
Neutralidad XVI: “globalización” y conflictos: la nueva historia
Tras la implosión de la URSS, el libro de Fukuyama predecía una evolución hacia la democracia liberal en todo el mundo, sin más tensiones que unas resistencias decrecientes a unos impulsos sociales imparables. En teoría las sociedades liberales, modeladas sobre las anglosajonas, combinaban inmejorablemente las libertades individuales y la prosperidad material, y esto las haría atractivas para toda la humanidad. Las nuevas sociedades irían perdiendo sus rasgos nacionales para homogeneizarse sobre unos valores y reglas básicas universales, como pretendía la ideología de la Ilustración. Por si fuera poco, la UE y muy especialmente Usa, gozaban de un poder militar tan completo que nadie podría oponerles una resistencia que no fuera testimonial. El terrorismo daría alguna sorpresa, pero no iría más allá de molestias temporales.
El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfarán sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas El fin de la historia será un tiempo muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la vida de uno por un fin puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que pone de manifiesto bravura, coraje, imaginación e idealismo serán reemplazados por cálculos económicos, la eterna solución de problemas técnicos, las preocupaciones acerca del medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, simplemente la perpetua vigilancia del museo de la historia humana. Puedo sentir en mí mismo y ver en otros que me rodean una profunda nostalgia por el tiempo en el cual existía la historia. Tal nostalgia de hecho continuará alimentando la competición y el conflicto incluso en el mundo post-histórico por algún tiempo.
Para llegar a esa situación haría falta que el ser humano dejara de serlo, y de eso se habla, precisamente. Pero treinta años después hemos visto un panorama muy distinto. Usa y sus aliados han desatado guerras en países resistentes, en especial musulmanes, aplastando fácilmente a sus ejércitos para verse inmersos en conflictos sin salida, costosos y de los que en definitiva han salido derrotados, causando de paso cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Su supremacía militar y técnica, absoluta durante unos años, ha ido relativizándose, y han surgido potencias regionales con ejércitos cada vez más poderosos, como Irán, Pakistán o Turquía, mientras que Rusia ha vuelto a desplegar un poder nuclear comparable al useño; y, sobre todo, China se ha convertido en una nueva superpotencia económica con aspiraciones de influencia mundial y perspectivas militares a tono. No solo ha seguido habiendo guerras, sino que varias las han perdido los superpoderosos mientras se abren posibilidades de otras de mayor amplitud y peligro.
En la nueva historia, el mundo no se ha “globalizado” u homogeneizado en el sentido previsto, sino que se han ido conformando grandes áreas hostiles a Usa y la UE en el ámbito musulmán –que a su vez está penetrando a las sociedades europeas–, en China, posiblemente en India. El Pacífico ha desplazado al Atlántico como principal ámbito comercial y político, lo que acrecienta la decadencia europea. El África subsahariana experimenta cierto desarrollo económico, pero su evolución política e ideológica es enigmática. Y el ámbito hispanoamericano, que prefiere desnaturalizarse en latinoamericano, permanece en un corrupto estancamiento político y cultural, del que surgen ideologías extravagantes y violentas, sin influencia en el resto del mundo.
No menos, incluso más importante, ha sido el proceso de las propias democracias occidentales hacia un totalitarismo de nuevo tipo, manifiesto en leyes que buscan controlar hasta los sentimientos personales, en un nivel de vigilancia y manipulación de la gente jamás visto en la historia, facilitado por medios electrónicos y otros, que dan al poder una dimensión nueva. Y una descomposición de la moral e ideas tradicionales sin que sean sustituidas por otras capaces de generar más consenso que una mezcla de apatía, consumismo obsesivo y hedonismo pedestre. Tocqueville ya previó la posibilidad de esta evolución, que hoy se presenta como pesadilla a cualquier persona alerta.
En medio de este panorama, España sufre tensiones internas como nunca desde la república, acompañadas de satelización política, militar y cultural a otras potencias. Aquí confluyen los efectos de la decadencia europea, con sus nuevos totalitarismos, la creciente agresividad musulmana y el peso, en apariencia muerto, del ámbito cultural creado en el pasado y hoy tan potente demográficamente como insignificante en política o cultura. Todo lo cual nos obliga a preguntarnos cómo superar una inercia que nos arrastra claramente a la desintegración.
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Crónica. Está por ver
**Hay un concepto político-histórico de base que comparten PP, PSOE y separatistas, y es el resumido en el dicho de Ortega: “España es el problema y Europa la solución”. Esta idea, que llevó a la república, volvió a imponerse ya en la última fase del franquismo, para volverse decisiva desde la transición, y está en el fondo de nuestros actuales problemas. Ni Ortega ni sus seguidores ofrecieron nunca un estudio medianamente serio sobre Europa o lo que entendían por tal. Y en cuanto a la historia de España quizá nadie haya escrito más insensateces que Ortega.
** El discurso del rey en 2017 detuvo momentáneamente el golpe de estado, que el PP transformó enseguida en golpismo permanente.
**Macarena Olona dice que el rey nunca defrauda. No defraudó en 2017, pero sí ante la profanación de la tumba de Franco. Ahora está por ver.
**El gobierno de mangantes del Doctor declara a España “país feminista”. Desde luego, mucha histeria en la sociedad sí se advierte. Ellos la han creado.
**VOX pide la reprobación de Yolanda Díaz por sus másteres falsos. ¿No tendría que venir antes el Doctor?
**Dice el Mequetrefe del Máster que el Doctor “tendrá que responder en las urnas” por los indultos. Es la política de siempre del PP: uno ve que están violando a su mujer y sale corriendo a buscar un abogado.
**”Junqueras sale de la cárcel pero no podrá volver a la política hasta 2031″. Este país y su periodismo son el chiste permanente. ¿Cuándo ha dejado el golpista Junqueras de estar en primera línea de la política?
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Galería de charlatanes: (XIII) Tusell y el descrédito académico
Javier Tusell fue un historiador democristiano muy afecto a la línea “progresista” de El País, donde solía pontificar contra el franquismo y pedir la censura para los discrepantes. Era afecto al separatismo vasco y catalán, también democristianos, y propenso a justificar al PSOE (por ejemplo presentando como “salvamento” el criminal expolio del Museo del Prado). Su sectarismo le llevó en 1989 a abandonar muy enfadado el jurado del premio Espejo de España, porque se le había concedido a Ricardo de la Cierva.
No me refiero, claro está, a descrédito de toda la historiografía universitaria, sino sólo a la referida a la república y la guerra civil, cuya muy mediocre calidad intelectual y deontológica he podido comprobar fehacientemente, y ahora, por enésima vez, en un artículo de Javier Tusell, en El País, sobre el revisionismo histórico.
Tusell arremete especialmente contra César Vidal, José María Marco y un servidor, e incluye, sin venir mucho a cuento, a Tamames. El problema para Tusell es éste: “En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención”. ¿Duda? Ninguna. Tusell y otros de su cuerda le vienen concediendo la máxima atención. No la atención que uno esperaría de personas intelectualmente agudas y de espíritu liberal, sino más bien la de grupillos de poder con aspiraciones a monopolizar el cotarro, asustados por la competencia.
En cuanto a mis libros –los otros aludidos hablarán de lo suyos, si lo estiman oportuno–, las réplicas de Tusell y compañía nunca han pasado de exhortaciones a la censura, a sepultarlos en el silencio. El prestigioso historiador Stanley G. Payne, libre de las conocidas servidumbres de la universidad española, lo ha expuesto con precisión: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censuras de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”.
A juicio de Tusell, el nefando revisionista “no parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia, acudiendo a interrogantes inapropiados (…) suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad”. Espléndida descripción inicial, cuyo único defecto es que no la demuestra en ningún momento. Son acusaciones por las buenas, simplemente.
Por descender de la retórica a los hechos, yo he basado lo fundamental de mi investigación en los archivos del PSOE guardados en la Fundación Pablo Iglesias, en especial el archivo de Largo Caballero, en el Archivo de Salamanca y otros, en el diario de sesiones de las Cortes, en las declaraciones de los políticos en la prensa de la época, en los testimonios de los procesos… Es decir, lo he basado en fuentes indiscutiblemente primarias, como sabe muy bien todo aquel que me haya leído, en especial Los orígenes de la guerra civil, que considero la clave del resto de mi obra. Si Tusell lo ha leído miente al decir lo que dice; y si no lo ha leído parlotea, y en ello se retrata, no precisamente como el intelectual serio por el que pretende pasar.
La duda sobre si ha leído aquello que critica se acrecienta cuando describe así mis trabajos: “Moa empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil empezó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva… ¡en una sociedad secreta!”. Evidentemente, Tusell puede aplicarse a sí mismo lo del “dualismo maniqueo, la simplificación y la parcialidad” que achaca a otros; por no decir sin más que miente. Si algo queda perfectamente nítido a partir de las fuentes primarias del PSOE, que Tusell ignoraba y quiere seguir ignorando, es que en 1934 (70 aniversario este año –2004) dicho partido se propuso, textualmente, organizar la guerra civil para implantar una dictadura proletaria. Sobre ello no puede caber la menor duda a nadie que, simplemente, quiera abrir los ojos. Y no sólo se propuso el PSOE la guerra civil, sino que la llevó a cabo, aunque fracasara, dejando la broma de 1.400 muertos en dos semanas. Y fracasó porque los obreros no le siguieron, salvo en la cuenca minera asturiana, y porque la CEDA, que desde luego era un partido moderado, contra lo pretendido años y años por la propaganda contraria, defendió entonces la legalidad republicana y las libertades. Algo muy parecido a lo del PSOE puede decirse de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. ¿Llamaría Tusell a esto “datos irrelevantes y magnificados interesadamente”?
Por otra parte yo no hablo de culpas, pues, sean cuales fueren, debemos darlas ya por zanjadas. Lo que he procurado ante todo es hacer inteligibles los procesos, ideologías y falsos razonamientos que llevaron a la guerra, pues comprenderlos puede ayudarnos a evitar derivas parecidas. En cambio las condenas arbitrarias tan abundantes en los últimos tiempos sólo reabren las viejas heridas y odios, labor en que está empeñada ahora tanta gente, con una desvergüenza e irresponsabilidad que no suscita crítica alguna en intelectuales tan supuestamente escrupulosos como Tusell.
Sobre la “conspiración” y la “sociedad secreta”, o bien Tusell, una vez más, no ha leído mis libros, o bien no ha entendido nada de ellos, pese a concordar todo el mundo en que escribo con claridad. Nunca he creído en las teorías conspiratorias de la historia, pero es evidente que las conspiraciones han existido siempre y han tenido un papel. La “sociedad secreta”, la masonería, supongo, tuvo influencia de sobra comprobada en algunos sucesos y momentos históricos (en las primeras Cortes republicanas, por ejemplo, había más masones que representantes de cualquier partido). Pero una cosa es señalar tales hechos indudables –y no disimularlos, como hacen algunos historiadores–, y otra explicar el desarrollo histórico a través de conspiraciones masónicas, cosa que yo no he hecho en ningún momento.
Tusell, por tanto, necesita falsificar mis tesis (como otros muchos) para atacarlas, probando así la inconsistencia y carácter fraudulento de su crítica. Y aún más fraudulento y contradictorio resulta el hombre cuando justifica su retirada ante un debate intelectual con el patético argumento de que los libros revisionistas “en nada facilitan la convivencia”. Si esto fuera así, y precisamente por su peligro para la convivencia, Tusell y compañía deberían esforzarse en polemizar hasta hacer añicos las tesis de esos libros, máxime cuando gozan de tal difusión. ¡Pero hacen justamente lo contrario! Rehúyen el debate amparándose en exigencias académicas que, como acabamos de comprobar, no cumplen ellos en lo más mínimo. Para colmo, no se les ocurre otra cosa que despreciar a los lectores, a quienes tildan de “público poco propicio a sofisticaciones”. Payne, Seco, Cuenca Toribio y otros más han hecho grandes elogios de mis libros. ¿Serán poco propicios a sofisticaciones? En fin, con tales argumentos entramos en el terreno de la puerilidad, también muy reveladora del “nivel científico” de tales críticos. La convivencia entre los españoles, señor Tusell, debe basarse, entre otras cosas, en la búsqueda y el respeto a la verdad histórica, y no en el recurso a mitos convenientes para algunos grupos de presión.
¿Por qué extiendo al conjunto de la historiografía universitaria el descrédito que, en rigor, sólo corresponde a gente como Tusell? Por dos razones: porque son estas gentes quienes han marcado la pauta, han pontificado y dominado en ese mundillo durante muchos años; y porque otra gente mucho más valiosa ha mantenido una postura acoquinada, asustadiza y hasta reverencial ante los más gritones y descalificadores. El desprestigio de una institución no lo labran sólo los charlatanes prepotentes, sino también, y no menos, las personas de mérito pero escasas de valor moral para enfrentarse a aquellos resueltamente, con la razón pero sin falsos respetos. Si estos últimos tienen en cuenta lo que está en juego, es de esperar que encuentren los bríos necesarios para no inhibirse y disimular ante la superchería.
(En La ilustración liberal, nº 21-2, 2004)
