interna. Se darán canjes y no todos tendrán las mismas posesiones particulares ni, seguramente,  la misma retribución en el producto, en unos casos por diferencia de estatus (jefes, etc.) o por diferencias naturales (no come lo mismo una persona corpulenta que una delgada o, en general, un varón que una mujer).

La propiedad no existe en las sociedades animales, pero es indispensable en las humanas.  Y si bien tiene evidentes efectos económicos, no es propiamente una cualidad económica sino moral. La propiedad da a las personas y grupos la capacidad de actuar,  ante todo para sobrevivir, un objetivo moral e irracional o prerracional por su propia naturaleza. Es una forma de poder.

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 ¿Puede cambiar la enseñanza universitaria?

En otras civilizaciones ha habido instituciones parecidas a las universidades, pero en ninguna como la occidental han tenido tal empuje ni resultado tan cruciales para  el desarrollo intelectual. Cuando se fundaron las primeras en Europa, a partir del siglo XI, la cultura cristiana empezó a superar a la islámica, al menos hasta ahora,  y España en el siglo XIII (Palencia, Salamanca, Murcia, Valladolid) tomó definitivamente la delantera cultural sobre Al Ándalus. Las universidades han tenido épocas de declive, y en el Renacimiento lo más vivo e innovador partió de las escuelas y academias italianas. Posteriormente, la fructífera reorganización alemana del siglo XIX les ha dado básicamente la forma que tienen hoy en la mayoría de los países.

Por lo que respecta a la universidad española actual, el calificativo que mejor le conviene es “mediocre”, que no es lo mismo que mala. El nivel técnico de la universidad española es mediano, en algunos aspectos como la enseñanza empresarial y económica está a buen nivel. En lo que falla es sobre todo en la capacidad para innovar y teorizar. Hay muy buenos economistas, médicos, ingenieros y otros profesionales en España, pero las novedades y  teorizaciones vienen casi siempre de fuera. Se revela también, en el plano técnico, en las patentes, pocas comparadas con otros países, y a menudo nombradas en inglés, reflejo de la profunda crisis cultural del país.

Otros defectos de la universidad, el corporativismo, la cerrazón ideológica, los clanes departamentales, etc., han sido señalados muchas veces y es opinión corriente que la cosa no tiene remedio, porque las resistencias son feroces. Recuerda, a otro nivel, la resistencia al cambio en el siglo XVIII, que tanto entorpeció la cultura española.

Quizá, como en el Renacimiento o la Ilustración, sean precisas nuevas instituciones libres de la esclerosis académica, con otros enfoques que renueven el ambiente cultural. Aquí propuso alguien una iniciativa, un tanto parcial y que no iba a la raíz del problema, pero más vale que la inoperancia predominante:  http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/una-ensenanza-mejor-urssalemaniaanglosajones-maldad-usena-8630/

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Razón y moral / Aventuras e incertidumbres.

Blog I: Víctimas y estado de derecho / Ciudadanos, ¿izquierda civilizada? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/victimas-y-derecho-izquierda-civilizada-20131027

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Razón y moral

El gran desafío con que se encuentra el pensamiento racionalista desde la Ilustración es el de cómo podría la razón fundamentar la  moral. ¿Es posible una moral racional (o científica)? Hasta ahora no ha sido posible, y creo que las razones no son simplemente de orden temporal, sino esencial.

Tradicionalmente, la moral se ha asentado en concepciones religiosas, como mandato de la divinidad. Así, tiene gran fuerza normativa y psicológicamente vinculante. Pero solo dirige a medias la conducta humana,  pues los actos contrarios a sus normas son frecuentes, es más, son constantes incluso entre  aquellos que las aceptan de grado y con plena intención de cumplirlas (a quienes por esos fallos suele tacharse de hipócritas). Precisamente  la frecuencia de  conductas llamadas inmorales o amorales (aunque estas  palabras sean inadecuadas), sin que obtengan el castigo supuestamente merecido, sino a menudo el éxito, argumenta contra la idea de su origen divino; además, la dificultad de cumplir tales normas sugiere la idea  de que las mismas no están adaptadas a la naturaleza humana. De ahí la búsqueda de una moral más “razonable”,  que permita cumplir sus normas de modo más natural.

Pero prescindir de la divinidad como origen de la moral tiene inconvenientes. Así, las normas han de basarse en convenciones sociales e invertir la evolución histórica: a partir de un momento, los hombres, en lugar de aceptar normas desde siempre identificadas con la religión, deciden dictárselas a sí mismos. Sin embargo, si algo caracteriza a las sociedades humanas es su profunda desigualdad y conflicto de intereses, por lo que resulta imposible un  acuerdo que armonice todas las tendencias, sentimientos e intereses. Siempre quedarán personas y grupos contrarios a convenciones ajenas. El acuerdo no puede ser general, sino solo, como mucho, mayoritario. Además,  las mayorías cambian, a veces con rapidez.

Por tanto,  la convención remite al poder, a la capacidad para imponer obediencia a las normas. En otras palabras, la moralidad es sustituida por la legalidad, por el derecho, y dotado con un poder coercitivo y violento inmediato, que trata de castigar inmediatamente a los infractores. Algo muy racional, muy distinto del castigo  sin fin en otro mundo prometido por el cristianismo. La legalidad tiende a extenderse a su vez  a todos los ámbitos de la conducta humana, reglamentándolos totalitariamente.  Esto también es muy racional, mientras que la defensa del individuo frente a ese poder se apoya más en el sentimiento que en la razón, y en el caso occidental, en conceptos de origen cristiano. Las leyes, a su vez, pueden considerarse justas o injustas, sin que el criterio de la mayoría implique necesariamente mayor justicia. Para escapar a estos dilemas se ha procurado eludir conceptos tachados de metafísicos, como el de la justicia, y se han  diseñado métodos para que  las normas legales puedan juzgarse legítimas, una de las cuales es la mayoría después de un debate social. Estos debates ya se sabe cómo terminan, porque no solo  entran en ellos intereses a menudo imprecisos, sino también  grados muy diferentes de inteligencia y de buena fe.  Por ello las discusiones suelen correr a cargo de pocas personas a las que se atribuye representatividad. Diversos teóricos han querido ver  la ley positiva como autosuficiente, pero leyes como las nacionalsocialistas de Núremberg, promulgadas con los requisitos legales (o la ley de memoria histórica, en España), prueban que, aunque se quiera prescindir  del concepto de justo e injusto, este permanece como referencia  no racional, es decir, anterior a la razón (la idea de unos derechos naturales)

El conflicto queda ilustrado en la Antígona, de Sófocles. Se la ha interpretado como un conflicto por el paso del derecho consuetudinario al positivo, pero el problema es más profundo: el conflicto entre las “leyes no escritas e inmutables de los dioses”,  y las de los hombres, dictadas por  la conveniencia y por un poder nunca suficientemente justificado. Dos concepciones del derecho y de la moral: la razón puede oponerse a una justicia más profunda.

No sé si la división freudiana entre el ello, el yo y el superyó tiene interés al respecto. El yo, que podemos equiparar a la razón (aunque no solo), viene a ser un islote emergente en el mar de lo inconsciente, en última instancia lo biológico. El superyó se compondría de convenciones sociales, represoras, ya que la sociedad se descompondría si el yo se guiase exclusivamente por sus apetencias más instintivas. Pero  eso  termina en un círculo vicioso. La idea hasta cierto punto análoga de supraconsciente en Paul Diel, tendría cierta similitud con el inconsciente: también sería  una instancia irracional, fuente de las que llamamos creaciones culturales superiores.

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Alberto presiente que no saldrían con vida del atentado contra Companys, y su temor casi se cumple. Se vuelcan entonces en el espionaje a los padres de Paco, con la esperanza de  obtener informaciones que alertasen a los anarquistas de los planes comunistas para desplazarlos. Tampoco tendrán éxito, porque, como averiguarán mucho más tarde, la policía política  izquierdista se había infiltrado en la Quinta Columna. En realidad todos sus empeños  van a salirles fallidos, excepto uno, en el que además ganarán bastante dinero: el paso de personas perseguidas a través de los Pirineos.  Con esa ocasión, Alberto está próximo a averiguar la verdad sobre su origen, al constatar la indiferencia, casi hostilidad de su abuelo, Ricard, cuya falta de entusiasmo al reencontrar a Alberto sorprende a Paco. Pero  el nieto es lo bastante ingenuo para seguir atribuyendo la acritud de Ricard a causas más aceptables para su tranquilidad anímica, concretamente al matrimonio desigual de su padre con una andaluza de origen proletario. Por contra, el abuelo se echa a llorar desconsolado al conocer la muerte de su hijo Josep, el padre de Alberto. Este “habría querido abrazarle, pero algo en su actitud me retrajo”.  

   Paco trata de informarle de sus propósitos de establecer una ruta  de escape para los perseguidos.  Ricard le replica airado: “¿Y a mí qué más me da todo eso? ¿Qué me importan esas… esas jodidas políticas ahora que Josep está muerto y quien sabe si  Narcís también?”  Para él, la culpa de todo la tenían “esos malditos militares”, por sublevarse. Es un campesino  viejo, aún fuerte, viudo desde hacía poco, desconfiado y avaricioso. Solo se vuelve más tratable cuando le ofrecen  parte en la ganancia esperada. Un cambio que al cabo le costará la vida.

  Conviene saber que por entonces existían varias redes para trasladar a Francia a empresarios, curas o simplemente católicos en peligro. Algunas las organizaba la Quinta Columna;  otras las montaban  particulares exclusivamente por el dinero, y algunos realmente ganaron grandes sumas; y también la policía contribuía con falsos grupos para engañar y capturar  a “fascistas”.  La empresa era sumamente peligrosa por la estrecha vigilancia de los carabineros, un cuerpo especialmente duro creado por Negrín.  En el paso de los Pirineos murió bastante gente, otros se perdían y volvían a España sin darse cuenta, o eran engañados por lugareños.  

   Pero, como dije, en contraste con sus deprimentes fracasos anteriores, Alberto y Paco van a tener en su nueva empresa un éxito redondo, y Paco un nuevo amorío con una tabernera francesa.  Esta actividad causa gran placer al protagonista, al contrario que sus actividades anteriores: “Recuerdo ahora aquellos meses entre los más felices de mi vida. El esfuerzo físico me tonificaba, la aventura y el riesgo me excitaban, y me serenaba la magia de las noches, claras u oscuras, calmas o tormentosas, los chillidos misteriosos de las aves nocturnas, los rumores furtivos, el drama presentido de la caza entre animales en la tiniebla, los espíritus. Y el primitivismo de dormir entre el oloroso heno, de bañarme, en verano, en las corrientes de agua; la camaradería, las bromas con nuestros fugitivos si no iban demasiado cansados o amedrentados…”. Al revés que  el pesado y sombrío ambiente de la ciudad. Entiende el campo como una liberación.

   Aun así, siempre dubitativo, observa a su amigo: “El mundo se ríe de nuestros esfuerzos… A veces no encuentro sentido a lo que hacemos. Mira estas montañas y valles, esta inmensidad de tierra, la gente que vive por ahí y al otro lado de la frontera… ¿Qué puede importarles a ellos y a la tierra lo que hagamos?”.

   Obviamente, a Alberto le atrae la aventura,  en parte para escapar de sí mismo, pero nunca logra escapar a una vaga sensación de irrealidad y sinsentido. Esto da a sus andanzas  un rasgo inhabitual, literariamente,  en el relato que hace de sus andanzas.   

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¿Del mito al logos? / Héroes de nuestro tiempo

 

¿Del mito al logos?

Ha hecho fortuna el tópico que explica el nacimiento de la filosofía como el paso del pensamiento mítico al pensamiento racional, es decir, de un mundo por así decir mágico o religioso al mundo de la lógica y la razón. Un paso decisivo, del que sería hijo tardío el pensamiento científico, aunque este comenzara también en Grecia. Así, la historia podría interpretarse como una evolución desde las tinieblas de la ignorancia fantasiosa hacia el pensamiento racional, que progresivamente relegaría a aquella  hasta presumiblemente extinguirla y alumbrar un tipo humano guiado solo por las luces de la razón: el animal plenamente racional. Esta idea, con unos u otros matices o concesiones,  ha cundido a partir de la Ilustración y no ha dejado de desarrollarse y dar lugar a grandes experiencias históricas en el siglo XX y en la actualidad.

Sin embargo, la cuestión parece más complicada. En primer lugar está claro que una gran parte de la actividad intelectual humana sigue otros caminos que el del cálculo racional.  Así la literatura y el arte, elementos tan esenciales de la cultura. La filiación del arte con el mito, con el pensamiento mítico, es evidente y apenas merece discusión.

Pero ¿existe oposición, a su vez, entre el mito y la razón o la ciencia? El pensamiento mítico trata de dar cuenta del mundo y del destino humano a través de imágenes, intuiciones y analogías, y cabe encontrar una racionalidad bajo sus expresiones fantásticas –aunque no rara vez alucinatorias–. Quiero decir que la oposición entre imaginación y razón es solo relativa. Pero, por otra parte,  bajo la racionalidad o la ciencia se encuentra también un impulso e imaginería no calculables, no racionales. El impulso a razonar tiene un carácter vital, no racional, asimilable en el ser humano al instinto. La razón ha concebido, además,  pensamientos  antirracionalistas o contrarios a alguna forma de la razón. (dar primacía al sentimiento implica también un ejercicio razonante). Y la finalidad de ese esfuerzo es asimismo irracional: razonamos para entender y de diversos modos mejorar nuestra situación, nuestro destino. Pero no hay ninguna “razón”, ningún cálculo racional que justifique esos fines. La razón puede intentar justificar alguna clase de ética o de finalidad  del esfuerzo vital, pero con la misma facilidad,  incluso con mayor facilidad,  puede concluir que la vida humana no merece la pena.

En otras palabras, el logos se ejerce en función de algo que no es racional: por un impulso ajeno a la razón y por un concepto de conveniencia humana (felicidad o como quiera llamársele), ya se la considere individual o social. Y el mito, la religión, expresa una especie de razonamiento imaginario allí donde el logos no llega. En fin, más que evolución del mito al logos encontramos transformaciones del pensamiento mítico, por una parte como pensamiento racional y como otra como elaboración artística.

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Apuntes del natural (o héroes de nuestro tiempo)

Con la Silvia tuve yo un rollo… Duró poco tiempo, eso sí…  Me acuerdo del entierro de su marido, o el funeral, o lo que fuera, bueno, yo iba con ella, disimulando, claro, como amigos, ya sabes. Yo iba tan fumao  que casi no me enteraba, y allí salieron unos tíos, de Comisiones Obreras o de UGT,  yo no las distingo bien, bueno, que si los derechos de los trabajadores y tal,  eso está muy bien, y allí estaban, ya te digo, soltando rollos sobre el muerto, que si era un tío cojonudo, que un educador de la juventud, un tío de ideas, ya sabes, de esos que dicen lo que hay que estudiar y lo que no, y cómo hacerlo y todas esas cosas, y la libertad y todo eso… A mí no me parece mal, esa gente, un poco peñazos pero ya se sabe, no todo va a ser  juerga en esta vida… y me dio un poco de mal rollo pensar que le había estado poniendo los cuernos… La Silvia estaba a mi lado, con cara seria, como si estuviera afectada, no te digo que no lo estuviera, eh, que en estas cosas, joder, si te mueres la cosa es seria y te da que pensar… Y los otros venga y dale, que el muerto era cojonudo y tal, me acuerdo que lo compararon con este… ¿cómo se llama? Sí, hombre, el tío aquel que fusilaron los fachas, uno de esos… ¿pedagogos, dices? Sí, “educador del pueblo”, un tío guay, algo de eso leí luego en el periódico…  si lo fusilaron sería por eso, porque los fachas, qué vas a esperar… Sí, coño, el Guardia… ¡Eso!, Ferrer Guardia. Pues que si  el maromo de Silvia había alumbrado no sé qué para la sociedad y para la juventud, que era comunista y cuando estaba Franco lo habían arrestado por luchar por la libertad, por la democracia y tal y cual… Y yo, qué quieres que te diga, por un lado me partía de risa… por dentro, claro, no iba a reírme en el funeral o lo que fuera, pero me partía, coño,  pensando que me estaba tirando a la mujer de un tío tan importante… Hasta iban a montar una fundación… ¿se dice así? Una fundación con su nombre, los de Comisiones, o los de UGT, bueno, da igual quienes fueran, pero un tío de la hostia, ya te digo. Y sí, es verdad, al mismo tiempo me daba… no sé cómo decirlo… me daba pena haberle gastado aquella putada, pero claro, la chica no estaba mal, y además si a ella le parecía bien, pues yo qué iba a hacerle.

   Luego fuimos a su casa, y ella dijo. “Ahora va a haber que tirar toda esa ropa”,  la ropa del maromo, que estaba en un par de armarios, y yo le dije: “Oye, ¿no se puede vender y sacar unas perras? Algunas cosas parecen nuevas. Joder, me quedan pequeñas, que si no yo me las pondría”, aunque me daba un poco de reparo ponerme las cosas de un muerto. Pero ella dijo que por la ropa usada no te daban nada, así que tirarla o regalarla. Y se puso a revolver en un cajón y sacar gayumbos, calcetines y qué sé yo, y al agarrar el lío le saltan de debajo unos sobres con un montón de fotos. Las fotos se desparraman y ¿a que no te imaginas…? Eran chavalitas, joder, niñas medio desnudas o desnudas,  poniendo poses, coño, como las putas esas publicitarias y ese rollo. Y yo me las quedo mirando y le digo: “¿Eso qué es?”. Y ella me dice: “Es que no lo ves?” Y me contó la vaina, por lo visto el marido llevaba a algunas alumnas suyas a casa y organizaba desfiles de modelos cuando ella, la Silvia, quiero decir, estaba trabajando, ella también daba clases a otras hora. Y seguramente se tiraba a más de una. Alucinante, tío, me quedé viendo visiones. Le dije, “¿Tú ya lo sabías? ¿Y cómo te enteraste?” Pues se había enterado,  bueno,  es de cajón, tío, esas cosas siempre se terminan sabiendo, y más las mujeres. Y le pregunté otra vez, “¿Y los fulanos aquellos del entierro y de la fundación también lo sabían?” Eso ella ya no lo sabía,  a lo mejor lo sabían y a lo mejor no. Pero le daba igual, dijo que eran unos cabrones de mucho cuidado, unos hijoputas. O sea, que el maromo era… eso, un pederasta, como los curas esos que dicen… Pero no era maricón, yo  tenía idea de que eran además maricones, pero se ve que no. Y Silvia dijo que lo que iba a hacer era sacar de casa todas las cosas del marido. A lo mejor la fundación quería quedárselas, con su pan se las comieran, dijo, y si no, a la basura. A ella le daba asco, ¿entiendes?,  llevaban como cinco años casados, se habían casado pronto y el tío había cogido un cáncer o no sé qué… Bueno, qué más te voy a contar… Le dije si le apetecía echar un polvo, ella dijo que no, así que tuve que ponerme pesado, ya comprendes, hasta que…  Sí, a partir de entonces ya no nos llevamos bien, teníamos riñas y yo me lié con la Jeny… No, no guardo mal recuerdo de ella, era como culta y me contaba cosas de esas, como de cultura y tal, a mí me aburrían, pero le agradecía la intención. No sé qué ha sido de ella, no he vuelto a verla…

 (basado en hechos reales)

 

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Doble fracaso de la razón / Sobre reforma de la enseñanza.

Blog I: Si yo fuera obispo / Cultivo del odio. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/si-yo-fuera-obispo-20131014

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IV Doble fracaso de la razón

En la frase citada, Clausewitz opone la razón (la “inteligencia”) a la fe (el “espíritu”): aplicada a la guerra, la primera calcula y la segunda introduce un factor imponderable: la fe en la victoria y el valor correspondiente.  Así, en la guerra a menudo –pero no siempre—se ha impuesto el segundo factor al primero, como también ocurre en la paz.  Me sugiere una observación sobre las recientes guerras en Afganistán y Pakistán: la superioridad material (tecnológica y de información) de uno de los bandos eran tan abrumadora  que excluía los conceptos aplicados a otras contiendas, como heroísmo, gloria o incluso valor. La lucha en tales condiciones se resuelve casi inmediatamente a favor del más fuerte. Sin embargo, el vencedor se vio arrastrado a una contienda muy diferente, en la que su superioridad material no garantizaba el triunfo, como ya había ocurrido en Vietnam.  Es más, a día de hoy la empresa bélica se ha saldado más bien con sendas derrotas, al menos parciales y económicamente muy costosas. La razón solo puede explicar a posteriori tales resultados, inesperados desde el mero cálculo racional.

La razón se ejerce en los dos niveles de cuestiones (y angustias) humanas: el  referido a la vida corriente y el que atañe al conjunto del mundo, su sentido y la posición del hombre en él.  El catolicismo siempre dio enorme importancia a la razón, en cuyo ejercicio su teología alcanza cumbres como la Summa Theologica. Sin embargo fracasa en su empeño,  cuya última meta, aunque no precisada,  sustituiría la fe por la razón. Ha de haber un Dios como explicación última de lo existente, pero sus designios escapan a la inteligencia humana, aunque esta se esfuerce  por distinguirlos y en algunos aspectos pueda creer haberlo logrado. Así, no llega a calmar del todo la angustia existencial.  Este fracaso, o mejor esta exasperante  insuficiencia, daría pie al rechazo radical de la razón por Lutero.

El segundo nivel, el de la vida corriente, tiene más relación con la naturaleza. Puesto que, al revés de lo que ocurre con Dios, la naturaleza nos es accesible a los sentidos y a la inteligencia, y  formamos parte de ella, podemos concluir que no hay otra cosa y que debe explicarse por sí misma. Por tanto, cabría sustituir a Dios por la Naturaleza. Pero tal sustitución trae muchos inconvenientes.  A nadie se le ocurre orar a la Naturaleza ni esta aporta el menor consuelo a la vida humana.  Podemos extasiarnos ante su variedad, su colorido, su vastedad,  pero también percibimos su carácter cruelmente inexorable.  Y pese a ser  sus criaturas , la naturaleza nos trata sin ningún cariño: no se ofrece a nosotros como algo inmediatamente comprensible y significativo, más bien parece complacerse en burlarnos, en inducirnos a error, someternos a mil accidentes, nos impone ansiedad y trabajos pesados y acaba por exterminarnos después de haber inscrito en nosotros, con tremenda fuerza, el instinto de conservación. Nuestra razón nunca acaba de entenderla a doña Natura, y en la medida en que la entiende la percibe como carente de cualquier sentido, de cualquier finalidad.  Por eso también en este campo, el de la vida corriente,  la razón solo permite éxitos  parciales, acompañados de muchos fracasos y en definitiva no aminora, sino que aumenta la angustia existencial.  Un fracaso final acompañado de numerosos éxitos parciales. Una insuficiencia angustiosa.

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Sobre la enseñanza

Aunque, siguiendo el concepto anglosajón,  suele identificarse educación e instrucción o enseñanza, creo que conviene distinguirlas. La educación apunta a las normas de convivencia y conceptos generales de la vida, a la cultura en un sentido amplio y,  mejor o peor, suele adquirirse en el hogar; la instrucción o enseñanza se centra más  bien en al aprendizaje de materias prácticas con vistas a una profesión, y se adquiere en los centros de enseñanza. Naturalmente,   la diferencia no es rígida, pues la enseñanza incluye cierto grado de educación, y esta diversas enseñanzas, pero la distinción tiene importancia, pues, según el modelo anglosajón, todo tiende a corresponder al estado o a instituciones al margen del hogar. La familia queda al final como una institución educativamente hueca, limitada a  satisfacer la sexualidad en los padres y aportar protección económica a los hijos. Y puesto que la primera puede asegurarse al margen de la familia, al final solo quedaría la protección económica, mientras la educación real se concentra en la escuela y, más todavía, en la televisión. Tendencia cada vez más fuerte en los países europeos, que cabe relacionar con el deterioro de la salud social. Hoy vemos a los políticos, personajes en su gran mayoría muy poco ejemplares en cualquier aspecto, entrometiéndose hasta en la vida sexual de la gente y en especial de los niños y adolescentes, añadiendo una forma de  alcahuetería a sus numerosas corruptelas y abusos.  O a  la OMS orientando a su manera perturbada la sexualidad desde la niñez.

En cuanto a la enseñanza, saltan a la vista sus deficiencias  en España, desde la primaria.  Deficiencias producto, especialmente, de  las triviales recetas socialistas, con las que se pretende sustituir a la cultura tradicional.  Una verdadera deseducación, a cambio de la cual prometen enseñanza práctica y profesional de mejor nivel, una promesa vana, según muestra la experiencia. Como decía un poeta chino, una de las cosas más lamentables es una juventud echada a perder por una educación falsa. No vale la pena extendernos aquí sobre estos males, pero sí hacer dos observaciones básicas: una buena enseñanza puede ser la inversión mejor y más productiva que pueda acometer un estado, directa o indirectamente.  Y cualquier reforma debe empezar por la universidad,  no por la enseñanza media o primaria: porque quienes pueden corregir estas son precisamente los formados en la universidad.

Y  he aquí una dificultad seria:  las facultades que forman a los maestros  están empapadas de farfolla “progresista” y más o menos colectivista. Esto ya ocurrió durante la república, cuando los maestros eran a menudo los izquierdistas más exaltados. En  tiempos no muy lejanos  yo tenía que recorrer de vez en cuando la Universidad Complutense de Madrid, y las facultades que me parecían más degradadas, de ambiente más chabacano, eran precisamente las de Magisterio y Periodismo.

Cambiar esta situación no podrá hacerse sin una profunda y decidida lucha de ideas. Vivimos una crisis muy amplia, una crisis de civilización, y este será uno de los principales campos de batalla intelectual.

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Razón e Ilustración / Verosimilitudes literarias

Blog I.  12 de octubre: ¿comienzo de una recuperación? / La patria de Colón:http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/12-octubre-comienzo-una-recuperacion-patria-colon-20131011

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Razón e Ilustración

El hombre utiliza siempre, con mayor o menor acierto, lo que llamamos razón, esto es, el cálculo, la previsión y la lógica. La utiliza constantemente, no solo para sus prácticas utilitarias o intentos de entender globalmente el mundo,  sino en la relación con otras personas y para justificar su conducta, por arbitraria, absurda o brutal que esta llegue a ser.  Esto lo hace por así decir instintivamente, sin mucha consciencia de que está empleando una herramienta determinada. Claro que, aunque no es el tema, la razón no es la única  herramienta utilizada para desenvolverse en la vida: importancia acaso no menor tiene la imaginación, el “pálpito” y  la apuesta, a menudo “irrazonable” y conducente al fracaso, pero a veces más exitosa. Como cuando Cortés o Pizarro se embarcaron en sus aventuras desmesuradas. Lo expresó muy bien Clausewitz;  “Nuestro intelecto se inclina siempre hacia la certeza y la claridad, pero nuestro espíritu suele ser atraído por la incertidumbre. En lugar de abrirse paso con la inteligencia por la estrecha senda de la investigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con la imaginación en el terreno del azar y de la suerte hasta llegar, casi inconscientemente, a regiones donde se siente extraño y donde los objetos familiares parecen abandonarle. En lugar de sentirse aprisionado por la necesidad elemental, como en el primer caso, goza aquí de una riqueza de posibilidades. Extasiado, el valor toma alas, y la audacia y el peligro se convierten en el elemento al que se precipita, al modo como un nadador intrépido se arroja a la corriente“.

Dicho esto, volvamos a la razón: parece que fueron los griegos, quienes, como en tantas otras cosas,  concretaron esa herramienta y le dieron el nombre que perdura a través del latín.  Y es en la Europa del período de Asentamiento o baja edad media, cuando se aplica en mayor medida el concepto, siempre en incómoda relación con la fe. Quizá se encuentre ahí el contraste entre la herencia judía y la griega o grecorromana que componen su espíritu y doctrina cristianos. Como decía, parte de la historia europea podría explicarse como esa difícil convivencia de razón y fe, hasta que, en la Ilustración, la primera fue adquiriendo preponderancia  hasta, en apariencia al menos,  imponerse a la religión en el siglo XX y quizá más en lo que va del XXI, cuando el cristianismo se ve cada vez más desplazado de la vida social, aun sin desaparecer de ella ni mucho menos.

Vamos a dejar aquí de lado la distinción entre racionalismo y empirismo, e integrar al segundo en  una acepción más amplia del racionalismo, considerado simplemente como doctrina que afirma la razón como el útil máximo, incluso único, capaz de  orientar al ser humano, entender el mundo y desenvolverse en él, englobando los hechos en órdenes cada vez más amplios. Este es, básicamente, el espíritu de la Ilustración, algo nuevo en la historia, aunque haya atisbos en Grecia, por cuanto adquiere rasgos cada vez más abiertamente antirreligiosos.  Un tanto embriagados por los éxitos de la lógica y la ciencia, los ilustrados más radicales no se percataron del todo de que la razón, lejos de fundar unas normas de conducta política y personal sólidamente afianzadas en premisas evidentes, podía dar lugar a muchas interpretaciones y tendencias diversas a partir de esas mismas premisas. Y de que la razón no solo tiene gran dificultad para fundamentar el sentido de la vida, sino que incluso puede arruinar ese sentido en la psique humana.

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Ciertas  supuestas inverosimilitudes en “Gritos y golpes

Algunos se han extrañado, o les ha parecido inverosímil, de que los hijos de Carmen y Alberto no supieran nada de las experiencias de sus padres, en especial de Alberto, durante, la guerra y demás. Esto afecta al trasfondo histórico. No debe suponérseles ignorancia total, sino solo sobre el conjunto y detalles. Atisbos tendrían por fuerza.  Esto  no  afecta a la verosimilitud del relato.  En muchas familias de derechas se recordarían y comentarían a menudo los sucesos bélicos, pero otras muchas preferían olvidarlos. La causa es que la derecha –mucho más raramente la izquierda—consideró la guerra como una “lucha entre  hermanos”, una tragedia inevitable y triste. Por esta razón he conocido diversos testimonios de hijos o nietos coincidentes en afirmar que en su familia “no se hablaba de la guerra”, incluso si varios de sus miembros habían sido asesinados.  Además, la extrema violencia de acciones como las de Alberto y Paco, seguramente no eran consideradas muy pedagógicas dentro del clima católico, a menudo beato, impuesto  en la posguerra. Carmen, con seguridad, nunca habría educado a sus hijos en el culto a aquellas luchas y actitudes, pues ya  las había reprochado a su marido y a su hermano como una especie de locura.  Por otra parte, Alberto no da la impresión de haber incidido muy a fondo en la educación de sus vástagos, cosa tampoco infrecuente.

Y hay otra razón: para Alberto, el relato expone una sucesión de traumas que le afectan en lo más íntimo,  en lo más existencial, y el descubrimiento final lo trastorna muy profundamente. Su decisión de olvidar y salvarse (de sí mismo) en una convivencia “normal” con Carmen ,  me parece bastante verosímil psicológicamente. Es solo en su vejez y tras la muerte de ella cuando, como por efecto de una revelación,  considera dignos de recordarse aquellos hechos de su juventud.  Con todo, no hace una valoración de ellos, ni los reivindica ni los condena. ¡Quién sabe lo que vale y lo que no en la vida del hombre! También expresa, de forma indirecta, cierto desencanto por su vida posterior, doméstica, tranquila y rutinaria (suponemos),  cuyo fruto personifican unos hijos que han seguido trayectorias tan distintas y, aunque  no lo dice claramente, decepcionantes. Él mismo se ha convertido en un profesor del montón y esa parte no le parece  de mayor  interés para ser narrada.  El contraste entre  el espíritu de las dos épocas es muy fuerte pero el protagonista, nuevamente, no las valora, solo expone algunos rasgos de ellas.

Los dos hijos mayores del matrimonio, tan prácticos y concentrados en su carrera, con su afán  de ganar dinero para vivir cómodamente,  vienen a ser una caricatura de la propia Carmen,  de su practicismo. Reflejan bien a un amplio sector de los estudiantes y profesionales formados en los años 60, pues, aunque otra cosa pueda creerse, los revolucionarios y “contestatarios” eran solo una pequeña minoría.  La trayectoria  del hijo menor es asimismo bastante característica (conozco casos similares) dentro de la minoría políticamente inquieta. Y también viene a ser una caricatura del propio Alberto.  Puede verse como un caso de decadencia, también de lo contrario, según se enfoque.

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