Acaba de publicarse el libro Franco en el banquillo. La defensa toma la palabra (SND Editores) a cargo del historiador Fernando Paz y los periodistas Javier García Isac y Álvaro Romero. El libro provee de una gran base de datos a cuantos quieran defender la memoria del mayor estadista que ha tenido España desde Felipe II. Y creo que calificarlo así no es exageración, pues pocos políticos y militares, si alguno, han tenido que resolver tantos problemas, afrontar tantos desafíos y vencer casi siempre en todos los terrenos partiendo de situaciones sumamente difíciles, que habrían desanimado a casi cualquier otro. Los propios partidarios de Franco rara vez se han percatado del alcance de sus logros, culminados después de muerto en el referéndum de diciembre de 1976, que aseguraba una transición sin demasiados traumas. Referéndum que se empezó a traicionar desde muy pronto, empezando por la derecha.
Quizá el mejor modo de que el lector aprecie el valor de Franco en el banquillo sea resumir el índice de los temas tratados. Fernando Paz rebate con gran eficacia las habituales y rebuscadas críticas sobre los aspectos económicos (autarquía, racionamiento, desarrollismo, emigración…, aunque alguno de sus asertos, como que Franco pusiera en algunos momentos la economía española en manos de Inglaterra parece más que discutible). Y aclara temas básicos como el de la supuesta represión de las lenguas regionales, las complicadas relaciones entre la Iglesia y el estado, sobre todo a raíz del Vaticano II, o las libertades políticas. Y la ideología, más bien ideas generales, del propio Franco.
García Isac se ocupa de cuestiones menos básicas y más concretas, en cuyos efectismos se ha apoyado una masa de acusaciones en general fraudulentas. Así los mitos de Guernica, Badajoz o la Desbandá de Málaga, el caso de García Lorca, la ayuda recibida del exterior por uno y otro bando, las “fosas y cunetas”, la fortuna de Franco, o “la España económica que Franco nos dejó”. Una vez más, los hechos reales, sin las manipulaciones tergiversadoras hoy tan corrientes, hablan abrumadora y decisivamente en favor de la defensa. De ello no puede caber la menor duda a quien se moleste en cotejar los datos que proporcionan los autores con las acusaciones sostenidas con tanto aparato publicitario como nula base real.
La tercera parte, debida a Álvaro Romero, dedica su atención al “golpe militar injustificado” (según la izquierda y el PP); a la mediocridad militar de Franco (medida por sus sistemáticas victorias); a la represión durante la guerra, tema casi pero no completamente solventado y en todo caso secundario una vez se comprenden los intereses en pugna; a la represión de posguerra (sufrida por chekistas y asesinos, transfigurados por la ley de memoria histórica en ”defensores de la libertad fusilados “por sus ideas”; “la tumba faraónica de un dictador” o “los niños robados”.
Como puede verse, el libro es casi exhaustivo y muy oportuno en momentos en que falsarios antifranquistas de 45 años después de la muerte de Franco, intentan perseguir la defensa de la verdad sobre el pasado, pervirtiendo ya por completo la democracia. Una amenaza que debe afrontarse con máxima energía y una inteligencia basada en el conocimiento real. Quizá no estaría de más un capítulo con el título de “¿Quiénes son los enemigos de Franco?” o algo parecido. Pues creo que bastaría citarlos para entender que se trata de la hez de la política y la intelectualidad, de los que se identifican con un régimen tan criminal como el Frente Popular felizmente derrotado por Franco. La nómina de los antifranquistas incluye a sujetos como el “héroe” de Paracuellos, los asesinos etarras, los racistas y golpistas del separatismo, el Doctor, Rajoy, Zapatero, Cebrián, Ansón, personajillos del mundo universitario que medraron en el franquismo y quieren seguir medrando como antifranquistas… Todos ellos, etarras, separatistas, golpistas, corruptos socialistas y peperos, falsificadores profesionales de la historia… unidos y hermanados en el antifranquismo. Unidos y hermanados en la calumnia, el afán totalitario y la tarea de demolición de España y la libertad.
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En Una hora con la Historia: los no muy ejemplares protagonistas de la Transición: https://www.youtube.com/watch?v=VzfX4MK5UJY&feature=youtu.be
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Sentimiento y razón casi siempre van juntos en el hombre, pero debe señalarse la primacía generadora del sentimiento. Para demostrarlo baste señalar que la razón no podría funcionar sin el sentimiento (aunque pueda intentar disociarse de él), mientras que el sentimiento puede operar sin la razón. Y que, como señalé, la razón no puede explicar una gran parte de la cultura humana, que llamamos arte en general, la cual depende directamente del sentimiento y muy poco o nada de la razón. Y tampoco el sentimiento del yo depende en absoluto de la razón. Debe insistirse en que todos los rasgos humanos, incluida la razón, se manifiestan también en los animales, aunque a un nivel muy primario y estancado, sin apenas desarrollo.
Podría afirmarse, de todas maneras, que la razón es una cualidad superior al sentimiento, ya que este, en todos los aspectos de la vida humana, ocasiona a menudo trastornos y graves injusticias, sea como sensiblerías o como fanatismos o de otras formas. Esto es cierto, pero a la razón le ocurre otro tanto. Todos los programas y actos tiránicos en política, por ejemplo, se basan siempre en la razón, aunque se adornen con sentimentalismos más o menos aberrantes.
Siguiendo con el yo: este es la sede de los sentimientos (y de las demás cualidades derivadas de ellos), y un sentimiento él mismo: el yo se siente a sí mismo, corporal y anímicamente. Este desdoblamiento se debe al hecho de que, pese a su sensación primaria de autopertenencia (empezando por el “mi cuerpo”, “mi deseo”…), el yo procede de alguna fuerza –por decirlo en términos neutros– o voluntad – por expresarlo en términos personales más o menos analógicos– ajena a él mismo. El yo no debe a sí mismo su existencia ni sus capacidades, la de sentir en primer lugar, también la razón, la memoria, la voluntad o la imaginación. El yo percibe además en los otros yoes ciertas similitudes básicas con él mismo, pero también grandes diferencias, tanto en sensibilidad como en memoria, voluntad, inteligencia o imaginación.
Se da además la llamativa circunstancia de que el yo no puede observarse a sí mismo más que muy parcialmente: antes de la invención del espejo solo podía contemplar su rostro, borrosamente, en alguna corriente de agua. Tampoco puede ver la parte posterior de su cuerpo y tiene dificultades para percibir en su conjunto la parte anterior, mientras que los demás yoes pueden percibirlo y sentirlo de manera mucho más completa y objetiva. Es cierto que no sienten ni perciben al yo ajeno, por naturaleza invisible e impalpable, pero sí sus manifestaciones en actos y actitudes, y pueden entenderlos, por analogías consigo mismos, incluso con más claridad y objetividad que el propio yo observado, que a menudo solo tiene una consciencia borrosa del motivo de sus propios actos, los cuales pueden partir de impulsos instintivos o de complicaciones de impulsos confusos, de los que solo llega a ser consciente a posteriori. Es muy frecuente que los actos de una persona sean juzgados erróneamente por sus prójimos, y no menos frecuente que la propia persona los juzgue mal, o los justifique embrolladamente…
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