Otoño de 1943: el franquismo sufre amenazas internas y externas cada vez más serias, a pesar de lo cual se consolida 205 – El franquismo se consolida frente a amenazas internas y externas – YouTube
*****************************
Antifranquismo europeo
La casi imposible traducción de Los mitos de la guerra civil a otros idiomas destapa algunas cuestiones, en particular la del antifranquismo europeo, que tanto influyó desde la transición para distorsionar nuestra historia reciente y paralizar una respuesta. Ya bastante antes de la transición se había impuesto un “europeísmo” ignaro y bastante palurdo, según el cual España no era Europa, o lo era de modo muy deficiente, y debía entrar en ese presunto paraíso para salir de su atraso y miseria histórica. Por lo tanto, las opiniones e impresiones que vinieran de allí eran aceptadas con algo parecido a la fe del carbonero. Y cuando unos políticos corruptos e incultos nos hicieron “entrar en Europa”, parecía que España había llegado a la culminación de su carrera histórica.
Ya he señalado que los mitos o seudomitos de la guerra civil pesan como dogmas en esos países, mucho más que en la propia España. Y no es difícil entender por qué. La II Guerra Mundial fue una especie de suicidio de Europa, en el que España, casualmente, no participó, gracias a Franco y su régimen. ¡Qué atrasados estábamos, y qué poco solidarios! Y esa crucial abstención en aquella guerra (en la que España solo podría haber entrado como carne de cañón de otras potencias), resulta en esos países un pecado imperdonable. La idea básica es que la guerra fue una especie de cruzada contra el nazismo, como si este fuera ajeno a Europa, y lo más indigerible para las oligarquías políticas e intelectuales de esos países es que la España de Franco, a la que tozudamente quieren identificar con la Alemania de Hitler, no hubiera sido aplastada junto con esta. Eso les parece tal injuria que diversos hispanistas se han especializado en “demostrar” que España “tenía que” haber luchado al lado de Alemania, que Franco lo deseaba pero que, de algún modo extraño, no lo logró. Lo condenan por las intenciones que le inventan. El odio a Franco era y en gran parte sigue siendo feroz: solo hay que recordar las ingentes y amenazantes movilizaciones en favor de la ETA con motivo de algunos juicios a los pistoleros.
Esta falsificación de la historia tiene otro trasfondo: en Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica o Francia, la colaboración con los ocupantes nazis fue mucho más amplia que la resistencia a ellos; y no se liberaron por sus esfuerzos, sino por el ejército useño, e indirectamente, pero aún más importante, por el soviético. Deuda moral, histórica y política impagable… que España no tiene: ¿cómo podía tolerarse tamaña insolencia? Y el ejemplo de la resistencia inglesa no debe hacer olvidar que fue la URSS de Stalin quien, en definitiva la salvó cuando se encontraba cerca del colapso. Stalin y, casualmente, la neutralidad de Franco. Una deuda tan pesada y evidente que simplemente no puede ser admitida. Para colmo, el franquismo salvó de la persecución nazi a decenas de miles de judíos, mientras las democracias anglosajonas se desentendían de su suerte… ¡Intolerable!
España , pues, al revés que casi todo el resto de Europa, no tuvo que ser liberada por nadie, porque se había liberado sola. Y llegó a la democracia (hoy degradada por el antifranquismo) por evolución propia, no por bombardeos ajenos. Por tanto, ha sido el garbanzo negro en los guisos de posguerra. En los que el país tuvo que soportar un aislamiento criminal montado al alimón entre la URSS y los países europeos liberados (por otros). Pero la España de Franco derrotó esos intentos como había derrotado la sovietización y disgregación del país. Nunca tuvimos necesidad de “entrar en Europa” porque, para bien y para mal, siempre estuvimos en ella, y como parte no insignificante. Claro que eso nunca lo han entendido los desdichados políticos desde la transición, que forman precisamente el elemento no europeo del país: donde nos han metido es en la bananolandia de Latinoamérica, como les gusta llamar a la degradada América hispana.
Volviendo al principio: la enorme dificultad para traducir Los mitos y otros libros míos a otras lenguas europeas reside en un antifranquismo prevaleciente en ellos, que, como decía Aquilino Duque, es la penúltima manifestación de la leyenda negra.
*********************************
Un día en la vida.
Hay novelas cuya acción transcurre en un solo día. Recuerdo con vaguedad una en que el protagonista encuentra el éxito, el amor y la muerte en una jornada, pero la más famosa es seguramente Un día en la vida de Iván Denísovich, de Solzhenitsin. Esta trata de la brutal injusticia burocrática que ha condenado a un hombre a sobrevivir día a día en las infames condiciones del GULAG. Iván, que tiene algún mínimo privilegio, no encuentra otro éxito que sobrevivir un día más, aumentando un poco su ración de kasha y algún otro alimento, en una perspectiva sin apenas esperanza de salir vivo de aquella situación. Su jornada resumía su vida. La novela describe un universo infernal que intentaban ocultar los innumerables intelectuales y políticos progres en la Europa del oeste: recuérdese un reconocido y alegre escritorcillo muy celebrado en España criticando a los soviéticos por haber dejado salir a Solzhenitsin del GULAG, en medio de una tremenda escandalera de intelectuales y periodistas de la izquierda “fina”, incluso de derecha, por haberse atrevido el ruso a explicar en Madrid el régimen soviético. En 1976.
Dejando aparte méritos literarios, Cuatro perros verdes coincide con la novela citada (y otras) en que transcurre en un solo día, con la originalidad de que los protagonistas son cuatro al mismo nivel y no uno o una pareja, como suele ser más común. El trasfondo social y político es también radicalmente distinto, a pesar de que muchos quieren pintar el franquismo como un régimen brutal. Los protagonistas se asoman a la vida con una intensa sensación de libertad y esperanza, solo ensombrecida por algunas consideraciones teóricas sobre su sentido y alguna experiencia traumática de uno de ellos. Aquellas consideraciones existencialistas habrían parecido irrisorias a Iván Denísovich pero en la España de esos años cobraban una significación profunda. La tesis implícita en la obra de Solzhenitsin es la denuncia de un régimen cuya lógica y práctica tiende a destruir lo propiamente humano, mientras que en Cuatro perros verdes no hay una tesis precisa, sino la confrontación de cuatro (o si se quiere ocho) enfoques de la vida, sin que ninguna prevalezca. La tesis sería, en todo caso, la ausencia de algo definitivo a lo que agarrarse para entender la existencia, como dato propio de la condición humana. Por otra parte, la condensación del relato en una sola jornada no es un simple recurso literario, tiene un objeto propio, que he intentado poner de relieve en la afición de uno de los estudiantes a contemplar las salidas y puestas del sol.
*********************************
Poder y democracia (II)
7. La misión y justificación del poder consiste, idealmente, en mantener el orden social buscando el equilibrio o justicia entre los diferentes intereses, sentimientos, etc. presentes en la sociedad. Para ello ha de poseer una capacidad de violencia superior a la de cualquier grupo particular aglutinado en torno a tales o cuales intereses, sentimientos, etc. Esa capacidad de violencia para imponer su autoridad, se justifica siempre por el grado de orden o justicia pretendido.
8. El poder existe en todas las culturas, pero en el estadio de civilización se va conformando como un aparato institucional que llamamos estado, con capacidad para elaborar normas y leyes, para hacerlas cumplir mediante una fuerza armada, y con un sistema de justicia que permita dar salida no violenta a los infinitos conflictos particulares que genera la propia sociedad.
9. El poder puede adoptar y ha adoptado históricamente diversas formas, pero la división tradicional entre monarquía, aristocracia o democracia (con sus correspondientes degeneraciones en tiranía, oligarquía y oclocracia), no responde a ninguna realidad. Cualquiera que sea su forma, el poder siempre es oligárquico, es decir, ejercido por un pequeño grupo. A su cabeza se encuentra casi siempre una sola persona, “monarca”. Y se justifica idealmente por lograr el consentimiento de una mayoría de la población lo que le da un tinte “democrático”. Así, todo régimen estable tiene un triple rasgo oligárquico (presuntamente aristocrático), monárquico y democrático.
10. La estabilidad de un régimen nunca puede mantenerse por tiempo indefinido a) Porque la oligarquía nunca es homogénea, sino que en ella rivalizan siempre distintas opciones (partidos o camarillas), y ambiciones particulares. b) Porque cada partido trata de recurrir a grupos más amplios para imponerse a los demás. c) Porque la sociedad, a su vez, no es estable, pues la continua tensión de intereses, ideas y sentimientos, va cambiándola y dejando atrás formas de poder que en un momento o época parecieron irremplazables. e) Porque por fuerte que sea el poder, siempre hay grupos o sectores sociales que escapan a él, desde los delincuentes a los subversivos.
******************************
El tiempo extraño (2)
Alicante resultó una elección muy acertada: en cuanto nos asentamos, entramos en una especie de limbo. La inquietud extrema de Madrid quedaba casi remota, seguíamos buscados por la policía, lo que causaba cierta inquietud, pero muy vaga, porque creíamos que muy difícilmente llegaría a nosotros. Nadie en el resto de la organización sabía donde estábamos, salvo si acaso una persona por cada responsabilidad en Madrid, y quizá ni eso, no recuerdo bien. Entre nosotros tampoco conocíamos el domicilio de los demás, excepto el mío, que volvía a funcionar algo así como sede del estado mayor. Arenas había alquilado un piso a alguna distancia de la Albufereta, en San Juan, donde diez años antes yo había pasado un verano trabajando en la bolera de un hotel, hotel Playa creo recordar que se llamaba.
El ambiente del lugar tenía el aire melancólico de los lugares turísticos fuera de la temporada, con muy pocos bares y comercios abiertos. Después de la comida, Brotons, su mujer, mi compañera y yo “dábamos una vuelta al calor suave del mediodía primaveral, por detrás de las edificaciones de la Albufereta. Las ranas croaban en los canalillos. Cruzábamos los rieles del tren, nos metíamos por entre los pinos, algarrobos, eucaliptos diseminados, paseábamos perezosamente sobre viejas tierras de labor abandonadas, cuyos surcos endurecidos se percibían bajo los matorrales. Sentados en algún tronco seco derribado, escuchábamos a las cigarras y saltamontes. Bromeábamos, aludíamos por encima a la política, a las novedades. Desandábamos hacia la costa, a tomar café en un bar prácticamente solitario. Cuando el agua dejó de estar fría, nos bañábamos en la playa” .
Todo tenía un encanto especial. “Las playas, a poco que uno se alejara, estaban desiertas, quitando a algún pescador solitario en las rocas o algún corrillo de jubilados jugando a la petanca”. Nosotros mismos podríamos parecer jubilados, salvo por nuestra juventud. “Caminábamos por la ribera del divino mar de Teseo y Odiseo, el de Roma y Cartago…”, intentando captar u espíritu evanescente. “El mar, como el cielo estrellado, juega malas pasadas a la teoría”. A la férrea teoría con que explicábamos todo. Discutíamos poco de la situación política, de los preparativos para las próximas elecciones, efecto del referéndum “fascista” que habíamos querido sabotear y que no reconocía la oposición, pese a lo cual se presentaba a ellas. Pero discutíamos quizá más de asuntos filosóficos relacionados con el materialismo histórico y dialéctico. “Hicimos dos o tres excursiones en el trenecillo costero, que consigue identificarse con el paisaje, que no desentona de la serenidad de este. A Altea, a Ifach. Arenas pescaba, disfrutando tranquilo. Paseábamos relajados, con el permanente desasosiego anclado en el trasfondo, sin alborotar”. Raramente íbamos a Madrid
”Al atardecer solíamos citarnos en la cercana Alicante, adonde íbamos a poner conferencias a las comisiones de propaganda, organización y armada”. Recibíamos los informes y dábamos las instrucciones, en un lenguaje figurado, muy raramente íbamos a Madrid. Las conversaciones políticas solían ser someras, “intuíamos que ahondar sería dañino”. Según se acercaban las elecciones, previstas para el 15 de junio, cuando bajábamos a la ciudad veíamos, la propaganda de los partidos, “sus pintadas, carteles… que nos inspiraban comentarios sarcásticos… Hojear la prensa en una taberna cualquiera, tomar unas cervezas, dar vueltas, escuchar música, esas cosas simples, cotidianas, que todo el mundo hace; el sosiego de lo normal y trillado, la pequeña maravilla de lo vulgar y corriente, lo apreciaban nuestros corazones indebidamente inquietos… Las chicas, que, me parece recordar, ninguna estaba fichada por la policía, acudían asiduamente a la biblioteca municipal de Alicante a descubrir autores progresistas del pasado, a los que invocar en la propaganda. También hacían viajes con misiones del partido y se ocupaban en los preparativos del congreso próximo”.
”Aquella etapa me llega nublada a la memoria como una vivencia extraña, mágica. Tiempo después, su recuerdo me hería con una afilada añoranza, con una melancolía mareante por falta de objeto claro”. Los entrecomillados están escritos cinco años después de aquellos sucesos.
.





