La I Guerra Mundial tuvo un efecto muy beneficioso sobre el conjunto de la economía española, que creció con rapidez gracias a las exportaciones a los Aliados. Pero generó al mismo tiempo una considerable inflación, que aprovecharon las fuerzas contrarias al régimen para agitar con huelgas, protestas y atentados. Para rebajar la tensión, en 1916 el ministro de Hacienda, Santiago Alba, propuso una reforma fiscal que gravaría las ganancias extraordinarias de las empresas, para financiar un ambicioso plan de enseñanza y de infraestructuras. El proyecto fue saboteado directamente por el semiseparatista catalán Francisco Cambó, que recorrió los principales centros del país para movilizar al empresariado contra la reforma, cosa que consiguió. El plan de Alba se frustró y al año siguiente la situación se hizo explosiva. En cierta curiosa simultaneidad con Rusia, aquel 1917 presenció una ofensiva general de las fuerzas antirrégimen con el objetivo de derrocar a este.
Ese año se produjeron tres procesos revolucionarios, uno militar, otro promovido por el partido de Cambó, la Lliga Regionalista, y un tercero obrerista-republicano. La debilidad del régimen se manifestó en el hecho que ante tal crisis se sucedieran nada menos que cuatro gobiernos, sin posibilidad de aplicar una política coherente.
La desestabilización empezó con las Juntas Militares de Defensa, especie de sindicato castrense que, exigiendo la supresión de favoritismos en la provisión de cargos y una subida de sueldos, mermados por la inflación, terminó en subversión abierta cuando el gobierno quiso imponer disciplina. En su rebeldía usaron la retórica regeneracionista, acusando a los políticos, no sin cierta razón, de anquilosamiento, caciquismo y corrupción, y exigieron unas Cortes constituyentes. Como en otra ocasión anterior (Ley de Jurisdicciones), el régimen flaqueó. Las injerencias del rey en el ámbito militar y la camarilla de que se había rodeado, unidas a la constante rotación de los partidos en el poder, habían frenado una tarea de tanto alcance como la remodelación del ejército después del 98. Tarea en apariencia aplazable al haber renunciado España a intervenciones exteriores, salvo la menor de Marruecos. Además, los actos revolucionarios y la hostilidad de los aspirantes a enterradores de la Restauración, obligaban a los partidos turnantes a extremar su tacto con los militares. Así, las juntas y sus arrogancias hubieron de ser toleradas, y con ellas hubo de pechar Dato, que sucedió al inepto García Prieto en junio de 1917.
Esta claudicación desacreditó al régimen y exaltó a sus enemigos. Quienes, como Lerroux, Cambó o Melquíades Álvarez, habían ingresado en el sistema, salieron de él creyéndolo agonizante. Las izquierdas apoyaron a las juntas, en las que vieron, con razón, un factor revolucionario y una probabe ayuda para el golpe violento que preparaban. Alentados por la revolución de febrero en Rusia, los socialistas llamaban a las izquierdas a cerrar filas, y el 17 de junio publicaba El País un manifiesto de ruptura, firmado por Pablo Iglesias, Lerroux, Álvarez y otros. Ocurría, casualmente, que todos ellos deseaban introducir a España en la guerra europea al lado de Francia e Inglaterra. El republicano catalán Marcelino Domingo amenazaba: “Los reyes, ha dicho Voltaire, han de tener el instinto de poner fin oficial a su reinado para evitar al país el trance doloroso de liquidar al mismo tiempo el reinado y el rey”. El día 21, el anarcosindicalista Solidaridad Obrera, concluía: “En este país del caciquismo, de la violencia, es a la fuerza a la que debemos encomendar nuestro pleito”. Las huelgas proliferaban.
Entre la fragilidad del régimen y el temor a la revolución, Cambó creyó llegada la hora para un avance decisivo. Es preciso tener en cuenta que su nacionalismo, al contrario que el vasco, no aspiraba a la secesión, sino a convertir a Cataluña en la región rectora, realmente dominante, de todo el país. Los últimos años había cosechado un rosario de triunfos, como él explica en sus memorias: “En toda España la Lliga tenía un enorme ambiente. Todo el mundo confiaba en nosotros y todos querían aliarse con nosotros” (Lo cual demostraba una vez más, la inanidad intelectual y política de aquel régimen en plena decadencia). El año 1916 había sido “la etapa más gloriosa de nuestra historia”, entre otras cosas por haber hundido los planes de Alba, mientras que “Se había llegado al máximo desprestigio del poder público y de los que lo encarnaban. El Rey, en aquel período, se había entregado a la pública disipación, en la cual participaba también la reina. Las fortunas improvisadas durante la guerra y la impúdica ostentación que de ello hacían sus poseedores fomentaba la crisis social que venía como consecuencia de la crisis política y la crisis moral”.
Considerando a su partido lo único vivo y fuerte en la política española, Cambó volvió a la táctica semirrevolucionaria de sus comienzos: “Si los partidos de turno nos cerraran el camino al Poder, nosotros demostraríamos que sin Cataluña (es decir, sin la Lliga) en España no se podía gobernar”. “Únicamente un gran revulsivo que crease un estado de opinión podía salvar a España. Este revulsivo podía llevar a una convulsión revolucionaria como al fortalecimiento y rehabilitación del poder público”. El revulsivo consistió en convocar una “Asamblea de Parlamentarios” con vistas a unas Cotes constituyentes que reestructurasen el estado en un sentido fuertemente autonomista. La asamblea, respaldada por la izquierda, buscó el concierto con las Juntas militares, en las que decía ver la señal para “una profunda renovación de la vida pública española”.
Cambó comprendía que sus aliados tenían fines divergentes: “Los republicanos iban a la Asamblea con el convencimiento de que ayudaría a crear un estado revolucionario que redirigirían a su arbitrio: Lerroux, convencido de que él sería el director para instaurar una República burguesa; Melquíades Álvarez tenía una ilusión parecida a la de Lerroux; Marcelino Domingo pensaba que la reunión tomaría un carácter tan social como político y que él, que ya tenía contactos con organizaciones obreras, podría aprovecharlo. Los anarquistas estaban seguros de que acabarían haciéndose dueños de la situación revolucionaria que la asamblea tenía que engendrar”. También el PSOE apoyaba, con sus aspiraciones particulares. Otro separatista catalán, Maciá, pedía armas para lanzarse al monte: “Inútil discutir con aquel iluminado”. Desde el 5 de julio “se creó en España un período de agitación sin precedentes”, “un estado febril del cual se vieron libres muy pocos”. Cambó era consciente del riesgo de verse desbordado, pero creía poder dirigir todo el movimiento a su manera.
Los partidos turnantes estaban amedrentados, pero el nuevo gobernante, Dato, demostró ser hombre de agallas. Avisó que consideraba ilegal y sediciosa la asamblea. Los asambleístas, retadores, mantuvieron la convocatoria y el 19 de julio sesionaron 68 diputados y senadores en un palacio de la antigua ciudadela de Barcelona. Al puerto habían arribado dos barcos de guerra y la Guardia Civil patrullaba la ciudad. Detectada la asamblea, el gobernador civil ordenó arrestar a su presidente, Abadal. Los reunidos se solidarizaron con este. “Bien, quedan todos ustedes detenidos”, fue la respuesta. Los guardias los acompañaron hasta la salida, donde los dejaron libres para que fueran a recibir ovaciones de sus seguidores. Uno de ellos, José Zulueta, afirmó: “El Gobierno no sabe cómo hacer uso de lo que cree tener: la fuerza. Nosotros empleamos lo que tenemos: la razón. Hoy hemos escrito el prólogo de un libro voluminoso”. El libro era la ruina de la Restauración, que duraría aún cinco años.
Probablemente Cambó sobreestimó su propia fuerza, subestimó la del régimen y no apreció con claridad el ímpetu obrerista. El episodio asambleario, concluido sin mucha pena ni gloria, ahondó la crisis política y dio alas a movimientos revolucionarios más consecuentes. (Tomado esencialmente de Los personajes de la república vistos por ellos mismos.)

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P. Los personajes de la república… es un libro que ud mismo suele mencionar poco o nada. ¿A qué se debe?
–Es el segundo, y en realidad el primer tomo de la trilogía sobre la república y la guerra. El segundo (primero publicado, es Los orígenes de la Guerra Civil. Lo menciono poco porque posteriormente he publicado otros muchos, pero es uno de los que considero mejores. Entre otras cosas porque introduce una metodología nueva en España y posiblemente fuera: se trata de contrastar las memorias y explicaciones de los principales protagonistas entre ellos y con los datos reales conocidos. Es algo extremadamente revelador. El método tiene el mayor interés, a mi juicio, porque el historiador tiende a menudo incluso de modo inconsciente, a suplantar a los verdaderos protagonistas interpretándolos de acuerdo con sus propio prejuicios o intereses ideológicos. Pero una ventaja de la historia desde hace mucho tiempo, es que los protagonistas suelen dejar sus memorias y otros documentos.
P. Pero es bien sabido que los políticos y no solo ellos, mienten mucho en sus memorias.
–Unos más que otros, pero aquí lo importante es ver cómo juzgan los mismos hechos unos y otros, cómo se contradicen entre sí y a menudo a sí mismos. Porque es verdad que casi todas las memorias son justificativas, pero de todos modos, cuando uno escribe sobre sí mismo dice siempre más de lo que él supone, por mucho que trate de ocultar o modificar a posteriori sus puntos de vista. Es un ejercicio por otra parte apasionante. En todos los libros utilizo en mayor o menor medida el método, pero en este es la investigación misma. Lo que permite vislumbrar algo que en los libros corrientes de historia apenas aparece o no aparece en absoluto: el personaje detrás de sus hechos, y sus juicios a posteriori comparados con los que podía haber hecho y hacía (la prensa es esencial en esto) en el momento mismo de la acción….


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