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Javier y Julián
Acaba de fallecer Javier Marías quizá el mejor novelista español desde la transición. Eso no significa gran cosa, a decir verdad, dado el nivel general. Aconsejado por un amigo que le admiraba mucho, leí hace cosa de veinte años tres novelas suyas, que no me parecieron interesantes, a pesar (no por, necesariamente) de su exotismo anglófilo, una aportación dudosa, y de las que no recuerdo casi nada. No obstante, ha tenido un éxito europeo del que me he alegrado por pura solidaridad hispana. Aparte del aspecto literario, era un progre de manual, trivialmente antifranquista y con ese lamentable toque de liberalismo beatamente anglómano.
Ideológicamente, para él España no significaba prácticamente nada desde su manía cultural inglesa. En esto venía a ser lo contrario de su padre, el filósofo Julián Marías, para quien España y su historia eran objeto de veneración, incluida su tan detestada época de hegemonía. Solo que para el filósofo, la mejor época de España no era aquella en que había descubierto el mundo, salvado a Europa del islam otomano, contenido el protestantismo y cambiado, en suma, la historia del Mundo, sino el tiempo un tanto vulgar de Carlos III, al que idealiza yo creo que en exceso. He escrito Hegemonía española y Era Europea, un tanto desde su España inteligible y un tanto contra ella.
Julián Marías sufrió un rechazo, en definitiva irrelevante, de la universidad del franquismo inicial, lo que no le impidió fundar sus propias escuelas, escribir con notable éxito y total libertad. Aunque antifranquista, su honradez le impide aceptar el mito de la feroz dictadura inventada por tantos sinvergüenzas o el del “páramo cultural”. Y denunció la “mentira profesionalizada” con que, al modo del Himalaya de falsedades que había denunciado Besteiro, se estaba desfigurando la historia de la que él era testigo, con fines antiespañoles y antidemocráticos. Eso le valió un creciente ostracismo cultural para sepultarlo en el olvido por parte de los mediocrísimos mandarines que han venido dictando los criterios literarios, como los historiográficos, desde entonces. Así estamos, hoy por hoy.

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La marcha de la guerra en Ucrania.
En los últimos días, el ejército ruso está retrocediendo de modo significativo, perdiendo en pocos días ciudades que le habían costado meses tomar. No sabemos cómo seguirá la contienda, pero estas retiradas han sorprendido a todo el mundo, también a mí, desde luego.
Cuando comenzó la guerra, hace seis meses, casi todos los analistas en España (y fuera) coincidieron en que Rusia vencería con la máxima rapidez, dada la desproporción numérica de los armamentos. Mi opinión, ya entonces, fue que Rusia tendría gran dificultad y que Putin se estaba jugando mucho en el empeño, quizá toda su carrera política. El error de los analistas provenía de no entender que no se trataba de una guerra entre Ucrania y Rusia, sino entre Rusia y la OTAN (Usa, Inglaterra y satélites). Y observé que la desproporción de presupuestos militares entre la OTAN y Rusia es tan brutalmente abrumadora (18 a 1) en contra de la segunda, que por sí misma exponía la verdad sobre quién provocaba el conflicto; y también la gran dificultad de una victoria rusa, a no ser que esta se consiguiese en muy poco tiempo, mientras que su prolongación provocaría a Rusia un desgaste creciente.
Zelenski pudo haber elegido la neutralidad y el respeto a los acuerdos de Minsk, es decir, la paz, pero no cesó un minuto en sus provocaciones y en una política de “desrusificación” que abarcaba hasta los grandes escritores rusos. Esto nunca habría podido hacerlo sin el respaldo y la incitación de la OTAN. El peligrosísimo punto al que se ha llegado es que ni la OTAN ni Rusia pueden aceptar la derrota, por lo que puede producirse una escalada militar de efectos imprevisibles.
La OTAN, perpetradora de varias invasiones y destrucción de países enteros, con incontables víctimas humanas y destrucciones materiales, es amiga y aliada de la tiranía marroquí, nuestro más peligroso enemigo potencial y no tan potencial. La OTAN ocupa un trozo estratégico de nuestro territorio, y mantiene bases que nos harían blanco de misiles nucleares. Nunca se había dado una diferenciación tan brutal entre los intereses más elementales del país y los de su casta dirigente. Y sin embargo ni un solo partido es capaz de plantear la neutralidad, ni siquiera como opción.
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VOX, claudicaciones que pasan factura
**Durante un siglo y medio España pudo contender, en general victoriosamente, con potencias más fuertes materialmente que ella y a menudo unidas entre sí contra España, explorar por primera vez el mundo en su conjunto, marcando un antes y un después en la historia de la humanidad, y conquistar un vasto imperio, el primero transoceánico de la historia, inaugurando la era de predominio europeo. La pregunta es: ¿cómo fue ello posible, no siendo España el país más rico ni el más poblado de Europa? Esta cuestión, implícita pero poco precisada en las historias al respecto, es una de las que me planteo en Hegemonía española y Era Europea. Y mi respuesta es: porque era la nación mejor organizada y más estable internamente, y su monarquía la menos despótica de las europeas por entonces. Prácticamente ninguna historiografía incide en estos aspectos, si es que no los niega abiertamente, y sin embargo son la mejor explicación lógica.
**La polémica en Francia en torno a Les mythes de la guerre d´Espagne tiene el máximo interés cultural y también político. Es además la primera vez, que yo recuerde, que un libro español haya provocado tal revuelo en el vecino país, cuyo ambiente intelectual, aunque muy decaído, sigue siendo notablemente superior al de España. No me sorprende que la Triple M trate de cerrar la brecha abierta en el muro de silencio, pero me asombra que VOX se esté callado. Estas claudicaciones, en apariencia menores, allanan el camino a otras mayores.
**El caso de la inglesa Isabel II tiene interés. Parece como si hubiera seguido el consejo de Franco a un ministro: “Haga como yo, no se meta en política”. Sin meterse en política se mantuvo a través de la pérdida progresiva del imperio, de cambios políticos a veces muy bruscos (Churchill llegó a hablar de una Gestapo inglesa), y de los propios desaguisados de la familia real. Sin meterse en política fue un símbolo de permanencia histórica de Inglaterra a través de tantos avatares. Lo que sin duda quería Franco, en relación con España, para la monarquía que dejó.
**Me comenta una amiga: “¿Pero tú has visto la puerta de Brandemburgo iluminada con los colores de la bandera británica o las grandes fotos de Isabel II en París… Da algún consuelo pensar que no somos los únicos gilipollas”.
Supongo que muchos berlineses recordarán los salvajes bombardeos de la RAF o el haber sido liberados o “liberados” por los soviéticos. Sin embargo hay una diferencia que empeora el servilismo español. Alemania, Francia y resto de Europa occidental deben su democracia y el comienzo de su prosperidad al ejército useño, indirectamente soviético y también, en menor medida, a Inglaterra. Tiene cierta lógica esa veneración a Inglaterra a través de su reina.
Nada de eso ocurre con España, que, fundamentalmente con sus propias fuerzas, venció a la sovietización y disgregación del país y se reconstruyó, venció luego al aislamiento, y su democracia procede de la evolución interna del España y no de los bombardeos de otras potencias. No debemos nada a Inglaterra, es más bien esta la que debe mucho, realmente mucho, a la abstención de España en la guerra mundial. Sin embargo nuestra casta política trata de reducir España a un país mayordomo de Londres.
**Me preguntaba un periodista por qué la guerra de España suscita tanto interés en Francia. Lo suscita, en Francia y resto de Europa, porque, por un lado, en España se concentraban entonces, aunque con muchas particularidades, todas las tensiones que derivarían en la guerra mundial. Y porque después España se convirtió en una excepción europea: sin deber nada a nadie, permaneció plenamente independiente, no tutelada por Usa, y capaz de resistir a todas las presiones, a veces criminales, del exterior.