El Cid /España e Italia, excepciones parciales al feudalismo

Cita con la historia: El diálogo cristiano-marxista y sus consecuencias: https://www.youtube.com/watch?v=HkR3hz2sk40

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Al otro extremo del Mediterráneo, en España, el mapa político muestra por las mismas fechas un panorama opuesto: el territorio reconquistado abarcaba ya más de un tercio de la península, profundizando mucho hacia el sur  por el oeste. La parte pirenaica o Marca Hispánica, al este, apenas había registrado avances desde la época carolingia, debido a su división en pequeños condados mal avenidos y a su dependencia de Francia. Los condados de lo que sería Aragón se habían unido al reino de Pamplona, y  los más orientales, futura Cataluña, seguían, descontentos,  supeditados a los francos.

    Hasta la segunda mitad del siglo X  los reinos hispanos habían estado a la ofensiva, pese a su evidente inferioridad numérica y material. Pero esa inferioridad quedó clara cuando Almanzor, genio militar cordobés, recorrió entre 978 y 997 el norte  peninsular, de Santiago a Barcelona en asoladoras  aceifas. La destrucción de Barcelona por Almanzor trajo localmente un cambio político de relieve: al no obtener ayuda de los francos, el malestar llegó a la ruptura. El conde Borrell de Barcelona, que ya se había proclamado “Duque de Gothia” (por lo godos)  o de “Hispania Citerior”, impuso una independencia práctica que facilitaría una mayor participación en la Reconquista.

    Las victorias de Almanzor  demostraron lo que podía hacer una utilización diestra de la superioridad de medios económicos y bélicos de Al Ándalus, pero la situación cambió pronto de forma dramática. La muerte del caudillo musulmán abrió un proceso de descomposición interna del califato hasta su desintegración, en 1031,  en una colección de estados menores o “taifas”, de modo similar al califato de Bagdad. La implosión de Córdoba dejó a los españoles amos de la situación, máxime cuando las taifas, en permanente discordia entre ellas, eran incapaces de unir fuerzas contra los cristianos, que les imponían pesados tributos; como Córdoba había hecho en otras ocasiones con ellos. Y en 1085 el rey Alfonso VI reconquistaba Toledo, hecho de enorme trascendencia simbólica por haber sido la capital del reino hispanogodo. Para contraatacar, los andalusíes pidieron ayuda a los almorávides, un grupo purista y renovador del islam, salido del Sahara al sur del Magreb. Los almorávides llegaron al año siguiente de la toma de Toledo y lograron por un tiempo reunificar Al Ándalus bajo un yugo despiadado. Infligieron derrotas importantes a los españoles, pero no lograrían recobrar Toledo ni reducir de forma importante los territorios cristianos.

   A esta época corresponde el Cid Rodrigo Díaz de Vivar, cuya fama cundiría por Europa. Un conflicto con su rey Alfonso VI le obligó a ofrecerse a veces a los moros contra los condes de Barcelona, aunque después se aliarían. Con sus mesnadas, llegó a arrebatar Valencia a los almorávides. Un historiador andalusí, Ben Basam, lo describirá así: “Rodrigo, Alá  lo maldiga, vio siempre su enseña favorecida por la victoria: con un escaso número de guerreros puso en fuga y aniquiló ejércitos numerosos. Azote de su época, fue, por su sed de gloria, por su carácter prudente y por su heroica bravura, uno de los grandes milagros de Alá”.  El tipo humano del Cid, individualista y aventurero, sagaz  y heroico, se repetiría más tarde en los conquistadores de América.

    No obstante, hacia el último tercio del siglo XI los reinos cristianos habían pasado de tres a cinco: León, Castilla,  Navarra, Aragón, y  Portugal, desgajado de León; más los condados del oriente pirenaico. Existía cierta unidad ideológica entre todos ellos, pues  se entendían como partes de España e, idealmente, del reino de Toledo a recobrar, se regían por el Liber Iudiciorum romano-visigótico y hablaban lenguas romances próximas entre sí. Sin embargo, la dispersión en reinos, con los conflictos consiguientes  y las  rebeliones internas, a veces atizadas por Córdoba, amenazaban diluir el el espíritu unitario en varios estados impotentes y localistas, expuestos a ser destruidos uno tras otro,  o a consolidarse sin unirse. Existía también la tentación de abandonar o aplazar la reconquista, dados los  sustanciosos tributos que obtenían de las taifas. A mediados de aquel siglo el conde Ramón Berenguer I  dio mayor dinamismo a la lucha contra los sarracenos y creó una marina fuerte que permitiría a Barcelona competir por un tiempo con Génova y otras ciudades italianas, convirtiéndose en una gran ciudad comercial, también importante mercado de esclavos hacia las taifas de Al Ándalus.  

   Hacia mediados del siglo XI, Europa, aparte de la división religiosa, se presenta dividida en cuatro: al este, los imperios de Constantinopla y Kíef; más al oeste, grandes estados con cierta proyección imperial,  como Polonia, Hungría o Bulgaria; en el propio centro, el Sacro Imperio Romano-Germánico;  y finalmente en el extremo oeste un arco de reinos independientes, desde Escandinavia a España, que se iban convirtiendo o reconvirtiendo en naciones. Entre estos últimos,  que podríamos llamar la Europa de las naciones por contraste con la de los imperios,  iban a adquirir máxima proyección ulterior Francia, Inglaterra y España.

    Francia estaba gobernada con poca eficacia por la dinastía de los Capetos, que presidían a señores feudales, algunos más poderosos que el propio monarca. Pero aun con esa fragmentación del poder, el país había rechazado las pretensiones del Sacro Imperio de incluirlo en él. Los Capetos  continuarían hasta la Revolución francesa y darían reyes a numerosos países europeos, entre ellos, en su rama borbónica, a España desde principios del siglo XVIII hasta la actualidad, con breves interrupciones.

    Dos regiones particulares en Francia eran Borgoña y Normandía, teóricamente vasallos del rey francés pero independientes de facto. Parte de Borgoña dependía del Sacro Imperio, y la parte francesa, el Ducado,  iba a ejercer extraordinario influjo cultural y político en Europa, a partir de la reforma eclesiástica de Cluny y luego del Císter. No menos, pero de otro modo, había de influir el Ducado de Normandía desde 1066, cuando su duque, Guillermo el Conquistador se coronó rey de Inglaterra tras  invadirla. Los normandos impusieron allí una oligarquía de habla francesa, impusieron nuevas leyes, reforzaron el poder monárquico y unificaron al país por primera vez de manera estable; tratando de dominar también los pueblos celtas de Gales y  Escocia.

   Europa, en conjunto, vivía en el sistema llamado feudal, que solía entrañar un yugo muy pesado sobre la gran mayoría campesina. Había no obstante dos excepciones parciales: los reinos españoles y el norte de Italia. En España, la Reconquista  iba creando una cultura original  en actitudes, arquitectura y otras artes, que quedó un tanto  anegada cuando Alfonso VI introdujo  la influencia borgoñona de Cluny, fomentada también por el Papado. Este usó la “Donación de Constantino” para justificar una constante injerencia política.  Pero continuó la repoblación de las tierras ganadas a Al Ándalus, tarea ardua y arriesgada, pues las recurrentes aceifas mataban o se llevaban esclavos a los campesinos y destruían las cosechas. El incentivo radicaba tanto en la ocupación del agro como en los privilegios y libertades que la acompañaban. Ello aliviaba la presión feudal, y la necesidad de cultivar y combatir  fundó una mentalidad popular arisca, que relativizaba el peso del origen social por la existencia de una caballería villana y milicias urbanas. Actitud resumida en expresiones como “nadie es más que nadie”, o la respuesta de las milicias salmantinas a un jefe moro que preguntó por su jefe: “Todos somos príncipes y jefes de nuestras propias cabezas”. El pueblo compartía así las nociones nobiliarias del honor y el valor. La palabra “caballero” quedaría más tarde como tratamiento a cualquier varón, similar al gentleman inglés.  

     Al igual que en León y Castilla, en la futura Cataluña se había formado una sociedad de campesinos libres, pero estos sufrieron la violenta presión de los nobles, ansiosos de reducirlos a servidumbre y de sustituir la ley visigoda por el sistema feudal francés. Entre enconadas luchas, y a comienzos del siglo XI disminuían tanto el campesinado libre como el poder condal a favor de señoríos inferiores.

    El caso de Italia es más particular: el norte correspondía al Sacro Imperio, el centro a los estados pontificios,  el sur estaba aún más dividido entre ducados y principados independientes y enclaves bizantinos, con Sicilia islámica. El dominio musulmán en la isla duraría poco, al conquistarla los normandos llegados como mercenarios de lombardos y bizantinos, a quienes expulsarían también del sur  peninsular. Pero lo más relevante del país eran las ciudades estado del norte, metrópolis comerciales en teoría sujetas al Sacro Imperio pero en la práctica independientes. Así  Venecia, Génova, Florencia,  Bolonia, Milán, Pisa y otras menores, excepciones en una Europa muy ruralizada y feudalizada.  Las dos primeras construyeron fuertes marinas mercantes y de guerra, y trataban de dominar el comercio mediterráneo. Venecia, gobernada por una oligarquía republicana, era ya en el siglo XI una potencia  naval que obtenía privilegios de Constantinopla,  a la que disputaba el control del Mediterráneo oriental.

    En cuanto al islam, había perdido Sicilia y, dividido en varias obediencias enfrentadas  en el norte de África, la principal la de los fatimíes, había mermado mucho su peligrosidad para el sur de Europa; y el empuje almorávide, en el oeste del Magreb, no lograba invertir la reconquista española. En el este, en cambio, no solo acosaba a Bizancio, sino que proseguía su expansión por el norte de India, en medio de verdaderos genocidios  y destrucciones del cuantiosísimo legado cultural indio; En el sur se adentraron con menos violencia por la costa y el Decán.

 

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El cisma de oriente, divisoria de edades.

Blog I.  El encanallamiento de la historiografía española o el triunfo de la estupidez: http://gaceta.es/pio-moa/encanallamiento-historiografia-espanola-o-triunfo-estupidez-23042016-2013

**Este domingo,  en “Cita con la Historia abordaremos un tema de gran trascendencia: el diálogo cristiano-marxista a raíz del  Concilio Vaticano II. De 16.00 a 17.00 en Cadena Ibérica, FM 99.3. El programa se reemite el miércoles en la misma emisora, de 22.00 a 23.00. También puede escucharse en podcast, en youtube o en www.citaconlahistoria.es 

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A pesar de sus turbulencias y altibajos bélicos y políticos, y retrocesos civilizatorios, la Edad de Supervivencia en Europa occidental  había sido acumulativa y legaba un inmenso patrimonio cultural. La tenaz, callada y anónima labor de miles de monjes y otros clérigos, a costa a menudo sus vidas,  había dejado cientos de monasterios grandes y pequeños, cada uno un centro de enseñanzas y mejoras técnicas, origen a veces de nuevas ciudades. En relación con ellos destacaban intelectuales como Isidoro, Beda, Alcuino, y muchos más. Diversos monarcas  con amplia visión política habían protegido la cultura Edwin o Alfredo el Grande en  Inglaterra, o Leovigildo,  Recaredo o Alfonso II  en España, o especialmente el franco Carlomagno…  Papas como Gregorio Magno, o misioneros y organizadores santificados por la Iglesia, como San Patricio, San Bonifacio, los santos Cirilo y Metodio en la parte oriental, y sobre todo San Benito, habían  organizado la Iglesia y civilizado en lo posible a los bárbaros. 

    El cambio de edad de la Supervivencia a la de Asentamiento puede señalarse en torno al año 1000. Las incursiones vikingas, ya marginales, terminaron en torno a la mitad del nuevo siglo y el Imperio bizantino se recuperó considerablemente bajo Basilio II. El cese de las agresiones exteriores  no impidió los conflictos internos, pero cimentó el comienzo de un tiempo largo de prosperidad, expansión demográfica y desarrollo cultural que podríamos llamar época románica. Unos decenios antes del año 1000 había nacido el Sacro Imperio,  y a partir de la abadía de Cluny, en Borgoña, cobraban fuerza las corrientes de reforma de una Iglesia degradada. El califato de Bagdad, permanente espada de Damocles sobre Bizancio, se desintegró  algo antes de aquel año 1000, y poco después, en 1031, implosionaba el de Córdoba, haciendo perder a Al Ándalus toda posibilidad expansiva.  Hacia 1040 puede darse por superado el “Siglo de hierro” del Papado…  Asimismo se produce la  primera gran división de la cristiandad, en 1054, y quizá pueda elegirse ese año, convencionalmente, para datar el cambio de edad.  

    Justiniano, emperador bizantino del siglo VI, empeñado en recuperar  el Imperio de Occidente, había fijado cinco grandes patriarcados  de igual rango: Constantinopla, Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén. Pero Roma aspiraba a convertirse en el centro doctrinal del cristianismo, rechazando la igualdad con los demás patriarcados. Se gloriaba de ser la sede de San Pedro, martirizado en la ciudad, e invocaba las palabras de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esa piedra construiré mi Iglesia”. No reconocían esa aspiración los demás patriarcados ni el emperador. Luego, la ocupación sarracena había dejado fuera de juego a Alejandría y Jerusalén, y debilitado a Antioquía, quedando solo Roma y Constantinopla en rivalidad soterrada.

   En Constantinopla el emperador nombraba y revocaba a patriarcas y obispos, e incluso refrendaba al papa, implicando la superioridad  del poder político, por ser él quien aseguraba la defensa de la religión (entre los títulos imperiales figuraba el de “Igual a los Apóstoles”). Los papas resentían esa tutela, pues defendían la superioridad del poder espiritual, máxime después de que, en 654,  el emperador detuviese y  ocasionase la muerte por maltrato el papa Martín I. El malestar creció cuando, en 727, el emperador prohibió las imágenes religiosas  (iconoclasia), cosa que Roma no aceptó. En la ardiente pugna entre partidarios y contrarios de las imágenes, ganaron los partidarios  al cabo de cincuenta años, pero para entonces el papa Zacarías, amparado por Pipino, padre de Carlomagno, coretó la costumbre de someter  el nombramiento papal a Constantinopla. Y luego  la coronación de Carlomagno por el papa León III como emperador de hecho del Occidente, fue entendida en Constantinopla como una usurpación, enrareciendo aún más las relaciones.

   Y justo cuando el Papado empezaba a superar su época más oscura, la rivalidad llegó a la ruptura abierta con el papa León IX.  El patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, rechazó la autoridad papal, acusó a Roma de diversas herejías y se adueñó de los monasterios e iglesias  de rito latino en el tierras bizantinas. Una discrepancia teológica giró en torno a la introducción del Filioque  (“y del Hijo”) en el Credo por parte de la Iglesia romana, afirmando que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no solamente del Padre, como se rezaba antes. El Filioque, introducido por el III Concilio de Toledo, lo habían adoptado Carlomagno y  en 1014 los papas.

    El problema se agravaba porque León IX,  basándose en la supuesta Donación de Constantino, en cuya veracidad él creía, reclamaba para los papas no solo un poder espiritual sino también directamente político sobre todo el occidente, aparte de afirmar su supremacía como sucesor de San Pedro. Un intento de conciliación terminó con el papa y el patriarca excomulgándose mutuamente, en una ruptura mantenida hasta hoy, aunque las excomuniones fueran levantadas  por ambas partes recientemente (en 1965). La Iglesia de Roma continuó denominándose católica, esto es, universal, mientras que la bizantina se tituló ortodoxa, seguidora de la recta doctrina.

   La ruptura o Cisma de Oriente reflejaba asimismo diferencias culturales de cierto fondo. La liturgia bizantina y la latina diferían y se expresaban una en griego y la otra en latín. Roma había extendido el latín como idioma eclesiástico también al territorio germánico y al eslavo donde influía, como factor de unidad cultural por encima de las  fuertes diferencias étnicas y políticas.  Bizancio empleaba el griego, aunque  aceptaría adaptar su liturgia a las lenguas eslavas y a su alfabeto, creado por los misioneros Cirilo y Metodio en el siglo IX.

   Además, Constantinopla, la segunda Roma, permanecia intacta como capital magnífica de un imperio todavía poderoso, pese a sus pérdidas frente al islam. Dominaba el Asia Menor,  parte de Siria, los Balcanes al sur del Danubio y  el sur de la misma Italia;  iba superando crisis causadas por belicosas migraciones eslavas,  búlgaras y pechenegas, y frenando la expansión islámica gracias a la crisis del califato  de Bagdad. Además había emprendido una activa labor misional para convertir a los eslavos, cosechando su mayor éxito, en 988, en el reino o la rus de Kíef, enorme espacio por Rusia y Ucrania  entre los mares Báltico y Negro. Por ello no parecía lógico que aceptase subordinarse en ningún terreno a una Roma saqueada una y otra vez, que debía de parecerse a un campo de ruinas, recuerdo de esplendores idos para no volver, y que presidía espiritualmente a un mundo desordenado y empobrecido. 

    Por lo demás, los retrocesos cristianos frente al islam en el sur del Mediterráneo y Oriente Próximo quedaron compensados por el éxito en  Ucrania y Rusia, que terminó de cristianizar a prácticamente todo el continente. La conversión se hizo mediante una mezcla de prestigio político, predicación pacífica y brutales castigos a los paganos indóciles, como había ocurrido con los germanos y ocurriría con los vikingos. El consiguiente proceso civilizador y auge del comercio hizo de Kíef una ciudad próspera y monumental, capaz de rivalizar con la misma Constantinopla. No todos los eslavos se adhirieron al rito bizantino: los  polacos, croatas y otros, optaron por el latino.

   Se configuraron entonces dos Europas, cada una con su variante de cristianismo. Las diferencias doctrinales eran seguramente menores, pero tendrían un potente efecto histórico. A partir del siglo XI, la parte occidental, al principio más pobre y desarticulada,  conocería sin embargo un  notable desarrollo e inquietud intelectual o, más ampliamente, cultural, mientras la parte bizantina se anquilosaba.   

    Cuando se produjo el cisma, Bizancio parecía próspero y seguro. El peligro de diversos pueblos salidos de las estepas rusas o siberianas (búlgaros, pechenegos , eslavos…) estaba contenido, y algo antes se había desintegrado el poderoso  califato de Bagdad. La aún reciente cristianización de Kíef suponía asimismo un  inmenso alivio, pues la rus había estado cerca de islamizarse: según la Crónica de Néstor, el príncipe kievano Vladímir, deseoso de abandonar el paganismo,  había desechado al islam por su prohibición del alcohol, inclinándose por el cristianismo oriental en 988.  Muy posiblemente fue así, y una hecho de apariencia tan trivial tendría las más largas consecuencias históricas. De haber optado por Mahoma en lugar de Cristo, el Imperio bizantino difícilmente habría sobrevivido, presionado por el sur, el norte y el este.

    Pero la tranquilidad iba a durar poco.  Los turcos selyúcidas que, pese a haberse islamizado,  habían contribuido  al derrumbe del califato,  de parte del cual se apoderaron, tomaron el relevo contra Bizancio: en varias campañas ocuparon  Siria y casi toda el Asia Menor, llegando hacia finales del siglo XI  frente a la misma Constantinopla, en la otra orilla del Bósforo; casi simultáneamente, los normandos de Sicilia expulsaban a los bizantinos de sus últimas tierras en el sur de Italia y amenazaban a Grecia. Y en 1090 Bizancio vivía horas muy difíciles, con los pechenegos  ante su capital.

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Falacias del europeísmo

*Blog I. Cómo me metí a historiador / Jesús Salas Larrazábal: http://gaceta.es/pio-moa/meti-historiador-jesus-salas-larrazabal-20042016-0019

Programa del domingo pasado en Cita con la Historia fue sobre la División Azul. El del próximo domingo tratará el diálogo de la Iglesia con el marxismo a raíz del Concilio Vaticano II. En Cadena Ibérica, FM 99.3   domingos de 16.00 a 17.00, y miércoles de 22,00 a 23,00 Ver www.citaconlahistoria.es

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Por europeísmo se entienden cosas distintas, desde la conciencia de unas raíces culturales comunes hasta la pretensión de unificar políticamente Europa en una federación o similar. En el primer aspecto, es evidente que Europa se forjó culturalmente como el continente cristiano en pugna, durante siglos, con invasiones paganas o islámicas, creando una civilización que se ha extendido por gran parte del mundo. Pero el actual europeísmo busca, paradójicamente, anular esas raíces en una especie de  neorreligión laicista, a menudo muy hostil al cristianismo. Se asocia además a la pretensión de crear una superpotencia con el correspondiente nacionalismo, que sustituiría a las naciones históricas y acabaría con ellas en un plazo más o menos largo. Asimismo los idiomas serían paulatinamente desplazados (ya lo están siendo, aceleradamente) por una hegemonía irrestricta del inglés. Los argumentos principales para justificar esa deriva son que de ese modo  se acabaría con las guerras dentro de Europa, como demuestra que no haya vuelto a haberlas según ha ido aumentando la unidad económica y política; y que en un mundo “globalizado” solo puede competirse mediante grandes unidades políticas y económicas; y que la nueva Europa tendría un papel ejemplarmente pacífico en el mundo.

   Creo que los tres argumentos son falacias justificativas. No es cierto que el proceso europeísta en Europa occidental haya impedido nuevas guerras  europeas, pues la causa real de la ausencia de ellas después de la II Guerra Mundial ha sido la tutela de Usa y su paraguas atómico. Tampoco es cierto que esos países, al parecer ansiosos de unificarse,  se hayan mostrado especialmente pacíficos. Francia mantuvo largas, duras y finalmente desastrosas guerras coloniales. Lo mismo, aunque algo más atenuadamente, Holanda, Portugal e Inglaterra. Aún son recientes las guerras en  la extinta Yugoslavia, es decir, en Europa, que la UE no ha impedido, sino en cierta medida atizado. Y ahora mismo, los países de la UE participan  o atizan  guerras en Siria, Mali, Afganistán, hace muy poco en Libia, aparte de su responsabilidad en las espeluznantes matanzas de Ruanda, etc. No quiero decir con ello que esas contiendas e intervenciones estén más o menos justificadas en algunos casos; solo quiero señalar que  considerar a la UE como un factor que impediría las guerras no pasa de ser una peligrosa fantasía publicitaria. El mundo dista de ser una balsa de aceite, y, precisamente por los intereses “globales” de la UE,  está interviniendo y previsiblemente seguirá haciéndolo allí donde esos intereses se vean amenazados 

   Por otra parte, el europeísmo actual se ha ideado como remedio a las tradicionales pugnas francoalemanas, causantes de guerras muy sangrientas, y no deja de resultar una ironía que los antiguos rivales se pongan de acuerdo para asegurarse el predominio sobre el resto del continente. Pues la UE  abarca además a países muy disímiles y difícilmente podría articularse y  funcionar  sin la hegemonía de  sus dos principales potencias, Alemania y Francia. Hay además un elemento de  fraude esencial en la pretensión del europeísmo de representar a Europa. La UE no es Europa, solo una parte de ella. Europa incluye, por ejemplo, a Rusia, muy difícil de integrar en el conjunto y que ha tenido sus propias guerras; y muchos quieren  extenderla a Turquía, un país de cultura ajena a la europea y con sus propios conflictos.

   Por lo demás, el argumento del tamaño como factor de peso y competitividad, puede valer para pensadores de “la economía lo es todo”.  Pero encontramos países tan pequeños como Suiza, Noruega, Israel o Singapur más competitivos, proporcionalmente, que la Unión Europea. Y dentro de esta son muy claras las diferencias entre Grecia y Suecia, entre Alemania e Italia o entre Francia y España.  Medidas unificadoras como el euro han causado un auténtico desbarajuste. España estaba saliendo de la crisis dejada por el PSOE y saneando su economía perfectamente con su peseta, y la entrada en el euro, presentada con total irresponsabilidad como garantía de prosperidad sin fin, volvió a enfermar la economía hasta conducir a la crisis actual.

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Oratores, bellatores, laboratores.

 Blog I Fin de mi trabajo como historiador: http://gaceta.es/pio-moa/trabajo-historiador-17042016-1703

Hoy en Cita con la Historia reponemos la sesión sobre la División Azul. www.citaconlahistoria.es

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     A lo largo de aquellos tumultuosos siglos fue cobrando forma una sociedad nueva, muy distinta de la romana. No fue algo planeado, sino producto espontáneo de las  duras circunstancias, que tan en primer plano habían colocado al clero y a los guerreros. El sistema fue racionalizado en la división en tres estamentos o estados, los oratores o clérigos, bellatores o guerreros,  y los laboratores o trabajadores. Los primeros  procuraban con sus rezos la salvación de la sociedad; los segundos la defendían por la fuerza de sus enemigos; y los terceros aseguraban el sustento común. La división no era rígida: los laboratores podían ser llamados a actuar como bellatores, y lo mismo hacían a veces los oratores, los cuales también obraban como laboratores en los monasterios.

   Como hemos visto, los clérigos desempeñaron el papel clave organizando a las poblaciones mediante los obispados y la malla de monasterios extendida por toda Europa, salvaguardando en lo posible el legado grecolatino y expandiendo su fe, la enseñanza y la civilización en general. Pero, por más que predicasen la paz  y convenciesen a muchos, los oratores no habrían subsistido sin la acción guerrera, que rechazaba a los agresores foráneos y protegía los avances misioneros. A su vez, los bellatores, por su mera dinámica, solo habrían causado una incesante formación y destrucción de reinos bárbaros como, por lo demás, ocurrió en parte. Los pequeños ejércitos privados de los nobles movilizaban a sus campesinos cuando hacía falta, sirviendo como medio limitado de promoción social.

    Y, aun con frecuentes abusos, los trabajadores fueron mejorando su situación al debilitarse la esclavitud  y sobre todo en los períodos de paz, que se harían más largos desde finales del siglo X, cuando el Occidente entró en una nueva edad, más estable. La masa de este tercer estamento la componían  los campesinos, libres o siervos, e incluía también a los artesanos y comerciantes.  La especialidad del campesino era el trabajo físico, desdeñado por los nobles, aunque no por los monjes;  y los reducidos a servidumbre de la gleba mantenían  con los terratenientes una relación contractual. A menudo oprimidos y exprimidos, tenían no obstante derechos y al menos existían obligaciones mutuas con los señores.  Los siervos no podían moverse de su tierra sin permiso del amo, pero este debía protegerlos, no podía expulsarlos ni tenia derecho de vida o muerte sobre ellos. A cambio podía exigirles servicios, a menudo onerosos. El siervo  trabajaba sus campos y los del amo, retenía parte de los  frutos de este y mantenía una autonomía limitada, por contrato hereditario. La servidumbre constituía un avance  sobre la esclavitud y contribuía a aumentar la producción, al interesar al siervo en ella.  Había campesinos libres, pero sujetos a cargas, en especial militares. Estas relaciones nacían de la extrema inseguridad de la época: los nobles y otros señores brindaban protección y legalidad a cambio de servicios o de servidumbre

   Esta división social se extendió por todo el oeste europeo, con variantes secundarias no siempre irrelevantes. Fue formulada conscientemente por Alfredo el Grande de Inglaterra a finales del siglo IX, como racionalización de un estado de hecho. Ya Isidoro de Sevilla expresa una idea parecida, en la que la sociedad se sostendría dividiendo  a sus miembros según misiones básicas jerarquizadas. En San Agustín, la división social reflejaría de modo muy imperfecto el orden perfecto de la Ciudad de Dios. El sistema recuerda el de castas creado por los arios en La India, aunque aquí no se trataba de verdaderas castas, pues aunque lo común era que quien naciera en un estado social permaneciera en él, había posibilidades de cambio y promoción, en particular a través del clero. Como este era célibe, debía nutrirse de los otros dos órdenes y principalmente del tercero, más numeroso; además, la prédica cristiana de  igualdad y dignidad personal contribuía a ello. Dentro del clero, los puestos dirigentes solían ocuparlos personas de origen noble, pero también los alcanzaban algunos de origen pobre. Otro modo de promoción fue el comercio, muy arriesgado debido al bandidaje y las exacciones de los nobles, pero que permitía a los traficantes con suerte adquirir  fortuna e influencia. Los judíos tenían una ventaja particular, porque  sus pequeñas comunidades dispersas por varios países les permitían formar una red de contactos e informaciones ad hoc.

    La división en tres funciones no revela a quienes realmente ejercían el poder. Este recaía en una oligarquía compuesta del rey y los nobles bellatores, más, no siempre en segundo término, de los  obispos y grandes abades, el nombramiento de los cuales se disputaban el Papado y los reyes. Los laboratores solo podían compartir algo de poder si la buena suerte comercial les permitía convertirse en potentados  y prestar dinero a los poderosos, cosa muy poco frecuente. Las ideas entonces predominantes consideraban un abuso o usura el préstamo de dinero a interés, que llevó a muchos a la ruina. La condena de tal práctica contribuía a mantener la sociedad con pocos cambios.

   En conjunto, aquella división trifuncional, racionalizada, daba  estabilidad y sentido  a la sociedad, por lo que, a pesar de todas las conmociones, injusticias y abusos, permanecería,  más o menos modificada y con crisis y variaciones territoriales, hasta finales del siglo XVIII, en que la Revolución francesa dio comienzo a un nuevo orden.

El sistema, conocido como feudalismo, creaba una aguda rivalidad entre el gobierno monárquico y el de los señores. El disperso poder señorial limitaba el del monarca o del emperador, impidiéndole hacerse absoluto; pero a su vez pesaba duramente sobre  los laboratores, “el pueblo”, que prefería por lo común el poder monárquico, más suave y alejado. Esta tensión iba a caracterizar largo tiempo la historia europea. 

   De este modo, la naciente civilización ofrecía tres fuertes tensiones: entre el poder religioso y el político, manifiesto, entre otras cosas, en las pugnas entre el Papado y el Imperio por nombrar (y controlar) los altos cargos eclesiásticos; y dentro de la religión, entre la fe y la razón heredada de la cultura grecolatinal poder político; y en el ámbito político, entre los monarcas y los señores feudales. Esta triple  tensión se manifestaría en conflictos a menudo sangrientos, pero también en un extraordinaria florecimiento cultural e intelectual cuando el cese de las invasiones diese lugar a un largo período más pacífico y próspero.

   La Edad de Supervivencia, entre los siglos V y XI, quedaría nebulosamente en la memoria colectiva como un tiempo en que a la estrechez de la vida práctica se superponía un mundo de empresas arduas y gloriosas, de predestinación, hadas, príncipes, amores y tragedias, que no dejaría de inspirar, recurrentemente, la cultura europea, como contrapunto de la fe cristiana y del racionalismo grecolatino. Época de milagros, épica, magia y leyendas mezcla inextricable de mito y realidad, de cristianismo y paganismo. Parte de aquel mundo, sería recogida o recreada siglos después por poetas y monjes deseosos de salvarlo del olvido, en cantares de gesta, sagas,  narraciones célticas, ya aludidas. Todas ellas introducen un ambiente semionírico de sentimientos intensos y peculiar atractivo. El acervo de cantos y relatos legendarios de la Hispania goda, que sin duda existió, se perdió irremediablemente con la invasión árabe, quedando como un eco las narraciones posteriores sobre  la pérdida de España, la traición de Don Julián y del obispo Oppas, la violación de Florinda la Cava por Don Rodrigo, otras en torno a Covadonga o Roncesvalles, etc.   

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14 de abril de 1931: golpe de estado monárquico contra la monarquía

En la madrugada del 12 al 13 de  abril de 1931,  los miembros del “gobierno provisional” republicano salían contentos de la Casa del Pueblo de Madrid, donde habían seguido la jornada electoral. Miguel Maura caminaba con Largo Caballero y Fernando de los Ríos, el cual dijo que el triunfo en las capitales de provincia les daba esperanzas para las elecciones generales previstas para octubre. Maura miró a Largo y “con asombro vi que asentía. Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que  antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando”. Me llamaron iluso y nos despedimos. Al día siguiente  seguía sin convencer a sus compañeros “Me miraban como a un pobre iluso o a un demente que soñaba despierto. Puedo afirmar que durante todo el día 13, el único del Comité que creyó y obró seguro de la victoria definitiva, fui yo, a pesar de los rumores y las alarmantes noticias, en su totalidad falsas, que los correligionarios despistados nos traían sobre la inminente reacción del rey y del ejército contra nosotros”.

    En realidad, el gobierno estaba resuelto a no tolerar las indecisiones de los republicanos. A medianoche  del 12 al 13  los ministros se reunieron informalmente en Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia civil. Según Lerroux, Romanones le preguntó si podría responder de sus fuerzas para controlar posibles desórdenes. Sanjurjo respondió : “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella” “Todo estaba perdido”, asegura Romanones. Berenguer, ministro de la Guerra,  faltó a la reunión, pero no mostró menos resolución que los otros. Sin consultar a sus colegas envió un telegrama a las autoridades militares de provincias  haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” e instándolas a “seguir el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional”. En suma, antes de que amaneciera, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, llevados de un vehemente deseo de “acatar la voluntad nacional” habían desahuciado por su cuenta y riesgo al régimen que teóricamente defendían, y que casualmente había ganado las elecciones.  

  Al amanecer del día 13, Romanones acudía a palacio: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: “Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Maura con justeza: “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado y antes de que la calle mostrase síntomas de efervescencia, el Romanones  estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha”. Y por la tarde Aznar hacía su famosa declaración sobre el país que se acostaba monárquico y se levantaba republicano, que en la práctica era un llamamiento a los republicanos a tomar la calle.   

Por la tarde del día 13 se formaron grupos  partiendo del Ateneo y de la Casa del Pueblo, que trataban de congregar a más gente mostrando un telegrama falso, según el cual el rey había huido precipitadamente a hacia París. La consigna de “¡Ya se fue”! ¡Ya se fue!” iba congregando por la calle a más y más gente, que afluyó a la Puerta del Sol y al Palacio de Oriente. Apenas hubo incidentes, porque las fuerzas de orden público permanecieron pasivas.   

A primera hora de la mañana del 14,  Romanones enviaba al rey  esta nota: “Los sucesos de esta madrugada hacen temer a los ministros que la actitud de los republicanos pueda encontrar adhesiones  en elementos del Ejército y fuerza pública (…) y  se produzcan sangrientos sucesos. Para evitarlo (…) podría V. M. reunir hoy al Consejo (…) y el mismo reciba la renuncia del rey, para hacer ordenadamente la transmisión de poderes”. La nota tiene un aire intimidatorio, y observa de nuevo Maura: “Los sucesos de esta madrugada… ¡No sé cuáles pudieron ser, porque ninguno digno de ser recordado había surgido en el curso de la noche! Pero era lógico que  había que apoyar en algo extraordinario el argumento que motivaba la nota”.  

  Lo anterior lo copio de mi libro  Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Si hubiéramos de personalizar los elementos más decisivos de aquellas jornadas los encontraríamos en Miguel Maura y el conde de Romanones.  Maura olió enseguida la quiebra política y moral de la monarquía y arrastró a sus colegas del “gobierno provisional” a tomar el poder, que, como él señala, “nos regalaron”. Romanones, fue quien desde dentro del gobierno intimidó principalmente  al rey para que se marchase (sin contar la extraña conducta de Berenguer, Sanjurjo, Aznar y otros). Solo La Cierva advirtió al monarca: “El Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas  y sangre en España. Es lo contrario, señor”.  Maura había sido monárquico hasta poco tiempo antes, y Romanones parecía un pilar de la monarquía. ¿Por qué obró de esa manera?

 El socialista y masón distinguido Juan Simeón Vidarte expone en sus memorias una pista casi nunca citada, pero interesante, ya que no demostrativa: ”Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) “Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza”. Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos” (Vidarte: No queríamos al rey. Grijalbo, 1977. Páginas 227-8).   

Se de ello lo que fuere, es cierto que la masonería  consideró la II República como un régimen propio. También lo es que Marañón criticaría la frivolidad  de quienes, como él mismo, habían contribuido a traer aquel caos. Con la experiencia de lo hecho, llamaría a los  líderes republicanos “cretinos criminales”,  en quienes “Todo es  latrocinio, locura y estupidez”, “estupidez y canallería”,  “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos y por haber creído en ellos”.    

En cualquier caso, la república nació con plena legitimidad, ya que fueron los monárquicos quienes dieron un golpe de estado contra la monarquía,  despreciando y engañando a sus propios votantes y regalando el poder a los republicanos.  Con ello  retrataron su falta de fe en sí mismos,  y realmente la monarquía quedó tan desprestigiada que si no fuera por Franco  habría tenido muy pocas posibilidades de volver. Un caso único en el siglo XX, tanto el modo como se hundió como su reinstauración.  

¿Cuál es la razón de aquella asombrosa quiebra moral? Principalmente la legitimidad. Los republicanos esgrimían la bandera de la democracia, que en el siglo XX se ha ido convirtiendo en la única legitimidad generalmente aceptada, mientras que los monárquicos y la derecha, aunque liberales, desconfiaban de ella, si bien la aceptaban (la Restauración  fue uno de los primeros regímenes de Europa en adoptar el sufragio universal, y la CEDA aceptó igualmente la república, si bien a disgusto). Lo chusco, por así decir, del caso es que lo que llamaban democracia las izquierdas era algo directamente opuesto a lo que normalmente se entiende por tal. De modo extremadamente simple, la democracia consistiría en que mandaran ellos, pues para eso eran “el pueblo”. Los monárquicos se sentían sin respaldo político-moral, sencillamente. En un libro próximo, para la Feria del Libro, La guerra civil y los problemas de la democracia en España, abordo estas cuestiones, que creo nadie ha abordado algo en serio todavía. 

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