La nostalgia
Luis del Pino ha dicho que la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta le había “enamorado”, interpretándola así: Es esa desengañada compasión la que transforma en elegía la historia. Elegía por unos ideales muertos, por unos amigos muertos, por un pasado que se antoja casi irreal. Y a pesar de todo, por debajo o por encima de ese llanto, late en la historia la pulsión de la vida, en la que el humor y el amor conviven codo a codo con la tragedia, justificándola y trascendiéndola. No es por tanto tristeza, sino caridad, el sentimiento que predomina en la historia. Caridad para con los seres humanos que, acertados o errados, tratamos de sobrevivir mientras defendemos aquello que creemos que es justo. Pero caridad también, llena de distante ironía, para con aquellos otros que se las arreglan siempre para prosperar en cualquier circunstancia, precisamente porque nunca defenderán nada: son los idealistas los que promueven los cambios, pero son los descreídos los que acaban siempre aprovechándolos.
Desde luego, eso no tiene mucho que ver con mi intención al escribirla, pero es muy buena señal que se pueda interpretar de varias maneras, porque la intención del autor es lo de menos en una obra literaria. Es más, cuando la intención se trasluce claramente, la obra pierde otro tanto. El ensayista Carlos López Díaz la ve así: hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos.
Esto quizá se parezca algo más a la intención. El tema viene a ser una especie de nostalgia. El protagonista, Alberto, ha tratado de olvidar aquellas peripecias juveniles transcurridas entre dos parricidios que le habían llevado, uno y otro, al borde del colapso psíquico. Y afirma haber vivido feliz su vida posterior con Carmen, su mujer, “una sola carne”, pero al rememorarlo brevemente también da la sensación de que aquella felicidad le parece en retrospectiva “demasiado normal”, un tanto ajena a su personalidad. Ya viejo, jubilado y viudo, de pronto un sueño y una vieja foto le despiertan una inesperada nostalgia por aquel pasado de peligros mortales buscados y de depresión anímica entre uno y otro, cuyo comienzo y desenlace tanto le había conmocionado. Cree que vale la pena recordarlo, tan distinto de su vida posterior, en la que la vida profesional ha sido mediocre, aun si la matrimonial, dice, ha sido feliz.
Por eso en Cuatro perros verdes aparece un hijo suyo, Diego, como otro hombre de acción con cierta intensidad filosófica (marxista) en un contexto social básicamente pacífico, con un significado más parecido al de su abuelo que al de su padre.
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¿Quién trajo la república? ¿Quién la destruyó?
Irrita oír que el estudio de la república debe quedar como cuestión erudita y sin relevancia práctica actual, o que un libro más sobre aquel tiempo no añade nada a lo ya sabido. Sobre lo primero, hay que estar tan ciego ante la realidad actual como ignorante del pasado. Y en lo segundo, por asombroso que suene, la inmensa mayoría del material historiográfico es de poco nivel, aunque aclare tales o cuales detalles. Dada la cantidad de hechos o datos que entran en la historia, es muy fácil que los árboles no dejen ver el bosque, es decir, que los detalles nos impidan captar el conjunto y su lógica. Muchos historiadores, no digamos memoriadores, llaman pomposamente “complejidad” a sus embrollos interpretativos.
Un ejemplo de cómo se ha solido difuminar lo esencial al analizar la república, presentada casi siempre como régimen de izquierda. En realidad, la trajeron las derechas y la destruyeron las izquierdas y los separatistas. La trajeron Miguel Maura, Alcalá-Zamora y Sanjurjo, más numerosos intelectuales algo ebrios de retórica, en particular Ortega, Marañón y Pérez de Ayala a quienes nadie acusaría de izquierdistas; y todo ello con la complicidad pasiva o no tan pasiva de la mayoría de los monárquicos, empezando por Romanones. Eso casi nunca se aclara. Aquella gente no conocía su propio país.
Las izquierdas, desorganizadas y mal avenidas hasta poco antes, incluso colaboradoras de la dictadura de Primo de Rivera, fueron organizadas por los derechistas. Pero enseguida se apropiaron del régimen por el método de quemar iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza. Porque el gran problema de aquel terrorismo inicial no son tanto los hechos en sí como el que las izquierdas en pleno los atribuyeran “al pueblo”, no a bandas de delincuentes, identificándose así con ellas. En estos sucesos iniciales, nunca corregidos, se encierra la clave y el secreto del devenir republicano. En mi libro he querido destacarlo, porque en casi ninguna historia se explica, ni siquiera se expone, con claridad.
Ello nos lleva a otro problema: el de las desdichadas características generales de las izquierdas y las derechas españolas, que hoy volvemos a sufrir.
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En el otoño de 1940 morían, en circunstancias muy diversas, cuatro representantes emblemáticos de la república y el Frente Popular: Besteiro, Companys, Zugazagoitia y Azaña. En ellos se encerraba gran parte de la historia del país entre 1931 y 1940. 180 – La muerte de Azaña, Besteiro y Companys | Memoriadores y república – YouTube
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¿Católico, el franquismo?
Usted critica al franquismo por haberse declarado estado confesional católico, pero es una crítica falsa. Usted mismo ha señalado que lo único que unía a las cuatro familias o partidos del régimen era el catolicismo. Además, el régimen salvó, casualmente, a la Iglesia católica de ser exterminada, y el catolicismo, usted mismo lo admite, es el núcleo de la cultura española. Además, el Vaticano fue el principal y casi único apoyo del régimen en el período del criminal (usted lo admite) aislamiento. Además, usted lo ha admitido, la Iglesia ha tenido bastante que ver con la excelente salud social de España en el franquismo. Y por no continuar, estados confesionales son también Inglaterra, o Suecia, que lo ha sido hasta hace poco, en realidad sigue siéndolo, o Israel también es confesional en la práctica, aunque se declara laico. Y cito a estos tres países porque han sido postulados como modelos que debería imitar España. Usted mismo señala el Vaticano II como una especie de traición a España, por lo tanto sus decisiones deberían ser sometidas a revisión (…) C.P.M.
Lo dejo aquí para discusión.





