Blog I: Balance de una chusma política / Académicos / Blas Infante, profeta. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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En una reciente conferencia en el Centro de la Rioja, Guillermo Rocafort explicó cómo el paraíso fiscal de Gibraltar absorbe el capital y seca la economía de la zona circundante (la wikipedia, señaló, afirma descaradamente lo contrario), de modo que Cádiz es la provincia española con más paro. Dio gran cantidad de datos sobre los medios fraudulentos e ilícitos como el peñón se enriquece en perjuicio de nuestro país. Una colonia inglesa que a su vez está colonizando en gran medida España, una España que nuestros políticos se empeñan en gibraltarizar.
Pero hay otro punto al que no sobra prestar atención: el papel de Gibraltar en el fomento de los separatismos peninsulares. Durante años, Gibraltar ha albergado y pagado reuniones de separatistas vascos, catalanes, andaluces y otros, cuyo objetivo no hará falta explicar. Las reuniones solían tener lugar los 10 de septiembre, vísperas de la Diada. Y Gibraltar es Inglaterra, nuestra “aliada”. Tendría el mayor interés exponer esas actividades en concreto, pues a Inglaterra siempre le ha interesado la debilidad hispana (la independencia de Portugal fue en parte obra suya, el plan de secesión de Andalucía en tiempos de Felipe IV, en coordinación con el portugués, iba a ser amparado también por una flota angloholandesa, y en la Guerra de Sucesión Londres intentó hacer algo parecido con Cataluña).
La colonia de Gibraltar nos convierte, en la OTAN y en la UE, en un “aliado-lacayo”. Cosa lógica cuando nuestra chusma política se empeña en desprestigiar a España de mil modos distintos.
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DESTRUCCIÓN DEL IMPERIO ESPAÑOL
Como vamos a comprobar, la masonería cobró cariz patriótico en algunos países, pero parece claro que no lo hizo en modo alguno con respecto a España. Un libro divulgativo del jesuita filomasón Ferrer Benimeli explica en la contraportada: “La historia de la Masonería en España es, ante todo, la historia de su persecución”. Como veremos, no es lo que se dice una apreciación histórica muy próxima a la realidad.
La orden no aparece en España hasta principios del siglo XIX, aunque a lo largo del anterior algunos ingleses y otros extranjeros fundaron logias, varias militares a partir de Gibraltar, que alcanzarían influencia en Andalucía. Pero en las logias del siglo XVIII apenas entraron españoles. Con cierta despreocupación por el rigor histórico, se ha dicho que el conde de Aranda o el mismo Carlos III eran hijos de la luz, solo por haber expulsado a los jesuitas. Pero no hay la menor prueba de su masonismo, más bien al contrario, y dicha expulsión revela, nuevamente, que no hace falta pertenecer a la orden arquitectural para adoptar determinadas políticas.
El panorama cambió con la Guerra de Independencia, quedando como legado de ella numerosas fraternidades. Entre las tropas británicas y francesas –enfrentadas entre sí– abundaban las logias, las cuales se implantaron también en el ejército español (no deja de ser una ironía que Wellington, un masón, luchara contra ejércitos franceses abundantes en hermanos suyos de fe). El Consejo de Regencia relacionado con las Cortes de Cádiz prohibió la masonería, mientras que el rey José, impuesto por Napoleón, fue el primer Gran Maestre de una masonería de españoles, formada para defenderle de los patriotas.
Entre tanto, el Imperio español fue destruido en su mayor parte, y si el influjo de la Fraternidad en las revoluciones useña e inglesa ha solido ser abultado por encima de la realidad, en cambio no hay duda del carácter masónico que tomó la lucha por la independencia en las posesiones españolas. Los principales próceres de la rebelión, Miranda, San Martín, O´Higgins, Bolívar, Sucre, Santander, Nariño, probablemente Hidalgo, Morelos y otros, fueron iniciados y fundaron nuevas logias volcadas de lleno a promover la rebelión, y lo hicieron seguramente con relaciones y apoyo de las fraternidades inglesa y useña, pues ambos países estaban interesados en aniquilar el Imperio español. Francisco Miranda, el Precursor, entró en la masonería cuando colaboraba en Usa con los insurrectos antibritánicos. Desde entonces dedicó su vida a luchar contra España en América. Viajó por Europa, donde participó en las luchas de la Revolución francesa, para aprender cuanto pudiera serle útil a su objetivo y establecer amplias relaciones internacionales. Ya en 1798 fundó en Londres una logia llamada Gran Reunión Americana o, algo inapropiadamente, De los Caballeros Racionales. Su objetivo era instruir y captar a personajes de algún peso político para encabezar en su momento la revuelta. Para entonces, Miranda estaba pensionado por el gobierno inglés, del que era, por tanto, agente pagado. De sus Caballero racionales derivó la Logia Lautaro, extendida a Cádiz. El nombre lo propuso el chileno O´Higgins, por un caudillo araucano que luchó contra los conquistadores. A ella pertenecieron la mayoría de los jefes independentistas. Debido a que estas sociedades se centraban en la conspiración política y prestaban menos atención a los rituales, algunos autores les han negado carácter “realmente” masónico, pero se trata de una matización irrelevante. Miranda y otros se habían iniciado antes, y crearon las nuevas logias sobre el mismo modelo, aparte de que la Masonería siempre mostró avidez por la política.
El Precursor tenía aspiraciones de grandeza: unir la América española y portuguesa en un magno imperio hereditario llamado Gran Colombia en honor a Colón y regido por un emperador titulado “inca”, por atraerse a los indios. Pensó también en fórmulas republicanas. En 1806 reclutó algunos mercenarios en los barrios bajos de Nueva York, y con tres barcos y apoyo inglés, intentó sublevar Venezuela. Casi nadie le siguió allí y tuvo que volverse a Londres. En 1808 planeó una nueva expedición, conectada con otra que preparaba Inglaterra al mando de Wellesley, futuro duque de Wellington, para atacar la América hispana. Pero entre tanto los españoles se sublevaron contra Napoleón, y Londres priorizó la ayuda a los sublevados, desviando a Wellesley a la península y frustrando así el proyecto de Miranda.
Pese a estos fracasos, la guerra en España, con el desorden creado y la mayor dificultad de las comunicaciones transatlánticas, favoreció extraordinariamente los proyectos masónico-independentistas. En 1810 comenzaron las intentonas de Bolívar y Miranda en Venezuela y de Hidalgo en Méjico. Ambas fracasaron, y Bolívar no dudó en traicionar a su hermano Miranda y entregarlo a los españoles. No obstante, las rebeliones continuarían durante catorce años, con tres fases. Hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos, por lo que las luchas opusieron a los independentistas con las pequeñas tropas virreinales y la mayoría de la población, de sentimientos prohispanos. A fin de cavar un foso entre los americanos y los españoles, Bolívar decretó contra estos una guerra de exterminio que estuvo cerca de volverse en su contra cuando el llanero Boves la aplicó a los independentistas. Luego, el Río de la Plata se independizó de hecho. Derrotado Napoleón, desde 1815 se abrió la segunda fase, al permitir el envío de más tropas desde la península. Pero España estaba devastada y no podía hacer mucho. Aun así, Bolívar estuvo muy cerca de la derrota, salvándole el auxilio de unos miles de soldados y oficiales británicos bien adiestrados. En 1819, la rebelión avanzaba, y al año siguiente, España reunió con gran esfuerzo entre 15.000 y 20.000 soldados para enderezar de nuevo la situación. Teniendo en cuenta que en América lucharon por ambas partes contingentes reducidos, pues la batalla mayor no reunió a más de 7.000 hombres por cada parte, y generalmente fueron muchos menos, aquellas tropas podían haber decidido la pugna. Pero entonces otro masón, el coronel Riego, que mandaba parte de los soldados españoles impidió su embarque sublevándose en uno de los primeros pronunciamientos. El golpe dio paso a la tercerta etapa , en la que llevaron las de perder los partidarios de España, incluyendo muchos indios que fueron masacrados por los rebeldes. Y en pocos años la independencia fue un hecho. Aprovechando la situación, Usa se apoderó de la Florida, ofreciendo después su compra por cinco millones de dólares, que Madrid, incapaz de defenderla, aceptó.
Durante estas guerras y después, los independentistas cultivaron un odio frenético a España y a los españoles –sus antecesores–, mientras se proclamaban caprichosamente herederos de las tribus y estados indios. Sobre los hispanos vertían los peores epítetos: “estúpidos, feroces, viciosos, supersticiosos”, “raza maldita” (era la suya propia), “nación inhumana y decrépita”, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, etc. Según Bolívar, España aspiraba en el Nuevo Mundo a aniquilar a sus habitantes y cualquier vestigio de civilización. Se hablaba de la disolución de la lengua española en otras nuevas sucedió con el latín. En gran parte era la herencia de las demenciales calumnias de Las Casas, base de la Leyenda Negra cultivada con fruición por los protestantes y por Francia, por supuesto también por la masonería de ambos países, de Usa y otros. El objetivo de los independentistas consistiría en “desespañolizarse”, como explicaba el Evangelio Americano de Francisco Bilbao, asimismo masón.
Naturalmente, sobre la aniquilación del legado español esperaban construir una sociedad esplendorosa, pero no tuvieron suerte. La América hispana de finales del siglo XVIII era quizá más rica que Usa, pero la relación se invirtió pronto desastrosamente. En 1823, el pujante vecino del norte se permitía declarar la Doctrina de Monroe, cuyo sentido real consistía en ejercer una especie de protectorado sobre todo el continente. El plan de la Gran Colombia fracasó enseguida, originando varias naciones mal avenidas entre sí, sometidas a frecuentes golpes de estado y disturbios civiles. El propio Bolívar declaró abiertamente su desconfianza en la moralidad de sus seguidores, si bien él no había sido un modelo de templanza y veracidad. En 1829, pocos años después de su victoria, declaraba: “La América entera es un cuadro espantoso de desorden sanguinario. Nuestra Colombia marcha dando caídas y saltos, todo el país está en guerra civil. En Bolivia, en cinco días ha habido tres presidentes y han matado a dos...”. Y se lamentaba, en carta a un general amigo: «La América es ingobernable para nosotros. El que sirve una revolución ara en el mar. La única cosa que puede hacerse en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos. Devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. Llegó a sostener, poco fielmente: Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones, y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho contra los españoles». La proliferación de sociedades secretas masónicas o a imitación de ellas le llevó a prohibirlas, argumentando que “sirven especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública y el orden establecido; ocultando ellas todas sus operaciones con el velo del misterio, hacen presumir fundadamente que no son buenas ni útiles a la sociedad”. Como masón, no le faltaba experiencia al respecto.
Otro político e intelectual, Domingo Sarmiento, El educador de la Argentina, también masón, decía en sus Recuerdos de provincia: “Treinta años han transcurrido desde que se inició la revolución americana; y no obstante haberse terminado gloriosamente la guerra de la independencia, vése tanta inconsistencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material y moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”. Curiosa mudanza de lo que había sido el Imperio español, uno de los más pacíficos e internamente estables de la historia en sus casi tres siglos de existencia. Y contraste también con el impulso triunfante de Usa, en cuya revolución habían querido inspirarse los independentistas.
