Crónica. El odio de la izquierda a la cultura
**España es el único país del mundo cuyos gobiernos, sean del PP o del PSOE, han animado y financiado los separatismos, han entregado la soberanía nacional “por toneladas” y se declaran “amigos y aliados” de la potencia que invade el país. Si no denunciamos y acabamos con esa basura, terminarán por deshacer la nación, la obra política y cultural de muchos siglos.
**Para entender el odio de la izquierda al Valle de los Caídos debe entenderse también su odio al arte y la cultura. En la república empezaron quemando obras de arte y bibliotecas cuando la quema de conventos. Siguieron con la labor en la insurrección del 34. Luego, con más furia tras las elecciones del 36. Y, ya en la guerra, en una orgía demente de destrucción y saqueo. Las asechanzas contra el Valle de los Caídos entran, pues, en una tradición criminal que prosigue. Su veneración por Largo Caballero, Prieto o sobre todo Negrín, su exaltación de los chekistas como “víctimas”, son una confesión de intenciones.
**Decía Julián Marías que el problema del PSOE es que tiene una idea negativa de la historia de España. En cambio tiene una idea muy positiva de su propia historia criminal. Nada más lógico.
**Según algunos que se dicen liberales, España no existe “como nación” hasta la Constitución de 1812. Lo que quiere decir que sigue siendo inexistente, pues esa constitución nunca se aplicó. Ni las otras que siguieron, hasta la actual.
**La banda de estafadores que dirige el país habla de cumplir la Constitución mientras se asocia con etarras, separatistas y comunistas. Es capaz de hablar de “ejemplaridad de la monarquía” mientras la socava sin cesar. Es obvio que el Pollo Doctor y su banda toman a los españoles por idiotas. Y lo malo es que tienen razón con respecto a gran parte de ellos.
**En VOX hay algunos empeñados en la colonización cultural. La última es una denuncia a no sé qué medio por publicar “fake news”. La estupidez y el servilismo no tienen límites.
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Nostalgia por un tiempo ido
Un aspecto de Cuatro perros verdes es la nostalgia. Fukuyama trazaba un paisaje más bien sombrío del mundo que presuntamente vendría tras la caída de la URSS: las nociones y valores de bravura, coraje, imaginación e idealismo, la capacidad de arriesgar la vida por un fin abstracto, serían sustituidos por “los cálculos económicos, la eterna solución de los problemas técnicos, las preocupaciones acerca del medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores”. Como sabemos, las cosas se han complicado mucho desde el ensayo de Fukuyama, pero su descripción de la nueva sociedad encaja en gran medida en lo que hemos venido viendo y viviendo estos años en los países “desarrollados”. Quienes hemos vivido otras cosas podemos –no todos– sentir esa “saudade”. Aunque hoy no para de crecer la angustia por peligros reales o imaginarios (¡el cambio climático! ¡El poderío chino! ¡Los proyectiles hipersónicos!…) y por la posibilidad de que la satisfacción de los consumidores decaiga…
Pasaron solo 23 años desde 1967, año de la novela, hasta el derrumbe de la URSS, y el cambio en el ambiente nacional y mundial fue inmenso. Desde el fin de la URSS hasta la actualidad, 30 años, los cambios han sido incluso mayores. Y sin embargo los rasgos básicos de la condición humana permanecen tal cual, justificando el dicho francés “cuanto más cambia la cosa, más igual sigue”. Pero tanto el cambio como la igualdad coexisten de un modo oscuro. Recuerdo bastante bien aquella época, cuando entré en la escuela Oficial de Periodismo, y su amiente, o mejor dicho sus ambientes, tan diferentes de los de “el tiempo extraño” de la transición, iniciado solo ocho años más tarde. En la novela, aparte del carácter y expectativas de los protagonistas, hay un recuerdo ni vindicativo ni crítico de la sociedad en el último franquismo, un intento de rehacer con la memoria un mundo ido, imposible saber adónde.
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Baroja-Ruano ( IV) El amor
Con respecto al amor, Baroja y Ruano coinciden en la increencia o rechazo de él según se reflejarían en Dante, en Tristán e Isea, en tantas obras literarias o musicales. Pero coinciden de manera opuesta. Baroja no habla del amor porque afirma no verlo en ninguna parte: Yo no he tropezado más que con matrimonios en gran parte de conveniencia y con amores un poco bajos, de prostitución y donde ha jugado un papel importante el dinero“. En su “Elogio sentimental del acordeón”, canta a La enorme tristeza de la voz cascada, que sale del pulmón de ese plebeyo, de ese poco romántico instrumento (…) ¡Oh modestos acordeones! (…) Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas (…) Vosotros sois de nuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía vulgar, monótona, ramplona, ante el horizonte ilimitado. O expone su escepticismo al respecto a una rusa que no está de acuerdo porque todas las mujeres y muchos hombres viviremos siempre pensando en que hay un mundo de color de rosa sonde se vive feliz, el mundo del amor. Quizá estas referencias resuman el tema en Baroja
Ruano hace en sus memorias y diarios ligeras y convencionales referencias al amor, pero dedica su biografía de Baudelaire a los hombres de personalidad bella e inútil; a los que devorados por apetencias inconfesables, ruedan cuesta abajo, lívidos y silenciosos, en la aguda noche del alma; a los aprendices de diablos con temor de Dios; a los suicidas… Sin duda encontró o creyó encontrar en el autor francés un alma gemela: ¡Dios mío, qué sorprendente, mágica y llena de fe hacia ti es la gran blasfemia de este libro, continuación de las católicas blasfemias de Carlos, de Barbey, de Huysmans, de tantos otros como querían encontrarte en la negación, en lo sombrío, en el devoto ejercicio del pecado, en el misterio eucarístico del análisis, en el placer sospechoso de escupir hacia arriba e en la angustia de allá abajo! Ruano era especialista en estas salvas de palabras, que, hay que suponer, sonarían ridículas al tal vez demasiado sobrio Baroja.
“Apetencias inconfesables”, “devoto ejercicio del pecado”, que Ruano encuentra bello, la paradójica belleza del mal y la fealdad. En la vida real, Ruano tuvo poco de Baudelaire, excepto en algunos vicios, pues, salvo algún período de constante borrachera, procuró cuidar su salud, asustado por algunos peligrosos golpes de enfermedad. Y su economía, eso sí, poco regular.
En las expresiones de Baroja se percibe un profundo pesar por el supuesto hecho de que las cosas sean así, y el amor idealizado un engaño, y de ahí probablemente su ausencia de aventuras amorosas. En Ruano viene a ser lo contrario: sin duda hizo sus pinitos de maldad baudelairiana, pero sobre todo nunca tuvo inhibiciones para ese tipo de “ligues” un tanto convencionales. Se le daba bien, pues su prosa o más directamente su conversación enamoraban, literalmente, a muchas mujeres. Pero prosa y conversación requieren otro comentario, aunque el tema del amor exija mucho más de lo aquí vagamente esbozado.
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Los anglosajones, Churchill especialmente, querían atacar a Alemania desde el sur, Italia o mejor aún los Balcanes, porque, evidentemente, podrían cortar de paso el avance soviético. Ello disgustaba a Stalin, que quería que la ofensiva fuera por Francia. De paso se oponía a cualquier nueva aventura por España, la solución de cuyo “problema” reservaría para el final de la guerra. Sin duda a Stalin le satisfizo la gran dificultad de sus aliados en su ofensiva por Italia, cuyo símbolo más claro fue la batalla de Montecasino. 208 – De Montecasino a Normandía | Carta abierta a unos historiadores liberticidas – YouTube
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