El argumento contra la ley de memoria del gobierno es muy simple: “Ustedes llaman “democrática” a una ley que ataca las libertades de opinión, expresión, investigación y cátedra, y que pretende despojar a los españoles de su derecho a conocer versiones distintas y hacerse una opinión independiente. ¿Y por qué necesitan una ley así para imponer su versión de la historia? Porque saben perfectamente que esa versión no se sostendría en un debate libre y democrático. Y porque necesitan esa versión para fundamentar sus políticas precisamente contra la libertad de los españoles.
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La transición interminable.
Siempre ha elogiado usted la figura de Torcuato Fernández-Miranda como defensor de una democratización desde el franquismo. Sin embargo, en un reciente artículo publicado en “El correo de España”, Julio Merino rememora sus últimas conversaciones con Fernández-Miranda y éste se muestra arrepentido de no haber roto con el franquismo desde el primer minuto: “Tras el 20 de noviembre tuvimos que dar otros pasos: el Príncipe tuvo que renunciar a sus “derechos franquistas” y empezar de cero. El Consejo de Regencia debió disolver las Cortes, cesar al gobierno Arias y autoinmolarse en favor de un Gobierno Provisional que convocara elecciones generales a unas verdaderas Cortes Constituyentes. Luego debió celebrarse un Referéndum sobre la forma de Estado, para ver qué quería realmente el pueblo español… También reprocha a Suárez haberse presentado como candidato a presidente a las elecciones de 1977, cuando el acuerdo con el Rey era que se retirase tras la celebración de las mismas para dar paso cuanto antes a un gobierno de izquierdas como deseaba el monarca. Observador
Si Torcuato se arrepintió, como dice Julio Merino, es algo históricamente irrelevante y no fehaciente, pues se trata de una simple conversación dramatizada muchos años después. Si Torcuato pensaba así al final de sus días, es que le había abandonado la lucidez. Como he expuesto en La Transición de cristal, Torcuato afirmó la legitimidad del franquismo, se alejó de Suárez cuando este prescindió de su consejo, y rompió con él con motivo de la Constitución. Pues lo que estaba haciendo Suárez era efectivamente romper con el franquismo, pretender que este no había existido o que había sido un simple paréntesis histórico desde julio del 36, con el que nada tendrían que ver él y el nuevo régimen. Torcuato debió afrontar el hecho de que ya antes de morir Franco el franquismo se descomponía, tanto como conjunto de cuatro partidos o familias como dentro de cada una de ellas. La única salida era la democrática, en que la lucha de las oligarquías por el poder se reglamenta mediante elecciones periódicas. En el franquismo quien decidía sobre las disputas entre “familias” y trataba de integrarlas, era la figura arbitral de Franco. Por ello era un régimen de excepción, pues ni el rey ni nadie podía heredar su caudillaje. El franquismo nació de una situación histórica de excepcional peligro para España en los órdenes político y cultural, pero su propio éxito exigía finalmente otro tipo de regulación interna. Sin embargo negar su legitimidad histórica y regalársela a sus enemigos, como enseguida empezó a hacer Suárez, suponía dar un salto en el vacío. Por tanto, era indispensable salvar la legitimidad del franquismo, que significaba la continuidad histórica de España.
Lo que según Merino le dijo Torcuato, significaba algo parecido a lo que pretendía don Juan al final de la SGM, que entonces habría significado una nueva guerra civil. En la sociedad reconciliada y próspera creada en y por el franquismo, el peligro de guerra civil ya no existía, pero el supuesto programa “arrepentido” de Torcuato seguía siendo, como digo, un salto en el vacío. Y, en efecto, los consejeros del emérito, con visión similar a los de los años 30-31, aconsejaban legitimar la monarquía con gobiernos de izquierda y dádivas a los separatistas, como un nuevo frente popular domesticado. Y eso hizo Suárez, “olvidando” su origen y portándose como una izquierda dadivosa con los separatismos. Hasta habló de superar al PSOE por la izquierda.
Creo que nadie ha expresado más sintéticamente la situación que el catedrático mencionado por Florentino Portero: “Por su falta de formación histórica e ideológica, la derecha está condenada a alimentarse de los desechos intelectuales de la izquierda”. Y por supuesto, el emérito era el primer inculto falto de formación que, con Suárez, tan similar a él, formó el gran equipo que en pocos años abocó al 23-f, y cuya herencia lejana es hoy el golpe de estado permanente y una involución de rasgos totalitarios.
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Personajes: Moncho
“…Los “cuatro perros verdes” me han llamado la atención por su extrañeza en aquella España, perdone este pequeño ensayo. Empiezo por Moncho: en el Brasiliana (existe) suena una canción a la que nadie atiende, pero el existencialista Moncho sí. Se le llenan los ojos de lágrimas y recuerdos no tan viejos le vuelven golpeándole el cerebro. Teme hundirse en una depresión como la que sufrió a la muerte de Mariana. Para evitarla, se pone a escribir en el café Comercial (existe) sus sensaciones y recuerdos. Mejora y no mejora. Va al Retiro, rema para cansarse. Luego, sentado en una terraza, casi solitario, se solaza con la calma del estanque, los árboles que amarillean, los pajarillos que gorjean. Todo parece estar bien en el mundo, y su espíritu se distiende. De pronto le vuelve el desconsuelo, ya de manera impersonal: ¿Qué significa la vida? ¿Qué nos explica la ciencia…? El reloj le hace volver a la realidad: hay que comer. Vuelve a los comedores del SEU (ya no existen), le distrae la charla con sus amigos del Brasiliana y con el “fantasma”. Al mismo tiempo le entristece y le preocupa. ¿Va la historia humana por donde pretende Diego con su ciencia marxista? Luego, junto con Santi, encuentra a Javi en el Flandes (ya no existe), y bromean y disparatan. Finalmente decide ir a ver una película yugoslava en el Ateneo. De camino a él se desvía, observa el baile fantasmal de los cedros junto a la plaza de Oriente (¿indica o simboliza algo?). Entra en El Anciano (existe). El tiempo se vuelve más frío. Elucubra sobre cementerios y lo que guardan, y se asoma a la barandilla del Viaducto pensando en el suicidio. Un guardia se sitúa cerca de él, lo cual le disuade. O quizá no tenía intención de verdad. El recuerdo de Mariana, finalmente, le salva. Al menos de momento. ¿Tiene sentido la vida? En todo caso, ¿por qué apresurar la muerte si esta llegará lo quieras o no? No hay solución. ¿Es realmente sartriano Moncho? ¿Es un personaje como los de Dostoievski?…” Manolo
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La historia, sus protagonistas y su destino
“Un capítulo que me ha interesado especialmente de su libro sobre la República es el referente al destino de los protagonistas. Eso nunca aparece en los libros de historia, dejemos de lado acaso algunas pinceladas sueltas, pero la hace más historia de verdad, pues la historia se hace con las acciones de la gente y en especial de la que decide. Importa saber qué fue de ellos, adónde llegaron, cuál es su responsabilidad en los hechos, y cabe preguntarse si su destino personal nos informa mucho o poco sobre lo que hicieron cuando tenían poder. Me parece un importante acierto en su obra, que hace la historia menos árida, y yo sostengo que la aridez en la historia es sinónimo de falsedad. Aparte de que, quieras que no, la historia se parece a las novelas…” Emilio Gómez-Rosetti
Es cierto que la historia la hacen tanto fuerzas impersonales como decisiones muy personales, y las relaciones entre unas y otras son muy interpretables. Pero el peligro es crear una historia novelada o una novela histórica. En historia, uno tiene que atenerse a los hechos y especular lo menos posible sobre los sentimientos que existen sin duda detrás de las decisiones, pero sobre los cuales suelen ser insinceros los protagonistas y es fácil resbalar al interpretarlos. Azaña, por ejemplo, expone a menudo sus sentimientos en sus diarios, y los recogemos como él los dice, pero solo tienen valor cuando van reflejados en los hechos, lo que no siempre sucede. Su fuerte patriotismo, por ejemplo, no le impidió hacerse cómplice de un frente popular que iba directamente a destruir España. En cambio tiene el mayor interés conocer cuáles eran sus ideas generales sobre España, su historia, los problemas de la época y sus propósitos al respecto. Porque esas ideas, que pueden ser traicionadas a menudo por las circunstancias cambiantes, marcan sin embargo la lógica de su actuación a largo plazo.
¿Se parece la historia a la novela? Desde luego, en la historia entran las pasiones y condiciones psíquicas humanas igual que en las novelas, pero en las novelas entran con mucha más fuerza, mientras que la historia debe atenerse a los hechos y relacionarlos entre sí objetivamente, un tanto al margen de esas pasiones y demás. Por eso la novela es más libre y puede ser bastante más profunda que la historia al tratar la naturaleza humana: el novelista inventa personajes y situaciones, y juega con ellos (puede hacerlo mejor o peor, como todo), pero en mi opinión el historiador debe abstenerse de jugar con la intimidad psíquica de los personajes históricos, debe respetarlos y atenerse siempre a lo que ellos mismos dicen o hacen, sin inventarles motivaciones personales, aunque parezca razonable hacerlo. Por eso la llamada novela histórica me parece que tiene algo de estafa.
¿Nos informa el destino personal sobre la responsabilidad histórica del personaje? Mi estudio sobre la II república gira en buena parte en torno a Alcalá-Zamora y Azaña. El destino de Azaña fue presidir en continua lamentación un Frente popular para morir al poco en circunstancias penosas y según parece reconvertido al catolicismo. La responsabilidad de Alcalá-Zamora en los procesos que llevaron a la guerra me parece superior a la de Azaña, y no obstante murió plácidamente en Argentina… eso sí, después de haber pasado “las de Caín” en el exilio francés y en el viaje a Buenos Aires. ¿Hay alguna relación entre sus responsabilidades y esa especie de castigo final? Creo que no. Largo Caballero también sufrió lo suyo, pero Negrín o Prieto, por el contrario, tuvieron un exilio desahogado, casi un premio, realmente. También he tratado el destino final de los protagonistas de la Transición (Pío Moa – Cinco destinos políticos – Libertad Digital) Falta el del rey, que al final ha resultado el más amargo. Podríamos considerar que un libro de historia podía prescindir de este aspecto, ya que es imposible sacar conclusiones de él. Sin embargo permanece como el enigma de la esfinge de Edipo, y no sobra ni mucho menos exponerlo.
1944: España frente a la invasión
Cuando la guerra mundial se acercaba a su fin, las amenazas y peligros de invasión de España se hacían más y más inminentes y motivaban dentro del propio franquismo intrigas y vacilaciones. Los comunistas decidieron adelantarse con una inteligente estrategia: tratar de unir a las fuerzas del exilio, incluso a algunos monárquicos, en un órgano político común, y al mismo tiempo crear un ejército guerrillero. De esta manera, a la hora de la caída del franquismo ellos serían la fuerza decisiva, a tener las armas amparadas por una supuesta legalidad interna e internacional 170 – España ante la invasión | ¿Por qué salvó Franco a miles de judíos? – YouTube






