El poder de la estupidez (I)
Besteiro caracterizó al Frente Popular con el título, bien indicativo, del drama de Tolstói El poder de las tinieblas. Estoy leyendo ahora el ambicioso ensayo de Manuel Calderón Calderón Memoria literaria y guerra cultural en las letras españolas (1942-2020) Trata de las versiones de la guerra civil, la república y el franquismo, elaboradas por novelistas y memorialistas. Y aunque hay de todo, predominan versiones que, en conjunto, podrían identificarse como “El poder de la estupidez”.
La gran mayoría de los autores tratados, como Marsé, Muñoz Molina, Cercas, García Pavón, Delibes, Aub, Gaya Nuño, Cela, Umbral, J. Goytisolo , “Cándido”, Longares, etc., describen un pasado muy contrario al diagnóstico de Besteiro. Lo cual puede tener algún mérito literario (o lo tendría si no fuera tan tópico y reiterativo) pero en conjunto son verdaderos ejercicios de necedad. Y lo son no solo ni tanto por su descarada injuria a la realidad histórica como por el modo torpe y simplón con que la tratan sus relatos.
Para mí ha sido un descubrimiento, algo deprimente, porque no había leído casi ninguna de las novelas examinadas por Calderón. Por ejemplo, de las cinco tratadas en el largo capítulo 6, (Memorias de un intelectual antifranquista, de Ángel Palomino; Si te dicen que caí y La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé; El jinete polaco, de Muñoz Molina; y Soldados de Salamina, de J. Cercas), solo he leído la última, que me pareció, para simplificar, una chorrada, ya empezando por el título. Tengo idea de haberle dedicado algún comentario en Libertad Digital en su momento.
Como el tema tiene mucha enjundia, tanto literaria como historiográfica, también política, espero poder dedicarle unos cuantos artículos en el blog. Vaya esta introducción por delante.
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Reenfocar la historia
En mis principales obras he propuesto varios cambios de enfoque generales de la historia, es decir, del fragmento de historia hispana y europea que va desde el siglo III a.C. hasta la actualidad. Por ejemplo, que la historia de España (y también la de Europa) comienza con la II Guerra Púnica. Los romanos encontraron una valerosa, a veces heroica, resistencia, pero no era una resistencia española en sentido político o cultural, sino de pueblos dispersos y con lenguas diversas. España como fenómeno cultural razonablemente homogéneo, nace con la victoria de Roma en esa contienda. Asimismo, España se hace nación hispanogoda (comunidad cultural con estado propio) por las disposiciones políticas de Leovigildo, culminadas por su hijo Recaredo con la conversión al catolicismo. Importa subrayarlo, porque una tradición integrista o nacionalcatólica, tiende a identificar la política con la religión. El católico Hermenegildo, declarado santo, estuvo a punto de destruir la obra política unificadora de su padre. Y otra tradición no distingue entre el poder godo hasta Leovigildo, muy ajeno a la idea de España, y el inaugurado por este.
También en relación con la Reconquista he expuesto cambios considerables de enfoque, radicales contra quienes la niegan simplemente por negar la idea de España; y contra quienes no diferencia el aspecto religioso del político, ni la importancia sin duda desde el inicio, del recuerdo e invocación del reino hispanogodo, o del carácter parcialmente disruptivo de la influencia francorromana desde el siglo XI, o la fuerte recuperación hispanogótica con los Reyes Católicos. Radical también la importancia determinante de las exploraciones y conquistas española en la formación de lo que he llamado “era europea”, y la extensión temporal de dicha era hasta la II Guerra Mundial.
También he reenfocado la historia de Europa de forma distinta a la más común hoy, que encuentra en la economía el hilo conductor que supuestamente explicaría su evolución. Por el contrario, la evolución profunda partiría del carácter del cristianismo, con su especial tensión entre razón y fe. Asimismo he reenfocado la posición de España al respecto.
En mi opinión, estos reenfoques permiten clarificar mucho mejor la historia y verla en perspectivas más generales. Claro está que todo ello es discutible, y por ello debiera originar desarrollos y debates en profundidad. Hoy por hoy, esto es solo un buen deseo que no hay indicios de próximo cumplimiento.
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Marx filósofo (V) De la filosofía a la ciencia
En cuanto filósofo, Marx se ocupa del sentido de la vida y la historia humanas, y les da una solución hipotética, basada en la idea “materialista” de la economía, engendradora de clases y de la lucha de clases. Y como científico trata de demostrarlo analizando el sistema de producción que tiene delante al que llama capitalismo. El cual, por su propia dinámica permitiría la igualdad social en el bienestar económico, superando la historia de la explotación del unas clases por otras, causada por la insuficiencia productiva de los anteriores sistemas. Así mostraría la capacidad predictiva propia de la ciencia.
El capitalismo tendría dos rasgos contradictorios: por una parte desarrolla la técnica, y con ella la capacidad productiva, hasta unos niveles jamás alcanzados previamente; pero al mismo tiempo mantiene las estructuras sociales propias de las anteriores sociedades explotadoras. El comunismo se alcanzaría destruyendo esas estructuras de explotación y desarrollando la técnica y la ciencia al máximo grado y al servicio de todos.
La explotación capitalista descansaría en la extracción de plusvalía a los proletarios, los verdaderos productores de los bienes. Siendo la fuerza de trabajo humano una mercancía más, el capitalista la pagaría por su valor, es decir, por las horas de trabajo necesarias para que el obrero viva y mantenga su capacidad productiva; pero aparte de esas horas, el empresario obliga al obrero, que no puede negarse por necesitar el salario, a trabajar otras horas más, de cuyo valor se apropia. En esto consistiría la ganancia.
Según Marx, el valor de las mercancías solo en apariencia provendría del comercio, bajo cuyos frecuentes cambios de precios yacería la verdadera sustancia del valor: el tiempo de trabajo empleado en la producción, una idea tomada por Marx de Adam Smith, que la expresó pero no la desarrolló, y de Ricardo, que intentó aplicarla a su teoría, sin avanzar hasta la elaboración de Marx: “La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la economía marxista”, decía Lenin.
Así, la plusvalía expresaría la explotación en régimen capitalista. Pero faltaba explicar por qué esa explotación no podría mantenerse indefinidamente, incluso si las condiciones de vida de los proletarios empeoraban gravemente. Para que la teoría se explicara de modo satisfactorio había que explicar que la propia dinámica de la plusvalía conducía a la autodestrucción del capitalismo por la tendencia decreciente de sus tasas de ganancia.
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El Dotor considera su mayor éxito, un éxito histórico, la profanación de la tumba de Franco. Y precisamente ahí está el origen real de todos los problemas políticos actuales. Por lo tanto, en Una hora con la historia vamos a tratar el asunto a fondo: https://youtu.be/nLdynKwDAmM

